El otro lado de un estado islámico | CAIO VILELA

Esfahan mesquita Lotfollah web (11)Esfahan, mezquita Lotfollah

Por los conflictos políticos internacionales, a pesar de mi interés en conocer los paisajes desérticos y la cultura milenaria de Irán, pasé seis años “cocinando” la idea de conocer el país. En mi memoria, prevalecía la imagen dejada por el presidente de los Estados Unidos, George Bush, que, en enero de 2002, en pronunciamiento a la nación, calificó a Irán, a Corea del Norte y a Irak como países que integraban el “eje del mal”, debido a su interés en la fabricación de armas nucleares. La desconfianza con el país tendió a agudizarse con las agresivas declaraciones del actual presidente conservador Mahmoud Ahmadinejad y las señales aún presentes de la teocracia instalada después de la Revolución Islámica de 1979.

Resulta difícil tener una idea muy clara de cómo es la vida en ese país de ayatolás (dirigentes religiosos musulmanes) y disociar su población de la idea del “eje del mal”. En mi caso, el proyecto de conocer Irán solo fue posible después del contacto con un grupo de iraníes que conocí por internet. “Visitar Irán no es una aventura inconsecuente o imprudente”, garantizaban mis amigos.

“Puede venir tranquilo, nuestra tierra es muy distinta de la visión atemorizadora que los medios internacionales retrata en Occidente”, prometió Shizar, arquitecto licenciado por la Universidad de Teherán. Creí en lo que dijo y no me arrepentí. Como me imaginaba, por detrás de las rígidas costumbres impuestas por la teocracia islámica, existe un país fascinante, ajeno a esas cuestiones del terrorismo y listo para ser descubierto por quien se interesa en aprender un poco de sus 2.500 años de historia.

Es imposible negar que Irán tiene un lado radical, identificado por la represión oficial y no oficial de las fuerzas de seguridad. Carteles contra los Estados Unidos se distribuyen por las calles de las grandes ciudades, presentando el pensamiento de los religiosos más duros. Persisten las leyes rígidas y discriminatorias contra las mujeres, a pesar de que ellas ocupan el 67% de las plazas en las universidades formando parte de la mitad de la fuerza de trabajo. Pero, una parte de la población, principalmente los más jóvenes y universitarios, presentan otra cara del país mucho más generosa.

Desembarqué en Teherán, la capital iraní, a las 2 de la madrugada. A pesar del horario inconveniente, mis amigos de internet ya me esperaban en el aeropuerto y tenían planes para cada día de mi estadía en su tierra. En la primera noche, durante la cena, la familia de Shizar me recibió como si fuera un pariente que hace mucho no veían. Para reforzar las buenas maneras, mi joven amigo amablemente me decía: “Honestamente,¿nosotros parecemos terroristas?”

Él me llevó a conocer Teherán, una ciudad con más de 12 millones de habitantes, cercada por las montañas Alborz y sus picos cubiertos de nieve. El aire contaminado, el tráfico ruidoso, incentivado por la gasolina barata y la falta de planeamiento urbanístico, desagradan a primera vista. En el área más rica de la capital, surgen centros comerciales, cybercafés y pizzerias que sirven Zam-Zam (Coca-Cola iraní). Escondidos entre los edificios y avenidas en construcción por todas partes, destaca el Museo Arqueológico, con objetos que quedaron de Persépolis, la antigua capital del imperio persa, y el bazar con su comercio vibrante.

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Esfahan, mezquita Lotfollah                                     Yazd, plaza Amir Chakhmaq

El “centro del mundo”

Animado por Shizar y su familia, seguí viaje rumbo al sur. La siguiente parada fue Esfahan, capital de la antigua Persia del siglo XVI. La ciudad posee más de dos mil monumentos históricos, buena parte construida entre los siglos XVI y XVIII, cuando era considerada “centro del mundo” por los persas. Emporio de comercio en el medio del desierto, activo desde la época de la Ruta de la Seda, Esfahan era un centro de zoroastrismo antes de la llegada del islamismo traído por los árabes. Hoy, esa antigua religión, que rinde culto al fuego y dio a las demás las primeras representaciones del bien y del mal, todavía vive en algunos templos de la región.

Entre persas y árabes

No en vano la palabra “paraíso” viene del persa pardés y significa “jardines de los placeres del rey”. Esfahan es la prueba de esa definición, con sus desiertos puntuados por oasis de bosques de romas y jardines de pistacho. La belleza de los jardines y el colorido de los mercados reflejan también el pueblo dulce y sonriente, cuya hospitalidad legendaria es conocida desde los tiempos de Marco Polo, el viajero veneciano que estuvo en Persia en el siglo XI camino de China. En el corazón de la ciudad queda la inmensa plaza Emam Khomeini, en homenaje al ayatolá que comandó la revolución islámica y que hasta hoy es adorado como si fuese un santo. Su nombre, por cierto, fue dado a diversos monumentos antes dedicados a la monarquía.

La entrada monumental de la mezquita, naturalmente también dedicada al Iman, con su portal de 30 metros rodeado por dos inmensos minaretes de 42 metros de altura, confiere a los fieles la certeza de su insignificancia ante Alá. En las paredes y en el techo, el esplendor se debe a los mosaicos de tonos azulados y a las inscripciones en caligrafía árabe.

