¿Crisis de los valores y de las virtudes? Entre cultura e imaginación moral: el caso italiano | MODESTA DI PAOLA

 

italiano

 

¿Que? ¿El gobierno no habría tenido ya que abolir, con un decreto, la prostitución y la miseria?

G. Flaubert, L’Éducation sentimentale, 1843-45.

 

En el ensayo A Room of One’Own, Virginia Woolf argumentó, con cierta provocación, que para defender su papel de mujer y de escritora tenía que aceptar la incómoda posición de silenciar los hechos reales y dar voz a la imaginación de la narrativa. Consciente de las limitaciones que la sociedad conservadora de la época imponía a las mujeres, Virginia Woolf utilizaba sus romances para narrar algunas verdades. Gracias a la narrativa, por ejemplo, nos habla en un pueblo inglés que no existe, de un «yo» femenino que ha sido expulsado de los lugares del saber. Sólo por haber chafado la hierba del inexistente college suscita indignación y consternación. “No es necesario -afirma la Woolf- que os diga que cuanto voy a describir no existe; Oxbrige es una invención, y también Fernham; «yo» es sólo un término cómodo para indicar a alguien que no existe realmente”.[1] Con la estrategia del «finjamos que…», nuestra escritora denuncia la exclusión de las mujeres de la cultura, de la formación universitaria y de la producción intelectual. Virginia Woolf ha sido para muchas mujeres el símbolo de una emancipación intelectual y humana dolorosamente conquistadas, así como el símbolo de una lucha política hecha de tinta negra en papel blanco. En uno de estos papeles, por ejemplo, formuló una regla que más allá de ser una simple elección privada es, en toda sociedad democrática de occidente, una cuestión humana y política: “si una mujer quiere escribir novelas debe tener dinero y una habitación propia.”

 

Hoy en día, después de casi un siglo, nadie descartaría una interpretación de tipo político detrás de esta afirmación. En un momento histórico en el que algunos derechos de emancipación femenina han sido alcanzados, “una habitación propia” deviene una metáfora política para la defensa de la formación escolar femenina y de la paridad de género. Ninguna sociedad democrática niega este derecho. Sin embargo, a menudo, los derechos adquiridos por el feminismo histórico siguen siendo ignorados, ofendidos, denegados y, en algunos casos, etiquetados de obsoletos. Desde una posición privilegiada y con los medios intelectuales de que dispongo –gracias, está bien recordarlo, a quién ha luchado para que yo pueda tenerlos- me gustaría reflexionar sobre algo que me preocupa particularmente. Se trata de la relación entre cultura e imaginación moral en la sociedad italiana.

 

En el país de la dolce vita, en estos últimos meses, se han debatido principalmente dos temas: la escuela pública y la condición moral de la mujer. Mientras que la Reforma de los ministros Gelmini y Tremonti ha sometido al sistema público escolar a graves recortes económicos, la moral de la mujer se ha puesto bajo inquisición por el escándalo “Rubygate”. Últimamente, de hecho, los valores civiles y morales de la mujer han sido mortificados por algunos comportamientos que podríamos definir “ilícitos” y por graves mentiras que intentan cubrirlos públicamente.

 

Hace casi un siglo, Virginia Woolf afirmó que no se puede esperar  decir la verdad cuando nos referimos al sexo: “cuando un argumento es muy controvertido –y cualquier problema relativo al sexo lo es- no puede esperarse que se diga la verdad”[2]. Añadiría que en nuestra sociedad actual decir la verdad es aún más difícil si el protagonista de estas actitudes ilícitas es el Premier de una sociedad históricamente católica.

 

Hace unos meses la Magistratura empezó a indagar hecho dignos de los mejores culebrones: las fiestas bunga bunga, las relaciones sexuales con menores de edad, las ventajas de tipo político y profesional para algunas jóvenes mujeres, etc. En este contexto se han producido en todo el territorio nacional manifestaciones de protesta en contra del gobierno, el abuso de poder y la explotación de la mujer. Parafraseando el cuento imaginario de Virginia Woolf, el horror y la indignación, esta vez, no se han producido en la cara del guardián de Oxbridge por haber chafado la hierba de un Conocimiento inaccesible para las mujeres, sino en las cara de los manifestantes de la defensa de los derechos conquistados en el pasado por nuestras predecesoras.

 

El mundo femenino italiano parece haberse dividido en dos posiciones ideológicas que tratan de forma diferente la condición de la mujer en la sociedad, sus roles sociales y sus valores morales y políticos. Sin embargo hay otra parte de ese mundo que parece considerar su estado físico altamente productivo y rentable. Su cuerpo está en venta al mejor postor, para quien esté dispuesto a darle visibilidad en televisión o en el Parlamento. Se trata de una práctica de prostitución en un sentido laxo. Un ejercicio que se ofrece bajo diversas formas, desde el acompañamiento (de las escort, por ejemplo), a la explotación de sus cuerpos en los talk shows y quiz televisivos, pasando por la agresión quirúrgica para que su imagen sea la adecuada a los medios de comunicación. Todas formas que, hoy en día, se están conviertiendo en comportamiento legales, reconocidos y aceptados por el público, que alteran los valores de la sociedad y su imaginación moral.

