El rol del exilio en el arte contemporáneo iraní | AMOR MARSE


Los problemas del exilio y  sus consecuencias, han sido desde hace años cuestiones de gran interés y tema de múltiples debates. Durante las últimas décadas del siglo XX y los primeros años del  XXI,  exilios y diásporas han discurrido de forma imparable, generalmente de sur a norte, y de este a oeste como fenómenos característicos de un mundo globalizado, traduciéndose en un desplazamiento de importantes grupos de población. Una visión generalizada del exilio, suele ser la de aquellos sujetos que forman un colectivo que se ven en la necesidad de cambiar de territorio,  de cruzar fronteras y adaptarse a la sociedad de otro país radicalmente distinto al suyo que, por motivos generalmente ajenos a su voluntad, han tenido que dejar atrás.

Es el caso de los iraníes. Irán, un país del que se ha hablado insistentemente durante los últimos 30 años, es percibido desde el exterior como uno de los países más anti-occidentales del mundo. Su política, su fanatismo religioso, las armas nucleares o sus costumbres ancestrales son aspectos que han hecho del país al que Bush calificó en su día como “el eje del mal”, un país “oído” pero desconocido. Un país lejano aunque le llamen Oriente Próximo. Los estereotipos, siempre nefastos, son falsas generalizaciones resultantes de una falta de conocimiento y comprensión.

Durante los últimos años de la monarquía del Sha Reza Pahlevi, pero especialmente desde que en 1979 Jomeini llegara al poder y proclamara la República Islámica de Irán, la inseguridad, el miedo y la violencia se instalaron en el país desde los primeros años de la revolución. Desde entonces, las persecuciones y encarcelamientos fueron convirtiéndose en una estrategia de terror en manos de un régimen que había hecho del estado de excepción una situación casi cotidiana. Una censura política e ideológica sin precedentes, tan dura como inflexible, provocó en poco tiempo una asfixia social y cultural que atemorizó a la población obligándola a utilizar un lenguaje simbólico y metafórico para ofrecer resistencia contra la dictadura. La tiranía de estos fundamentalistas islámicos no ha cesado durante estos treinta años, y ha seguido echando más leña al fuego iniciado por Jomeini. Su drástico sistema se extendió radicalmente a lo largo y ancho del país, imponiendo la monoideología a sus ciudadanos y reclamando la fe en el Islam como única verdad, absoluta e indiscutible. Sin otras posibilidades, sin más alternativa[i].

Esta tiranía fundamentalista iniciada con Jomeini sembró el pánico entre la población y provocó que cientos de iraníes huyeran del país por temor a la represión, la censura y la falta de derechos.

Aquellos que cruzaron la frontera,  -entre los que se cuenta un gran número de artistas e intelectuales-  pasaron de un país musulmán, totalitario y multiétnico a una sociedad de cualquier país occidental, cristiana y, supuestamente, demócrata. Hoy más de cuatro millones de iraníes viven en el extranjero. Hay un numeroso núcleo iraní en Canadá, en los Emiratos Árabes, en países europeos como Holanda,  Alemania y Francia, pero sobretodo es en Estados Unidos y concretamente en California, donde vive la comunidad persa más numerosa del mundo[ii]. Edward W. Said[iii], quien representa la imagen del intelectual como exiliado, aseguraba que el exilio es algo curiosamente cautivador sobre lo que pensar, pero terrible de experimentar. Es esa grieta imposible de cicatrizar impuesta entre un ser humano y su lugar natal, entre el yo y su verdadero hogar: nunca se puede superar su esencial tristeza.

