Ética de la hospitalidad lingüística | MODESTA DI PAOLA

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Durante siglos, el concepto de hospitalidad se ha relacionado, por calidad moral y beneficio, con las actitudes sociales y culturales regidas por el deber, la deuda y la responsabilidad. Debemos esta idea a la cultura griega clásica, de la que hemos recibido la noción básica de xenia, es decir, de hospitalidad entendida como deber. Así, Marco Tulio Cicerón afirmaba que los que querían un gran nombre entre las naciones extranjeras deberían dar mucho crédito a la hospitalidad.[1]

Una definición nueva y original de hospitalidad nos la ofrece Emile Benveniste en el Vocabulary of Indo-European Institutions, que la describe como un ritual que consiste en el intercambio de regalos. Teniendo en cuenta la etimología de la palabra “host” (anfitrión pero también hostilidad), el lingüista francés afirma que la hospitalidad se basa en la idea de vincular a dos o más personas a través de una obligación de compensación, en tanto que el don siempre implica una obligación.[2] La hospitalidad es entonces una performance de actitudes contrarias entre sí, que revela tanto el placer (xenofilia) por experimentar al extranjero como la hostilidad (xenofobia) hacia él.

Jacques Derrida lleva al concepto de hospitalidad de Benveniste al complejo terreno filosófico, sin olvidar la importancia de su connotación cultural, política y económica. En su ensayo dedicado a la hospitalidad, Derrida da gran importancia sobre todo a la hospitalidad lingüística, ya que, según él, invitar, recibir, mantener y dar asilo al exiliado son conceptos relacionados con el lenguaje y otras formas de comunicación entre las personas y las instituciones.[3] El filosofo francés nos recuerda que el extranjero es, ante todo, extranjero respecto a la lengua jurídica que formula el deber de la hospitalidad, el derecho de asilo, los límites, las normas y los códigos de la política. El outsider, por tanto, tiene que pedir hospitalidad en un idioma que no es el suyo, sino el que exige el propietario de casa, el rey, el poder, la nación, el Estado, el padre, etc. Ellos son los primeros que imponen una violencia al extranjero, la de traducirse a si mismo a otro idioma. Para Derrida el problema de la hospitalidad empieza precisamente con el lenguaje y, por tanto, con el pedir al extranjero que entienda y hable nuestra lengua para ser aceptado.

A partir de estas premisas, el antiguo concepto de hospitalidad como deber y moral se pierde entre las páginas del ensayo derridiano que, a su vez, describe las dinámicas contemporáneas regidas por normas y códigos para la protección de las fronteras nacionales. Otro aspecto interesante de la concepción derridiana acerca de la hospitalidad lingüística consiste en la relación que ésta tiene con la traducción. En su ensayo titulado Des Tours de Babel, que entre otras cosas analiza el bien conocido texto de Walter Benjamin La tarea del traductor (Die Aufgabe des Übersetzers), Derrida nos recuerda que la palabra alemana aufgeben  también significa donar.

Desde otra perspectiva filosófica, Paul Ricoeur reflexiona sobre el concepto de ética de la  hospitalidad lingüística en los procesos de traducción, entendiendo ésta como el placer de vivir la lengua del otro y recibir en la propia casa la palabra del extranjero. Este paradigma abre la hospitalidad lingüística a un análisis acerca de las cuestiones éticas que surgen de la necesidad de encontrar un compromiso entre la pluralidad de las culturas y la unidad de la humanidad. A partir de una reflexión sobre las nociones de “desafío” y “felicidad”, Ricoeur afirma que el “problema ético” de la hospitalidad se revela en la idea de que comunicarse con el otro es también buscar la felicidad. Estos conceptos – que abren la hospitalidad a binomios como desafío/felicidad,  imposibilidad/posibilidad, deber/placer – revelan la ausencia de una verdadera compenetración entre las personas, pero también el interés por el diálogo, el entendimiento, la amistad y la hospitalidad. Estos binomios han sido ampliamente desarrollados también por Maurice Blanchot en Amitié[4]  y por Antoine Berman en L’épreuve de l’étranger, en su doble significado de “dolor” y “prueba”.

