La libertad en Buey Neón | LUCILA VILELA

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Buey Neón parece transpirar en la pantalla. La película dirigida por Gabriel Mascaro exhala la proximidad entre cuerpo y animal. La convivencia con bueyes y caballos hace que los personajes estén siempre al acecho, lidiando con momentos cotidianos, concentrados en sus tareas, atravesados por sueños y deseos. Existen puntos de tensión, pero no existen grandes conflictos. Las situaciones se resuelven dentro de una convivencia armónica e inevitable. Y mucho de eso se debe a la libertad de expresión. El entendimiento del cuerpo transpone voluntades conducidas por una soltura comportamental. Ese escenario se establece dentro del contexto de las vaquejadas, que tiene lugar en el interior del nordeste de Brasil, un deporte popular que consiste en lacear el buey y hacerlo caer. El ambiente predominantemente masculino es interferido por la ausencia de preconceptos con el universo femenino. Así, el imaginario nordestino, principalmente en el ámbito cinematográfico, es re-significado.

El notable trabajo de fotografía de Diego Garcia hace sentir en la piel la intensidad de cada escena. La fusión entre hombre y animal aparece como hilo conductor en escenas impactantes como en la danza en que Galega (Maeve Jinkings) usa un figurín de cabeza y patas de caballo simulando una especie de Minotauro, pero con cabeza de caballo y cuerpo de mujer. La referencia mitológica está también presente en el juego de Cacá (Alyne Santana) con el caballo alado, una alusión a Pegaso que incita la imaginación y la voluntad de alcanzar el vuelo. En la escena en que un adiestrador consigue masajear un caballo es posible ver danza, una danza casi ritualista donde los límites del humano y del animal se tocan. La relación de lo femenino y lo masculino con el caballo revela una carga erótica envolvente en toda la película. Buey Neón realza esa ambigüedad, presente en la figura de Eros, manifestada en los límites entre lo humano y lo animal, lo femenino y lo masculino, lo brutal y lo sensible. En el aspecto aéreo y huidizo, el vuelo de la imaginación contrasta con la tierra pisoteada, el caballo trae el sueño y el ganado, la realidad.

Mascaro enfatiza que la película “no trabaja con una inversión de papeles de género, pero sí con una dilatación de posibilidades[1]. De hecho, la fuerza y la delicadeza son vistas tanto en los hombres como en las mujeres que conviven en harmonía, sin jerarquías o posturas machistas enseñando una relación horizontal. El modelo de relación amorosa y también familiar es trabajado fuera de los padrones sociales. Buey Neón deconstruye paradigmas y cambia comportamientos de género liberando las amarras que entorpecen las relaciones humanas. Un vaquero al que le gusta coser, otro que cuida de su pelo, una mujer que conduce el camión, una vigilante embarazada y una niña sin padre son algunos de los personajes. Todos son heterosexuales, pero no normativos. Cada uno expresa sus gustos sin miedo del juicio ajeno trayendo una sensación de libertad. Pero lo que causa extrañamiento no es solamente la disolución de códigos de género, sino la naturalidad con que se trata; y en ese matiz es donde se encuentra la poesía de la película.

La única función que se presenta dentro de los padrones heteronormativos es la de la cocina que aparece comandada por la mujer, Galega. Sin embargo, es enfatizada la brutalidad de este oficio, el acto de matar y devorar otro animal requiere una fuerza masculina, mostrada en la escena en que Galega rompe el cuello de una gallina. En otra escena, una fiesta es animada con una danza que alterna todos los tipos de parejas, entre hombres, mujeres y niños, todos danzan con todos, con levedad, jugueteando y sin discriminación. Mientras cada personaje ejerce su trabajo, los sueños se ciernen en el aire y las relaciones humanas lidian con diferentes humores, estados de ánimo y ambiciones. La vida va pasando y el cotidiano de esa troupe es retratado con humor y sensibilidad, sin reprimir la espontaneidad de cada personaje.

Y es la realidad la que hace una zancadilla en el final de la película cuando una escena de sexo, de nueve minutos, sin cortes y bastante verosímil es protagonizada por una embarazada. La imagen de la embarazada, inmaculada, asociada de manera sintomática, en el cine y en las artes en general, a la de la virgen María, en la ficción cristiana, es deconstruida liberando el deseo carnal que toma su cuerpo, un cuerpo suculento y sin culpa. Allí donde la seducción fue instalada, en medio de la fábrica de ropas, el desnudo aparece carente de juicios, un deseo que no debe ser reprimido. En este punto, no interesa quién es el padre de aquel hijo, si está presente, si huyó o si ella está haciendo lo correcto o lo erróneo porque no existe lo correcto o lo erróneo. La mujer es dueña de su propio cuerpo y es ella quien decide lo que puede hacer o no, sin dar explicaciones. Y a él tampoco le importa, lo que interesa en este encuentro entre Iremar (Juliano Cazarré) y Geise (Samya de Lavor) es el amor y el momento presente. Existe atracción y deseo donde cada uno es responsable por sí mismo, sin cobranzas sociales. Naturalmente. Porque en Buey Neón todo es natural. Y libre.

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[1] MASCARO, Gabriel en Entrevista del Programa Metropolis (TVCultura). Disponible en: http://tvuol.uol.com.br/video/metropolis–entrevista-com-cineasta-gabriel-mascaro-0402CD1B3670CCA14326/