MIRA Festival 2013 | EDGAR MERIGÓ

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A menudo pienso en que todavía no se ha escrito lo suficiente acerca de las tribulaciones de llevar al directo una propuesta de música – mayormente – electrónica. En un género en el que la gracia está, precisamente, en que son máquinas las que interpretan los sonidos, el papel del compositor como intérprete resulta más bien cómico encima de un escenario; a no ser que otorguemos a su presencia un valor meramente testimonial – ¡ese señor que hay detrás del ordenador es en realidad el autor de la obra!; y si a eso le añadimos el hecho de que un buen productor de dicho género no tiene por qué tener – a priori – ni don de gentes ni ningún tipo de carisma sobre el escenario, parece evidente que a un espectáculo de música electrónica que aspire a entretener a su audiencia durante más de cuarenta minutos va a haber que añadirle algún estímulo extra-musical…

Y en torno a esta reflexión voy a articular mis ideas, a mi paso por la última edición del festival MIRA de Barcelona que, a partir de esta nueva etapa que recién inaugura, aspira a convertirse en un hito de referencia en cuestiones de música digital y espectáculos audiovisuales de última generación; con la ineludible comparación que esta aspiración le acarrea con otros comicios que se celebran también en la ciudad condal.

El espacio en el que este encuentro tiene lugar es ya digno de mención: la monolítica Fabra i Coats, una fábrica textil de más de un siglo de antigüedad reconvertida en centro de producción cultural, cuya arquitectura brutalista contrasta fuertemente con la sofisticación de su nueva función y cuyos espacios diáfanos y enormemente expresivos posibilitan la hibridación y multidisciplinariedad que la naturaleza del evento conllevan. La atmósfera que generan estos muros no es muy diferente a la de aquellas rave parties urbanas en las que todos hemos acabado alguna vez, aportándole a la celebración un fantástico regusto de sordidez y clandestinidad. En el transcurso de cien años tan sólo una cosa ha permanecido inalterada en este lugar: el ruido que hacen las máquinas.
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Montaje de la sala de conciertos en Fabra i Coats

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A mi llegada al recinto el viernes por la noche, el escenario está ya ocupado por Pharmakon, la agresiva propuesta unipersonal de Margaret Chardiet. Micrófono en mano, la muchacha se desgañita al amparo de bases de harsh noise y bajas frecuencias, paseándose entre el público e interpelando a la audiencia entre unas luces anaranjadas que iluminan una nave central que parece estar envuelta en llamas. El contraste con el grueso del resto de actuaciones le suma violencia a una propuesta ya de por sí bastante visceral y, en este caso, sorprendentemente breve.

Será un signo de los tiempos pero, en el plazo de los últimos tres años, el Reino Unido ha visto nacer algunas de las propuestas de música electrónica más oscura que nunca hayan hollado oído humano, entre las cuales The Haxan Cloak brilla con tiniebla propia. Rozando tanto la atonalidad como la arritmia, Bobby Krlic pinta con este proyecto unos paisajes sonoros increíblemente claustrofóbicos y opresivos, y yo me pregunto  que a qué genio se le ocurre programar algo tan funerario en la hora punta de un festival. Ingenuo de mí. Teniendo en cuenta que el bueno de Bobby ha estudiado artes visuales, apostaría fuerte a que resolverá el lance con unas proyecciones a la altura de su oscura música. Pues no.

Las luces de la nave se apagan por completo y, tan pronto como el artista aparece a escena, una onda de sonido me percute el pecho y me mantiene vibrando en la frecuencia de un tono extraordinariamente grave. No es ninguna metáfora; el sonido está produciendo en los presentes una reacción física increíblemente intensa que no todos son capaces de soportar – muchos abandonan las primeras filas en este mismo momento – y, a partir de aquí, se sucede ante nuestros ojos una actuación narcótica y aplastante en la que el autor, visible sólo fugazmente a través de fogonazos purpúreos, cede su protagonismo natural a la música en sí, y más concretamente a la cualidad del sonido de la misma. Hay algo de terriblemente hipnótico y subyugador en el peso de los graves de sus drones, y en la cadencia comatosa de estos beats subacuáticos, que hace que cuarenta cinco minutos de set se me pasen como si de un sueño inducido por opiáceos se tratase. Sencillamente brutal.

Después de un trance místico de tamaña envergadura, nada mejor que la dinámica propuesta de Ital Tek. El más que digno discípulo de Mike Paradinas ­– que actuaría al día siguiente sobre este mismo escenario – nos ofrece una trepidante sesión de IDM de baile, en ocasiones cercano al breakcore, en la que los ritmos espásticos se suceden sin tregua y quedan perfectamente entrelazados en un todo homogéneo e imparable. Aunque de forma menos evidente que la de un guitarrista que tañe las cuerdas de su instrumento, resulta evidente que el artista está produciendo esos cambios en el acto, que está interactuando con su música de forma orgánica; lo que produciría un cierto interés en el hecho de ver lo que sucede sobre el escenario si no fuera porque ha llegado la hora de bailar. Y también por el mismo motivo, la sencilla video-proyección de Pussykrew  – que consiste en una especie de blob digital que tiembla al ritmo de la música – resulta más que satisfactoria de cara a mantener entretenido al personal.