Hoy la diáspora iraní es tan amplia y tan diversa como amplio y diverso es el mosaico de pueblos distintos que configuran su raza y su país. No cabe duda que el exilio y sus consecuencias, afecta de forma muy directa en el alma creativa de los artistas que viven y trabajan fuera de su país y no sólo abordan artísticamente el tema del exilio de distinta forma, en diferentes disciplinas, sobre distintos soportes y utilizando nuevas tecnologías, sino que cada uno de ellos tiene su “propio exilio” y el “por qué” de este exilio. El exiliado iraní  no sólo conceptúa la condición de estar fuera del propio país, sino que acostumbra a imaginar que la vida está realmente en otra parte. Por lo tanto, en este sentido el sentimiento de exilio  afecta tanto a los que lograron irse como a los que se quedaron.  Es por este motivo, que no podemos hablar de una única definición de exilio que pueda agrupar a  todos los artistas iraníes que viven fuera de su país, puesto que no todos salieron de Irán por las mismas razones, ni todos mantienen vivo y latente el deseo de regresar de forma definitiva.  Algunos se sienten tan integrados en la sociedad de su nuevo país que ni remotamente entra en sus planes la idea de volver a vivir en Irán. Aunque la mayoría de ellos hablan de sí mismos como musulmanes no todos sienten fervor religioso ni profundas creencias y convicciones islámicas. La mujer no utiliza nunca el velo. No recitan el Corán cinco veces diarias y, aún estando lejos de su país no todos padecen nostalgia. Hay algunos que, aunque lo sean, no sienten que sean exiliados. Por este motivo, es difícil hablar de un solo exilio y es preciso hacer algunas diferencias según sean sus circunstancias, sus sentimientos, sus preocupaciones, sus deseos y su forma de entender la vida.

Muchos artistas que abandonaron Irán, convirtieron la melancolía y la añoranza de estar alejados de su tierra en uno de los aspectos predominantes de sus obras o en el background de las mismas. Algunos de ellos, hoy plenamente consolidados y altamente cotizados en el mundo artístico, utilizan con frecuencia la tristeza y la nostalgia del exilio como temas principales de sus obras, aún sabiendo que a veces la nostalgia embellece excesivamente lo perdido y puede crear mitos donde quizá no los hay.

Entre algunos de los artistas iraníes en el exilio internacionalmente reconocidos citaremos a Shirin Neshat, (Qäzvin, 1957) que reside en Nueva York desde hace treinta y ocho años, Parastou Forouarh (Teherán, 1962) que vive en Offenbach, los hermanos Ramin y Rokni Haerizadeh (Teherán, 1975 y 1978) que residen en Dubai o Reza Aramesh (Ahwaz, 1970) afincado en Londres desde 1990, son sólo algunos de los más conocidos ejemplos.

Hay otro grupo de artistas que, a pesar de los conflictos con los que se hallaron, decidieron permanecer en Irán. Artistas que tuvieron que defender su identidad, luchar contra la censura, sufrir una guerra y, como explica Daryush Shayegan, superar verdaderas dificultades para salir de su claustrofobia cultural y sustituir poco a poco su saber petrificado, para experimentar la catarsis del pensamiento por un conocimiento abierto y dinámico[iv]. Son los artistas que podríamos denominar artistas con exilio interior, aquellos que, aunque pudiendo viajar puntualmente al extranjero para participar en alguna exposición  individual o colectiva, han decidido fijar su residencia  en Irán. Aunque convencidos de permanecer en su país, la mayoría sueñan con aquel estatus que han logrado sus colegas de profesión en países extranjeros y, aunque con los pies en Irán, tienen la mirada puesta en Estados Unidos, Canadá, Inglaterra o Francia, países donde más numerosa es la comunidad iraní y, en el fondo, anhelan la forma de vida del exiliado y ven en él un posible modelo a seguir. Para ellos supone la representación de la independencia, de la libertad, y de lo que es quizás más importante para una gran mayoría: representan el perfil de persona libre que ha obtenido el éxito y el reconocimiento artístico en el ámbito internacional.

Entre los artistas más conocidos que siguen residiendo y trabajando en Irán podemos destacar a Shadi Ghadirian (Teherán, 1974), Sadegh Jabbari (Ardebil, 1961), Iradj Eskandari (Teherán, 1956) o Mohammad Eshai (Qäzvin, 1939).

