Y el mayor bien es pequeño; que toda la vida es sueño: la Cidade da Cultura de Galicia | ISMAEL TEIRA

 

Foto: © José Jurado. I Encontro de Artistas Novos "Cidade da Cultura"

La Cidade da Cultura de Galicia (CdC) es un complejo arquitectónico proyectado por  Peter Eisenman que pretende acoger las «mejores expresiones de la cultura de Galicia, España, Europa, Latinoamérica y el mundo»[1]. Aspira a convertirse en una herramienta de internacionalización para Galicia, que contribuya a su desarrollo económico y social en el siglo XXI desde el ámbito de la cultura. «En sus espacios acogerá servicios y actividades destinados a la preservación del patrimonio y la memoria, el estudio, la investigación, la experimentación, la producción y la difusión en los ámbitos de las letras y el pensamiento, la música, el teatro, la danza, el cine, las artes visuales, la creación audiovisual y la comunicación»[2]. El proyecto, que se levanta sobre el monte Gaiás de Santiago de Compostela, fue inaugurado el pasado 11 de enero (11/1/11) con la apertura de los edificios de la Biblioteca y el Archivo de Galicia, tras diez años de polémica y obras – que todavía continúan – y una estimación de gasto de más de 400 millones de euros[3].

Del 4 al 9 de septiembre del 2011 se celebró en el auditorio de la Biblioteca de Galicia de la CdC el I Encontro de Artistas Novos “Cidade da Cultura”[4] dirigido por Rafael Doctor e Ignacio Santos, y en el que un total de cien artistas[5] hemos tenido la suerte de participar en un diálogo constructivo sobre el arte contemporáneo: las mañanas estaban dedicadas a conocer el trabajo de artistas como Daniel Canogar, Pierre Gonnord, Suso Fandiño, Marina Núñez, Victoria Diehl, Carles Congost, Antonio Ballester, Rubén Ramos Balsa o José Luis Serzo, y a dialogar con agentes del mundo del arte, como David Barro, editor de DARDO; Carmen Fernández, directora del MACUF; Miguel von Hafe, director del CGAC; Iñaki Martínez, director del MARCO o Ana Soler, profesora de la Facultad de Bellas Artes de Pontevedra. Por las tardes se realizaban foros abiertos en los que alrededor de cuarenta artistas novos pudimos mostrar y explicar nuestros trabajos al auditorio.

Cuando coronas el monte Gaiás y descubres los dos edificios hasta ahora inaugurados de lo que será la CdC, comienzas a sentirte acurrucado y pequeño ante tan descomunal obra de arquitectura deconstructivista. La niebla y la lejanía – y cuando llegue el invierno, la lluvia – contribuyen a impregnar de frialdad el lugar y convertirlo en un sitio que, al menos por ahora, resulta un tanto inhóspito. La única forma de irradiar calidez – y también calidad – al complejo arquitectónico es programar, y programar bien. Ambas aportaciones, calor y profesionalidad, fueron efectivas durante los seis días que duró el encuentro. No obstante, creo que hubiera sido igualmente un éxito aunque no se celebrara en la Cidade da Cultura.

Según el diario El País, «Un total de 68 solicitantes gallegos no pudieron acceder a las becas establecidas para acceder al encuentro, ya que por razones operativas se establecieron un máximo de cien plazas, a dividir a partes iguales entre gallegos y foráneos.»[6] El carácter cerrado del acontecimiento fue criticado por Culture Workers[7] que llevaron a cabo un evento paralelo en Baleiro[8] titulado I Encontro Off de creadores novos cultura de cidade, y abierto a cualquier creador. Uno de los objetivos de la propuesta off era el de «proporcionar a los participantes y ciudadanos un lugar de acceso directo a las redes de trabajo y recursos comunes no consolidados»[9]. En cambio, el encuentro de la CdC era accesible a los participantes seleccionados y no tanto a los ciudadanos. Otro espacio cultural de la ciudad, el auditorio del Centro Galego de Arte Contemporánea (CGAC), sería un espacio idóneo: dispone de más aforo y está más próximo a un público general. Pero, de realizarse en ese lugar el evento, ya no se alcanzaría uno de los principales objetivos del encontro: demostrar que la CdC está viva.

Pocas veces los artistas novos disponemos de la posibilidad de tener un micrófono, enseñar nuestra obra y defenderla ante un auditorio; un auditorio que, en esta ocasión, sólo ocupábamos un centenar de afortunados artistas. Hubiera sido ésta una buena oportunidad para llegar a ese público que habitualmente muestra reticencia hacia nuestro trabajo debido a la falta de entendimiento. Como apunta Umberto Eco, experimentamos el placer de la obra de arte en el momento en que la racionalizamos, puesto que en las prácticas artísticas actuales el placer estético transformó su naturaleza, pasando de ser emotivo e intuitivo a tener un carácter puramente intelectual. Que el propio creador explique su obra, y el otro la entienda y la disfrute, es nutritivo y reconfortante. De todos modos, estar delante de la obra de arte in situ acostumbra ser positivo: el arte propone conocimientos resumiéndolos en una forma, y además de comprender lo que nos da a conocer, también podemos gozar de sus cualidades orgánicas en un sentido estético, porque la obra de arte es más que su propia poética.

Muchos hablan del contenedor cultural del Gaiás como una “catedral del siglo XXI”.  «¿Gasto inútil la Cidade da Cultura? ¿Acaso lo fue la Catedral?»[10] señala el propio conselleiro de Cultura. Se entienden las repetidas referencias a la Catedral y a la ciudad de Santiago, puesto que el plano de la CdC no deja de inspirarse en la estructura del casco antiguo compostelano: por un lado la ciudad, y por otro la ciudad de la cultura; aunque paradójicamente hay más cultura en la ciudad “a secas” que en la de la cultura.

Estoy totalmente de acuerdo con que «tenía que haberse pensado mejor la viabilidad de la CdC»[11]. Varios de los artistas participantes coincidíamos en que la CdC parece ser no deseada, aunque haya que quererla igual. Son sus imprudentes padres los que no se han parado a pensar en cómo alimentarla – se estima en 2,5 millones de euros el coste anual del mantenimiento[12] – o educarla. Wilfried Wang – uno de los miembros del jurado que evaluó las propuestas del concurso para la CdC[13] – votó en contra de la de su colega Peter Eisenman por considerarla «megalómana e irresponsable»[14]. Pero a quien la Cidade da Cultura debe llamar realmente papá es al que fue presidente de la Xunta desde 1990 hasta 2005: «Fraga atribuye a “un sueño” la construcción de la Cidade da Cultura»[15], titulaba El País una entrevista realizada al político en 2007, insistiendo en que «Los sueños, son sueños, y los sueños sueños son».