Será, sin embargo, otra vez Derrida quien desarrolle otro concepto relacionado a la hospitalidad: la supervivencia. Según el filósofo francés, de hecho, el deseo que deriva de la “prueba” entre dos “diferentes” es un desafío necesario para la supervivencia y, por lo tanto, supone el abandono de las complicaciones y de las dificultades que surgen cuando nos acercamos al otro y a la comprensión de su idioma. La imposibilidad de hospedar la lengua y la cultura de otro sería la muerte, el colapso del significado. Para Derrida, por tanto, esta imposibilidad transformaría la lengua en algo incomprensible y sin sentido.

Otra definición interesante de hospitalidad deriva de las formulaciones teóricas de Deleuze y Guattari. La teórica René Scherer relaciona la hospitalidad al concepto de nomadismo formulado por los dos filósofos, superando la simple solidaridad lingüística y jurídica en favor de la transgresión de las fronteras nacionales. La hospitalidad se abre así al movimiento y a la fluidez y se identifica con los pueblos inclasificables legalmente, con los grupos étnicos y los sin hogar. En este contexto, la hospitalidad pierde su connotación de virtud moral y se convierte en una parte esencial del ser humano, una parte integral de “devenir hombre”. Estas macro-temáticas, abundantemente analizadas por los sociólogos y filósofos (Levinas, Tönnies, Max Scheler, Sartre, etc.), encuentran varias aplicaciones en la experiencia de la vida cotidiana y en las consecuentes poéticas de la micro narrativa. Jean Soldini habla por ejemplo de “micro-errancias domésticas” y afirma que cada pequeña y nueva relación debería ser tratada como un “invitado”. En este sentido Soldini se ocupa de cuestiones como el extranjero, el trabajo, la política, la bioética, el dolor y la muerte en el contexto de la hospitalidad de todos los días.[5]

Estas reflexiones que se mueven entre lo macro y lo micro, sin duda se abren a una reflexión acerca de las culturas complejas que nacen del encuentro y del choque entre colonizados y colonizadores, como por ejemplo las realidades lingüísticas y culturales del Mediterráneo que, para poder sobrevivir, han tenido que hospedar (en el sentido de recibir con hostilidad) la lengua y la cultura del colonizador. Estas consideraciones teóricas nos acercan a las teorías de la complejidad, a las culturas plurales y a la diáspora. Pero también a voces de fuera de Occidente que han dado un nuevo significado al concepto de hospitalidad. Todas esta voces, es bueno recordarlo, son analizadas por diferentes disciplinas derivadas de los estudios culturales, como los estudios postcoloniales, los estudios de género, los border crossing y los estudios visuales; unas disciplinas que dan enfoques filosóficos, culturales y artísticos a las cuestiones acerca de los extranjeros, inmigrantes y desplazados. En estas áreas de estudio, la hospitalidad se revela como un puente metafórico, más allá del cual nos encontramos con la incógnita de la felicidad o de la hostilidad. Jabes resumió esta imagen afirmando que “más allá de la responsabilidad está la solidaridad, y más allá de ésta está la hospitalidad”.[6]


[1] Cicerone, Marco Tullio, Rethorica, De Officiis, Liber Secundus, XVIII, 64.

[2] Émile Benveniste, Vocabulario des la instituciones indoeuropeas. Traducción de Mauro Armiño. Madrid: Taurus Ediciones, 1983, p. 48.

[3] Derrida, Jacques, Dufurmantelle, Anne, Sull’ospitalità. Le riflessioni di uno dei massimi filosofi contemporanei sulle società multietniche, Baldini & Castoldi, Milano, 2000, p. 119. (De l’hospitalité, Calmann-Lévy, 1997).

[4] Blanchot, Maurice, L’Amitié, Gallimard, Paris, 1971.

[5] Soldini, Joan, Resistenza e ospitalità, Jaca Book, Milano, 2010.

[6] Jabès, Edmond, Le livre de l’hospitalitè. Gallimard, Paris, 1991.