Saliendo de la plaza y caminando por el extenso tramo de calles cubiertas e interconectadas, uno se pierde en un laberinto con aroma de granada, pistacho, azafrán, perfumes y dulces típicos. Es el reino del comercio, en el cual los comerciantes afganos, kazajos, turcos, paquistaníes e iraníes exhiben todo tipo de mercancías, principalmente alfombras. Aunque atraído por tantas novedades, descubro que mi tarjeta de crédito es inútil ante al embargo económico del régimen de los ayatolás.

La agitada vida nocturna de Esfahan se riega con té y ghaliam (narguile o pipa de agua), pues está prohibido el consumo de bebidas alcohólicas. Dentro de los grandes mercados o a la orilla del río Zahedan, las teterías o tchay khune en farsi (lengua persa iraní), reúnen gente de todas las clases sociales, estudiantes y trabajadores. Según Paivand (otro de mis amigos de internet), ese es el ambiente para conversar sobre todo – excepto religión. Negocios, ligues, fútbol, internet y poesía parecen ser temas frecuentes en las conversaciones entre los jóvenes iranís de esa ciudad histórica y, actualmente, universitaria.

En la compañía de Paivand, conocí muchos restaurantes en Esfaphan, descubriendo una cocina oriental con pocos puntos en común con la tradicional gastronomía árabe. Lentamente, me acabé adaptando a la manera de una mesa en la cual, entre otras costumbres, nada puede ser más raro que comer arroz con tenedor (ellos prefieren utilizar la mano). El sabor del sumac, se nota en casi todos los tipos de khoresh (cocidos), y también el famoso azafrán iraní.

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Yazd mezquita (detalle)                             Esfahan mezquita (detalle)

La próxima parada del viaje fue Shiraz, 400 quilómetros al sur. En el pasado, la ciudad recibía un gran número de visitantes por ser la puerta de entrada para las milenares ruinas de Persépolis, la antigua capital del imperio persa destruida en 331 a.C. por los ejércitos de Alejandro.

Abandonada, Persépolis fue cubierta por las arenas del desierto y solamente reapareció en 1930. Quedaron monumentos que dan una idea de lo que representó ese imperio poderoso que, cerca del siglo V, dominó desde la India hasta la Turquía. El portal de Jerjes tiene aún dos gigantescas columnas, adornadas con seres alados, mitad hombre y mitad toro, esculpidos en la piedra. Del palacio central, quedan los muros con escenas de representantes de pueblos extranjeros trayendo sus ofrendas a los emperadores persas. El emperador Dario I, responsable por la obra monumental que tardó 120 años en ser concluida, hoy reposa en una tumba en lo alto de una pared esculpida, junto con su hijo Jerjes. Bajo sus ruinas, el silencio de las primeras horas matinales viene acompañado de luz suave y temperaturas agradables en el desierto. Allí continúa en pié el Portal de Todas las Naciones, por donde llegaban vasallos de otros reinos para pagar tributos a los emperadores persas.

Persépolis presenció también una de las últimas manifestaciones del antiguo régimen del Sha Reza Pahlevi que, en plena decadencia de su gobierno, decidió, en octubre de 1971, celebrar los 2.500 años de fundación del imperio persa. Fueron tres días de celebraciones suntuosas y extravagantes, mientras el país protestaba. Acabó ocurriendo lo inevitable: el choque entre una creciente población joven y un régimen que no ofrecía ni los avances de un estado moderno ni la estabilidad de una sociedad tradicional, crearon las condiciones para la revolución islámica. En esos treinta años, la sociedad cambió y mis amigos, que nunca vivieron bajo el antiguo régimen, quieren solamente llevar una vida normal en un país rico que aún sigue en busca de su camino.

Una república religiosa

Incluso muerto, la figura del ayatolá Khomeini (1900-1989) está siempre presente en la vida de los iraníes. Con el fin del régimen dictatorial del Sha, el líder religioso unió la oposición y asumió el poder en 1979, estableciendo el gran principio de la revolución islámica, sobre el cual se apoya el régimen actual: lo que permite a los ayatolás controlar el Estado y el Gobierno. Se estableció así la república islámica de Irán, con leyes conservadoras inspiradas en la religión. Así, diferentemente de las democracias occidentales, en Irán, las relaciones políticas, económicas, sociales y culturales deben estar de acuerdo con los preceptos islámicos. El guía supremo es, actualmente, el ayatolá Ali Khamenei, que sucedió a Khomeini. El ayatolá puede destituir al presidente, electo cada cuatro años. El actual presidente, Mahmoud Ahmadinejad, es conocido por sus declaraciones polémicas sobre Israel y los Estados Unidos y por haber retomado el programa nuclear de su país.

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* Este texto es el relato del primer viaje de Caio Vilela a Irán, en 2004. Caio ha visitado Irán numerosas veces haciendo diversos reportajes. Desde 2011 trabaja como guía de viajes al país para la agencia: venturas.com.br – São Paulo.