Caminos del deseo que atraviesan el paisaje | ISMAEL TEIRA

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Ismael Teira, “El deseo de atravesar el paisaje”. Fotografía en panel de aluminio. 53×80 cm. Deputación da Coruña.

En ocasiones los ciudadanos de a pie – y a pie – muestran su descontento con el camino impuesto y reclaman mejorarlo. Un buen ejemplo son los caminos del deseo que son, en definitiva, huellas visibles y transitables de algo tan abstracto como el deseo. Habitualmente estos senderos están determinados por un objetivo y basados en crear una rutaeficiente, al mismo tiempo que suponen improntas visibles de un gesto ciudadano, al acortar, rechazar e, incluso, mejorar el camino marcado. Uno de los más ingentes archivos de fotografías de “Desire Paths”está disponible en Flickr, con fotografías de más de medio millar de senderos – en su mayoría atajos – localizados por los usuarios en diferentes partes del planeta, configurando así un interesante álbum de forma colaborativa. Para George Redgrave, impulsor del grupo, la clave de estos senderos es que están hechos contra la voluntad de alguna autoridad que querría que fuéramos por otro camino menos conveniente. Nos centraremos en dos ejemplos: Detroit y Valencia.

Detroit, en otro tiempo la cuarta ciudad más grande de EE.UU., símbolo de vanguardia y futuro, capital de la industria del motor e imagen idílica del sueño americano, ha pasado de poner a la nación sobre ruedas a frenarse casi en seco. Se calcula que dispone de más de 200.000 parcelas vacías que podrían albergar al triple de su población actual. Algunos ven la salvación en la agricultura urbana, volviendo a convertir las zonas deterioradas de la ciudad en campos y tierras de cultivo, tal como existían antes del auge industrial. Para Rebecca Solnit, Detroit es un cuento con moraleja sobre las ciudades industriales construidas a la manera de boomtowns surgidos durante la “fiebre del oro”. “La mayoría de los poblados mineros estaban destinados a ser efímeros. La gente pensaba que Detroit sería para siempre”[1], concluye la autora. James Griffioen, que desarrolla en la ciudad el proyecto The Disappearing City habla en un artículo titulado Streets with no name [2] de los caminos del deseo de las numerosas zonas verdes que han vuelto a brotar en la destartalada Detroit como pruebas evidentes de que el hormigón no puede imponer su voluntad sobre el deseo humano. Resulta al menos curioso que en la “capital del motor” un amplio número de ciudadanos se desplacen a pie para cubrir sus necesidades.

Hay que destacar el papel del caminar como gesto de resistencia. Para el periodista Antonio Fraguas andar es un acto aparentemente inútil e infructuoso en términos mercantilistas, ya que no genera ni gasto ni consumo; pero es, en cambio, “un acto de reflexión y de subversión en un mundo saturado de consumo y dióxido de carbono”[3]. Eduardo Hurtado [4], a propósito de las aves errantes de Wandervogel, considera que el citado movimiento alemán supuso una reacción romántica al liberalismo capitalista de la época que hizo del caminar algo improductivo para convertirlo, de ese modo, en una crítica al capitalismo. Michel De Certeau habla de “inventores de senderos en las junglas de la racionalidad funcionalista […] trazan ‘trayectorias indeterminadas’, aparentemente insensatas porque no son coherentes respecto al lugar construido, escrito y prefabricado en el que se desplazan”[5]. Aplicándolo al tema que nos ocupa, el impulso que inicia un camino del deseo surgiría del aprovechamiento de una fisura, de una grieta en el sistema. Es interesante – y el propio autor, de hecho, lo hace – comparar el acto de hablar con el de caminar, dado que el segundo es al sistema urbano lo que la enunciación es a la lengua, y del mismo modo que el locutor se apropia y asume la lengua, el caminante se apropia del sistema topográfico. Caminar es una realización espacial del lugar, y en ese lugar existe un orden con posibilidades y prohibiciones, que el caminante actualiza, desplaza o, incluso, reinventa, “pues lo atajos, desviaciones o improvisaciones del andar, privilegian, cambian o abandonan elementos espaciales”[6]. Por ello hay que considerar el caminar como una práctica cotidiana de oposición y un potencial acto de resistencia o rebeldía.