Pero hay otro grupo de artistas nacidos en Irán que no encajan en ninguno de los dos grupos anteriores. Son los que se autodenominan nómadas, aquellos que aún teniendo residencia dentro o fuera de Irán, nunca permanecen en ella de forma continuada. Son aquellos que viven a caballo entre Irán y el extranjero, los que nunca están fijos en ningún domicilio, los que parten de nuevo al poco tiempo de haber llegado, aquellos que se sienten especialmente híbridos y profundamente nómadas, los que  con satisfacción y orgullo se llaman a sí mismos pasajeros del mundo. Son artistas que suelen realizar un trabajo artístico en el que el humor, esa característica tan profundamente persa, predomina por encima de cualquier otro aspecto. A través de una fina e irónica vena humorística, saben sacar partido de las deficiencias de su país, ridiculizar con gracia la censura, las prohibiciones e incluso las sanciones y, directa o indirectamente, hacen una  clara  referencia  a  las  malas  gestiones  políticas  de  su actual gobierno, y acostumbran a realizar un arte más polémico y de mayor contenido político, a veces abiertamente, a veces camuflado bajo la sugerente máscara del humor.

En este grupo destacan artistas como Ghazel, (Teherán, 1966 que reside entre París donde tiene casa y estudio, y Teherán donde vive su familia, pero ha vivido largas temporadas en Berlín, Montpellier y Nueva York). Mehran Tamadon (Teherán, 1972, tiene su residencia fija en París pero viaja a Teherán donde permanece durante largos meses por cuestiones de trabajo). Abbas Kiarostami (Teherán, 1940, tiene su residencia en Teherán y nunca ha tenido  residencia en el extranjero, pero viaja con tanta frecuencia por todo el mundo que sus amigos suelen quejase de lo difícil que resulta poder localizarlo en la capital iraní).  Sadegh  Tirafkan  (Karbala, 1965, que reparte su tiempo entre Toronto, donde ha obtenido la nacionalidad canadiense y Teherán).

Es sabido que muchos iraníes en el exilio sueñan con la idea de regresar a su país. Mientras que la mayoría de los que continúan residiendo en Irán, piensan en  abandonar su tierra y poner rumbo hacia cualquier país donde poder ejercer su derecho a la libertad. Y que, las creaciones de unos y otros están repletas de nostalgia. Pero la nostalgia que se detecta en algunas obras de artistas iraníes de las dos últimas generaciones, proviene del  Irán pre-islámico, o bien está relacionado con el símbolo, la figura de la libertad. No es la nostalgia y el dolor por el martirio y muerte de Hussein en la batalla de Karbala,  sino el de la noche de Yalda, la primera noche de invierno durante la que los iraníes celebran esta fiesta pre-islámica, anterior incluso a la figura de Zaratustra, y lo hacen comiendo granadas, la fruta oriunda de Irán, y recitando poemas de Hafiz, el poeta persa más querido por todos los iraníes de todas las épocas.  Y cuando piensan en peregrinación, no piensan en la Meca sino que está relacionada con el lugar donde descansan los restos de Mossadeq, el héroe de los iraníes, el hombre íntegro y honesto que se opuso a la influencia norteamericana y a principios del siglo XX quiso devolver el petróleo a los iraníes, e intentó por todos los medios llevar el país a una democracia.

Dicen que las ideas son más peligrosas que las armas, y que contar la verdad en época de mentiras equivale a un acto revolucionario. Es lo que hacen hoy los artistas iraníes, una generación activa y moderna que utiliza las nuevas tecnologías al mismo tiempo que defiende sus tradiciones. Ellos constituyen el eje del discurso cultural, político y social de Irán. Son reporteros e informadores para el resto del mundo. Su arma es su arte y la cultura es su fórmula para resistir.

Siempre se ha dicho que  Irán es un país contradictorio:

Por un lado tenemos el romanticismo de sus jardines. Unos jardines que transforman el espacio y adaptan la arquitectura a sus bellas formas. Su caligrafía, este arte que consigue integrarse de forma natural en edificios, objetos, telas, miniaturas…y que constituye el arte persa por excelencia. O la poesía, esa poesía de la que los iraníes se enorgullecen de haber recitado en las escalinatas de los palacios de Susa y Persépolis mucho antes que los occidentales pintaran las primeras figuras rupestres en las cavernas….