Me interesa más bien poco el estilo de Tiger & Woods, de modo que aprovecho su actuación para visitar las instalaciones – y no me refiero a ir al lavabo. Enseguida me seduce el hecho de que la inmensa mayoría son realmente interactivas, y no sólo sobre el papel. Una suerte de reactable sin cubos en la que danzan unos puntos de luz coloreados que, al ejercer presión sobre los mismos, producen cambios en la música que suena o en las luces que iluminan la estancia; o un set completo de instrumentos de música electrónica – mesa de mezclas, caja de ritmos y sintetizador – construidos en madera a prueba de beodos que se convierten en mis juguetes favoritos durante un buen rato y consiguen entretenerme durante el tiempo necesario para decidir que ya he tenido bastante por hoy.
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Conciertos del Mira Festival 2013 ©Martina Matencio

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La noche del sábado está muy marcada por la presencia en el cartel de Mike Paradinas en su faceta de µ-Ziq, figura de referencia en el mundo de la música electrónica más rompedora. Muchos nos hemos reunido hoy para ver cómo se las gasta el descubridor de – entre otros – gente como Aaron Funk (a.k.a. Venetian Snares). Su actuación se resolverá a lo largo de sucesivos cortes – como si fueran canciones en un recital, en claro contraste con la ortodoxia de las sesiones de música electrónica – a lo largo de los cuales el señor Paradinas nos permitirá degustar los múltiples estilos de los que se nutre su estampa; desde el ambient más etéreo al gabber más garrulo, pasando por un IDM de corte cerebral o misceláneas de fantasía synth.

Desgraciadamente, el planteamiento del concierto en forma de una sucesión de canciones es todo lo que éste tiene de rock’n’roll, ya que el autor de aquellas es un tipo más bien sucinto que se pasará el total de la actuación escondido detrás de su portátil – sé que la broma se ha hecho mil veces ya; pero sí, bien podría estar mirando el correo – y, en este sentido, las video-proyecciones de Oscar Sol contribuyen enormemente a mantener la atención del respetable a lo largo de la función. Consisten en  diseños geométricos  extraordinariamente complejos cuyas formas y colores reaccionan en función del ritmo, tono e intensidad de la música; y, aunque la propuesta resulte del todo adecuada a las distintas texturas sonoras, no deja de ser – y que me perdonen los entendidos – una versión extremadamente sofisticada de las clásicas animaciones de Windows Media Player. Con todo, un espectáculo encomiable.

La puesta en escena de Sophie, en cambio, tiene más bien poco de elegante y resulta hasta hortera en ocasiones, con su explosión de color decididamente kitsch, su ambiguo flequillo saltarín y sus temas ñoños con voces de Los Pitufos Maquineros. Ni qué decir tiene que las visuales de VJ Slurp, con su característica epilepsia oriental y su bizarrismo televisivo, le sientan como anillo al dedo, generando un ambiente ya más cercano al de una sesión tradicional en cualquier discoteca barcelonesa que al de un festival de artes visuales – ninguna queja ya que, de hecho, no tardaré en marcharme a Razzmattazz para ponerle punto y final al festival.

La sesión de The Field supone un soplo de aire fresco en la programación habitual de The Loft; techno de corte trance y de impecable factura; si bien con una cadencia que invita a degustarla bailando sin parar. Las proyecciones en profundidad de Refraction Labs contribuyen a dotar al espacio de unos tintes oníricos la mar de apropiados para la experiencia, y que conducirán paulatinamente a las masas al digno colofón que supone la intervención del Leathrette DJ Set, de carácter algo menos sofisticado que el de su predecesor en el cartel, pero no por ello menos ameno. Y poco más esta vez.

Así que, en retrospectiva, diría que, al menos a nivel de contenido – tanto musical como audiovisual – esta última edición del MIRA se ha resuelto de forma muy satisfactoria y recomienza su andadura con buen pie; si bien, y a juzgar por la asistencia al acontecimiento – no exactamente exigua, pero desde luego no mayoritaria –, parece no haber encontrado todavía su nicho en el mercado o bien no haber llegado del todo a su audiencia. Y aunque sospecho que la organización del festival esperaba haber visto circular a más gente por sus salas, también es verdad que, si la propuesta pretende seguir distinguiéndose de los festivales de electrónica al uso – donde los grandes nombres de la EDM se repiten sin cesar año tras año y vender entradas es la absoluta prioridad, en detrimento del interés artístico de las propuestas –, quizá nunca llegue a llenar la Fabra i Coats. Y la verdad, lo prefiero así.

Más información: Web del MIRa Festival