A la deriva. Fotografías de Lela Martorano | LUCILA VILELA

english português

“El objetivo es un instrumento como el lápiz o el pincel; la fotografía es un procedimiento como el dibujo y el grabado, porque lo que hace al artista es el sentimiento y no el procedimiento.”

Louis Figuier, La Photographie au Salon de 1859.

Un fragmento de tiempo es descubierto por Lela Martorano en los archivos fotográficos de su familia. La artista descubre, en la mirada del padre, imágenes  que captaran la luz de un instante. En la memoria, algunas escenas en la playa recuerdan los momentos de una temporada. Y era a través de la mirada, aunque distante, como su padre participaba de las escenas. Olavo Vieira fotografiaba en slides una época en que pocos encaraban el universo fotográfico. Lejos de las facilidades de la tecnología digital, la fotografía analógica exigía dedicación; era preciso confianza para apretar el botón de disparo, cuando la película tenía sus poses contadas. Hoy la relación con la fotografía ha sido transformada por la comodidad del “delete”. La memoria digital se volvió un hábito que muchas veces anula la propia vivencia, rehén de un gesto viciado. Observa Vilém Flusser que muchas personas ya no saben mirar sino es a través del aparato.[1] Ante la capacidad seductora de captar el instante sin pensar en la composición de la imagen, se hace necesario percibir las trampas de la cámara digital en el uso  cotidiano. Flusser advierte que “el aparato propone un juego estructuralmente complejo, pero funcionalmente simple. Es fácil aprender sus reglas, difícil es jugarlo bien.”[2] Saber fotografiar consiste en evitar el gesto automático e impaciente del impulso aficionado. Lela Martorano utiliza la tecnología digital con un pensamiento analógico. Consciente de los riesgos del lenguaje, se apropia de los slides de su padre y elabora un juego de imágenes componiendo una nueva fotografía.

En el proceso, proyecta los slides marcados por el tiempo sobre muros desgastados y antiguos postales, estableciendo una nueva imagen a partir de esa fusión. La exposición Mar de Dentro presenta algunas obras creadas en una residencia hecha en el Museo de Arte Moderno de la isla de Chiloé (Chile, 2011). Lela Martorano rescata la memoria de la ciudad e interfiere con su memoria personal, procedimiento que ya había utilizado en la exposición Deslumbramientos en la ciudad de Granada (España, 2009). “Las fotos transforman el pasado en el objeto de una mirada afectuosa“[3], observa Susan Sontag. La intimidad de un momento en familia es aliada del afecto a la ciudad. Así, la proyección del tiempo incide sobre el espacio. Sontag plantea incluso que “por medio de fotos, cada familia construye una crónica visual de sí misma- un conjunto portátil de imágenes que sirve de testigo de su cohesión”. Las fotografías que elige sin embargo, no son retratos sino escenas de un ambiente relajado que revelan la espontaneidad del momento. La presencia del mar refuerza la intensidad de la imagen. Para Gaston Bachelard, el agua es un elemento transitorio, corre siempre, cae siempre; “anónima sabe todos los secretos. El mismo recuerdo sale de todas las fuentes.” Hay profundidad en cada gota, basta recordar la densidad del aplastamiento de las gotas, de Julio Cortazar. En Castro (Chiloé) se encuentra el mar interior que ha dado el titulo de la exposición. Parece que ese interior de las aguas trae la sensación de un tiempo vivido. En la dimensión nostálgica de una gota, las imágenes contienen recuerdos pasajeros.

En el caso de los vídeo-objetos también presentados en esta exposición, un conjunto de imágenes fijas es iluminado por una única imagen en movimiento. Lo que se mueve es el mar sobre los niños que otrora jugaban en la playa. El reflejo de la luz en el agua posibilita la percepción del movimiento. El vídeo funciona como una imagen de fondo que baña la escena estática; una película que envuelve el paisaje fotográfico. La claridad del agua permite la travesía de la mirada. Así la memoria de la infancia se vuelve aún más distante, como se tuviese un filtro entre la mirada y la fotografía. En Mar de Dentro, Lela Martorano trata el agua como luz y viceversa. Sean proyectadas o en vídeo, la fluidez y la transparencia de las imágenes interfieren en las fotografías con suaves vibraciones; captan el tiempo, efímero, entre la luminosidad de las aguas y los paisajes de luz. La palabra fotografía deriva del griego: φωτογραφία a partir de φως (fos) + γραφή (grafí), o sea, escritura de luz. Lela Martorano dibuja en la luz las transparencias del tiempo. Christine Buci-Glucksmann nota que lo efímero parece surgir en todas las diferencias, brillos, reflejos y centelleos de lo visible, como el lado escondido de una luz inmanente.[4] Así, lo efímero se desarrolla entre la presencia y la ausencia.

De esta manera, la elección del cartel para presentar las fotografías demarca también el carácter efímero. El cartel de papel pegado directamente en muros y postes de calle es utilizado en general para fines publicitarios. Al optar por ese soporte, la artista desplaza la estética urbana dentro del espacio expositivo. Las fotografías se deshacen debido a la fragilidad del papel empleado. Dentro de la galería, el papel está protegido de la intemperie, pero no deja de presentar su aspecto quebradizo, desapareciendo en un tiempo más lento. En otros momentos, sin embargo, la artista también lleva el trabajo a las calles, confundiéndolo entre los carteles publicitarios. Existe un constante movimiento de desplazamientos, que transforma cada etapa del proceso creativo. Un trabajo de pos-producción en que la artista se apropia de una imagen ya producida para realizar otra. La foto del archivo aparece en el muro, migra hacia otra fotografía y vuelve hacia otro muro. Los desvíos de la escena y desplazamientos de soporte establecen un incesante flujo de memorias. En ese mar de dentro, las aguas evocan imágenes lejanas de un tiempo extinguido. Percibe Heráclito, “es muerte, para las almas, el volverse agua.”[5] En las imágenes de Lela Martorano, los recuerdos son rescatados en las sutilezas de una mirada afectuosa y se deshacen lentamente a la deriva de un tiempo reencontrado.


[1] Cfr. FLUSSER, Vilém. Filosofia da caixa preta. Rio de Janeiro: Relume Dumará, 2002, p. 54

[2] Ibid.

[3] SONTAG, Susan. Sobre fotografia. São Paulo: Companhia das Letras, 2004, p.86

[4] BUCI-GLUCKSMANN, Christine. Estética de lo efímero. Madrid: Arena Libros, 2006, p. 31

[5] BACHELARD, Gaston. A Água e os Sonhos. São Paulo: Martins Fontes, 2002, p.59