Esta imagen romántica, real y verídica de Irán, se contrapone al duro estereotipo que muestran los medios de comunicación: el petróleo, los mulás, las ejecuciones, la muerte por lapidación a la mujer que ha cometido adulterio, las mujeres vestidas de negro, su programa de enriquecimiento de uranio con fines poco claroses justamente la otra cara de la moneda, pero tan real y verdadera como la anterior…

Sin embargo…para matizar este concepto tan extendido de país contradictorio, podríamos decir que Irán más que un país contradictorio es un país obligado a vivir de forma contradictoria:

Irán es un país que tiene un gobierno que prohíbe las drogas pero no castiga su venta, que prohíbe la homosexualidad y la castiga con pena de muerte pero permite y hasta financia la operación de cambio de sexo, un gobierno que obliga a la mujer a cubrirse con el velo pero ellas ocupan el 60% de las plazas universitarias, un gobierno que se enorgullece de tener prensa libre, pero muchos periodistas e intelectuales están en la cárcel por lo que escriben y piensan. Irán es un país en el que sus ciudadanos piensan de una manera  pero actúan de otra, en casa llevan una vida normal como puede llevar cualquier occidental, pero en público viven y actúan de la forma que se les impone. Irán es un pueblo tegiiyeh y ta’arag,  la fórmula persa que los iraníes utilizan con frecuencia para hablar fingiendo lo que en realidad no creen, porque es imposible oponerse al nezam (sistema). Es tal la desconfianza que los ciudadanos iraníes no acostumbran a hablar por la calle con desconocidos por temor a que pueda ser un basidji o un miembro de la SAVAK, la temible policía del régimen. La vida en Irán parece una película mal montada donde el guión no concuerde con el argumento…

Si nos centramos en el arte, los artistas, no son una excepción. Dicen los entendidos que el artista iraní posee dos almas gemelas: una moderna, globalizada y liberal. Otra religiosa, nacionalista y conservadora. Esta mezcla en el alma creativa iraní, que el crítico de arte Vali Mahlouji ha llamado iranidad, se remonta a los tiempos de Zaratustra,  y se traduce en una identidad que conlleva la existencia de lo antiguo y lo moderno, de apropiarse de lo contemporáneo sin abandonar la tradición, hasta conformar esta identidad plural y heterogénea que caracteriza al artista. Porque los artistas iraníes, tanto los que viven en Irán, como los que viven y trabajan en el extranjero, son autores de unas obras en las que sobresale por encima de cualquier otra característica, la fusión entre tradición y modernidad, una dicotomía que sorprende por su perfecto engranaje.  Una característica que siendo complementaria, en ocasiones se la ha calificado de contradictoria.

Los artistas de la 2ª y 3ª generación post-revolucionaria, pertenecientes a la llamada Generación J, (nacidos bajo el gobierno de Jomeini y educados bajo el gobierno de Jamenei) muestran, tanto los que viven en Irán como en el exilio, esta síntesis entre tradición  y modernidad  al utilizar en su trabajo dichos y refranes persas, citas de literatura clásica, caligrafía, mitos y héroes legendarios, ritos y fiestas populares…y lo hacen en una gran profusión de medios y las disciplinas más actuales, comparables a las utilizadas por los artistas occidentales más radicales y contemporáneos.

Aquellos que han decidido vivir en Irán, un país gobernado por un régimen teocrático, el miedo por realizar cualquier actividad de orden intelectual contraria al sistema, siempre está presente y saben que en estas condiciones es difícil hacer de la política su caballo de batalla. Por esta razón se han visto obligados a trabajar partiendo de la metáfora, la alegoría y el doble lenguaje en las que son grandes expertos…Deben controlar la temática de sus obras y el mensaje que conllevan para evitar posibles represalias, el cierre de la galería donde exponen o el riesgo de ser acusados de rebeldes y opositores al régimen. A veces, el simple hecho de suscitar algo sospechoso de ser inadecuado para la moral de su sociedad, es censurado inmediatamente.