Pero existe otra modalidad de caminos del deseo no menos interesante: los destinados al trayecto placentero, ajenos a la prisa, y más similares si cabe a los senderos que pueden surgir en un bosque o un entorno completamente natural. En Valencia, como en muchas otras urbes, existen caminos funcionales o atajos, pero nos fijaremos en lo extraordinario de una zona específica de la ciudad. Cuando debido a la gran riada de 1957 se decidió desviar el río Turia por otro lecho se liberó una gran superficie que cruzaba la ciudad de oeste a este. La decisión que se tomó en un principio fue la de construir en el antiguo cauce una gran autopista urbana que conectara el puerto con Madrid, lo que generó una gran oposición ciudadana organizada en torno a la campaña cívica bajo el lema “El llit del Túria és nostre i el volem verd” [El lecho del Turia es nuestro y lo queremos verde] que reclamaba ansiosamente la creación de parques públicos y espacios verdes. Según escribía Miguel Ángel Villena en un artículo de 1987, “Valencia es una ciudad que apenas dispone de medio metro cuadrado de zona verde por habitante frente a las recomendaciones de los organismos internacionales que hablan de diez”[7]. A finales de 1975 se cesó en el empeño por asfaltar el antiguo lecho, a favor de la construcción de un gran parque urbano que supuso la victoria ciudadana. Se trata de un lugar artificial, domesticado, limitado y, en cierto modo, también seguro y, por su hundimiento, cerrado. El cerramiento ha sido siempre, como apunta Javier Maderuelo [8], una de las características esenciales del jardín, donde conviven dos espacios: el real y el simbólico; uno marcado por las contingencias del mundo físico, y el otro dominado por el deseo, quizás el deseo de atravesar el paisaje, porque a lo largo de prácticamente todo el parque – y especialmente en algunos tramos – se ha erosionado un gran camino del deseo longitudinal que discurre paralelo generando una alternativa al itinerario marcado u oficial. Una senda rodeada de vegetación, árboles y diversa flora urbana que parece buscar el reencuentro con la Naturaleza; es decir, un camino que podemos definir como el efecto del deseo de atravesar el paisaje. Desde luego no es necesario que exista una pintura o una fotografía para poder hablar propiamente de “experiencia paisajera”, ya que existe la posibilidad de que, como apunta Federico López Silvestre, “el paisaje sea más el fruto del recorrido que de una instantánea, más una experiencia que una cosa o una idea”[9], sin pasar por alto a la mirada, imprescindible para que el paisaje exista, bien la del observador romántico en la distancia ante una Naturaleza que apabulla; o mejor, la del caminante que transita campo a través. Como escribió Otto Friedrich Bollnow, el caminante ya no está separado del paisaje, éste ya no es un panorama que desfila a su lado; anda de verdad a su través, se hace parte de él, es asimilado por él.”[10]

El pasado 21 de noviembre en el Espai Cultural Caja Madrid de Barcelona se ha inaugurado la exposición “Líneas del Deseo”, comisariada por Lorena Muñoz-Alonso y Bárbara Rodríguez-Muñoz.

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Notas:

[1] SOLNIT, Rebecca (2007). «Detroit arcadia: Exploring the post-American landscape». Harper´s magazine, july 2007. [Fecha de consulta: 25 de junio de 2012]. Traducción del autor. 

[2] GRIFFIOEN, James (2009). «Streets With No Name». Sweet Juniper, june 2009. [Fecha de consulta: 27 de junio de 2012].

[3] FRAGUAS, Antonio (2012). «Una vuelta a las andadas». El País, 18 de marzo de 2012. [Fecha de consulta: 24 de marzo de 2012].

[4] Aquí también se puede encontrar información sobre el proyecto Errar Europa, un análisis crítico sobre Europa a partir del acto de caminar. Eduardo Hurtado también es autor del texto Caminar como práctica de resistencia.

[5] DE CERTEAU, Michel (1986). La invención de lo cotidiano I. Artes de hacer. México: Universidad Iberoamericana. Departamento de Historia, pp. 40-41.

[6] DE CERTEAU, Michel (1986), op. cit., p. 110.

[7] VILLENA, Miguel Ángel (1987). «Verde que te quiero verde». El País, 3 de marzo de 1987. [Fecha de consulta: 27 de junio de 2012].

[8] Véase MADERUELO, Javier (Dir.) (1997). El jardín como arte. Huesca: arte y naturaleza. Actas del III Curso. Huesca: Diputación de Huesca, p. 103.

[9] LÓPEZ SILVESTRE, Federico (Ed.) (2007). Paseantes, viaxeiros, paisaxes. Santiago de Compostela: Centro Galego de Arte Contemporánea, p. 211.

[10] BOLLNOW, Otto Friedrich (1969). Hombre y espacio. Barcelona: Editorial Labor, p. 108.