Por otro lado, el artista que vive en el exilio, es de una u otra forma, político porque la política ha definido y marcado su vida. El artista exiliado tiene la posibilidad de jugar un papel más valiente y crucial al poder denunciar públicamente los hechos acaecidos en su país y, aunque sin duda arriesgado porque sabe que le estará vetada de nuevo la entrada a Irán, el hecho de que su voz pueda tener eco internacional, lo hace mucho más fuerte y reivindicativo. Los artistas iraníes en el exilio se sienten muy comprometidos con los acontecimientos sociales y políticos de Irán y, en su trabajo, además de mitología y tradición, también reflejan el terror, la angustia y el desconcierto que sufre su pueblo por la continua violación de los derechos humanos. Además de afrontar la vida en el exilio, la separación de la familia y los recuerdos de niñez o adolescencia, también sienten un profundo sentimiento de tristeza y desconfianza en la posibilidad de cambio en su país, motivo por el que, aunque pudieran, tampoco persiguen ya esta soñada idea del mítico retorno. Decía Siah Armajani que el exilio es una forma de ser de la que no se vuelve jamás…

Identidad, historia y memoria son conceptos ideológicos constantes en su discurso sobre la identidad, conceptos con los que reivindican una cultura auténtica, preislámica y milenaria. El tributo que hoy el artista iraní paga a la tradición y a la memoria podría suponer un obstáculo para compaginarlo con la modernidad, porque si bien esta mirada a la mitología de los orígenes supone por un lado una especie de resistencia a la pérdida de su querida identidad pre-islámica, por otro provoca una huída hacia la novedad y el progreso, es decir, hacia la modernidad, que puede dar la imagen de una nueva identidad rizomática en busca de una nueva forma de vida y pensamiento.

neshat
Entrevista con Shirin Neshat, Septiembre 2009


[i] Desde la llegada de Jomeini, la persecución a los que no profesaban la fe islámica fue tal, que se llegaron a producir ejecuciones de bah’is, a quienes acusaban de impuros. La escritora iraní Olya Roohizadegan explica su experiencia en Olva. Arca Editorial, S.L. Barcelona, 2005.

[ii] En California vive la comunidad persa más numerosa del mundo con casi un millón de iraníes. Incluso se publica un periódico, el Iran Journal para los persas con una sección publicitaria en la que se anuncian los profesionales iraníes en California y más de 50 revistas en lengua persa y unas 10 cadenas de radio y televisión, algunas de las cuales pueden verse y oírse en Irán. Tienen también un tomo de páginas amarillas, las Persian-Amercian Yellow Pages desde 1998. Por eso en Irán se ha bautizado familiarmente a Los Ángeles con el nombre de Teherangeles o Iranangeles.

[iii] SAID, Edward.W. Reflexiones sobre el exilio. .Edit. Random House Mondadori, S.L. Barcelona, 2005. Pag. 179.

[iv] SHAYEGAN, Daryush. داریوش شایگان (Teherán, 1935) ensayista, filósofo y uno de los más importantes pensadores contemporáneos, ha sido profesor de estudios indios y filosofía comparada en la Universidad de Teherán y director del Centro Iraní para el Estudio de las Civilizaciones. Fue uno de los principales intelectuales iraníes expulsados de la esfera cultural tras la revolución de 1979. Se exilió a Francia permaneciendo en París casi 9 años durante los cuales fue director de los estudios ismaelitas de este país. Vive y trabaja entre París y Teherán. Después asumió la dirección de la revista Iramé, en Washsington, antes de regresar a Irán donde creó su propia casa editorial.  Entre sus obras destacan Le regard mutilé (1989; edición castellana: La mirada mutilada, 1990), Les illusions de l’identité (1992), Qu’est-ce qu’une révolution religieuse? (1991), Hindouisme et soufisme (1997) y La lumière vient de l’Occident (2003).