 

Lo que me preocupa desde hace algún tiempo no es tanto el escándalo producido por los affairs de Silvio Berlusconi (papi), sino más bien el temor de perder algo que, en mi opinión, es incluso más importante que los valores mismos, esto es, la perdida de una relación positiva entre la cultura y nuestra imaginación moral.[3]

 

Si bien es cierto que el post-modernismo, con su crisis de valores y verdades absolutas, ha traído contradicciones y complejidad, es cierto también que hoy en día nos arriesgamos a perder una relación positiva con nuestro pasado histórico e intelectual. Esto se debe al hecho de que estamos perdiendo la necesidad de proteger las obras significativas de la imaginación humana, obras que deberían ser puestas al servicio de nuestra vida moral.[4] Con cierta precaución histórica e intelectual, podríamos afirmar, de hecho, que los productos de la imaginación plasman gran parte de los valores culturales y éticos de la sociedad. La vida cultural de toda sociedad está siempre relacionada con su historia pasada, con la literatura y el arte. Es indiscutible, por tanto, que la imaginación de la sociedad, su creatividad y su percepción estética esbozan la vida misma de la comunidad.

 

A partir de estas premisas me gustaría formular una pregunta: ¿Qué pasa cuando las referencias culturales de una joven mujer ya no son las novelas de Jane Austen, A Room of One’Own de Virginia Woolf, Memorias de una Revolucionaria de Dolores Ibárruri, y son, en cambio, Uomini e donne, las veline o la biografía de la joven Concejal de la Región Lombarda Nicole Minetti?

 

Hace unos días, me encontré sonriendo al leer que el profesor Lionel Trilling tuvo algunos problemas cuando en los años setenta se propuso enseñar Jane Austen a los estudiantes de la Columbia University: al parecer fue una empresa heroica. En su artículo, Trilling defendía el papel fundamental de la “pedagogía literaria humanista”, una pedagogía destinada a facilitar la producción de la imaginación moral de una sociedad. Trilling defendía la postura según la cual las afinidades entre nosotros y los otros, aunque lejanos en época histórica y lugar (Jane Austen, por ejemplo), eran mucho más profundas que las diferencias que nos separan. De aquí que los productos imaginarios, sobretodo literarios, puedan ser puestos al servicio de nuestra vida moral. Su confianza en la función educativa de la literatura le llevó a creer que era posible acercar a los estudiantes de la Columbia a la imaginación moral de Jane Austen.[5]

 

Lo que proponía Trilling, desde dentro una institución del conocimiento, era manifestar la importancia de cultivar virtudes cívicas como la lealtad, la honestidad, la valentía, y al mismo tiempo la prudencia y la moderación, (todas virtudes y cualidades señaladas en los libros de Jane Austen). Según la filosofa Annette Baier,  defensora de la enseñanza de la filosofía moral en las Instituciones del conocimiento, las virtudes son meras actitudes mentales que ayudan a crear un sentimiento de confianza entre las personas. Como Trilling y Annette Baier otros teóricos se han centrado en la problemática de establecer una relación entre cultura e imaginación identificativa. Richard Rorty, por ejemplo, afirma que la “capacidad imaginativa” es la base para la construcción de la moral de los individuos en su comunidad. Para Rorty, en particular, la “identificación imaginativa” es lo que nos permite interesarnos en la esfera emocional de los demás y de sus destinos.

 

Mediante el desarrollo de la imaginación se produce la moral de una sociedad, es decir, la capacidad que los individuos manifiestan cuando expresan sentimientos de solidaridad y de pertenencia al grupo. Dentro de este marco teórico, según la filósofa inglesa Cora Diamond, la poesía y la literatura son las fuentes principales de la “identificación imaginativa”.[6] A partir de esta última afirmación podríamos afirmar que la producción humanística literaria nos lleva a aprender, a vivir los valores morales de nuestra sociedad, y no me refiero sólo a la producción de la literatura considerada “alta”, sino más bien a la producción general de conocimiento que implica una amplia gama de posibilidades expresivas, desde la literatura al cine, desde la música a la televisión, desde las historias orales de los abuelos a los muchos lugares comunes que pueblan nuestro conocimiento personal. Richard Hoggard lo explica muy bien en su famoso libro The Uses of Literacy, de 1959. En él Hoggard denunció la desaparición progresiva de una cultura popular genuina. Su interés se centraba sobretodo en las formas de producción cultural a gran escala, como el cine y la literatura popular, que interactuando con el sistema educativo modificaba la transmisión de los conocimientos tradicionales dentro de una comunidad.

A la luz de estas consideraciones, me alarma el importante papel que los medios de comunicación, especialmente la televisión, asumen en la sociedad italiana. Y he aquí el dilema: ¿cómo proteger a la historia social de la imaginación moral de un país como Italia, cuando por un lado se debilita su sistema escolar y universitario y por otro se manipulan despóticamente sus televisiones?

 

Con decretos y reglamentos, programas de televisión y escándalos mediáticos se tiende a borrar nuestra historia moral. Significativas me parecen las palabras que hace más de un siglo, en 1881, declaró Anna Maria Mozzoni con ocasión de la manifestación en defensa del sufragio de la mujer: “Si teméis que el sufragio de la mujer empuje el rápido carro del progreso hacia las reformas sociales, calmaos! Hay quien le pone freno dentro de la sede del Quirinal y del Vaticano, entre los Diputados y el Senado, en el púlpito y el confesionario, en el catecismo, en las escuelas y … la Democracia oportunista!”.

 

Hoy, para frenar el progreso está también la televisión basura, el carácter incompleto del sistema escolar actual, la falta de una clara defensa de las virtudes cívicas y, más importante, la ausencia de fuertes modelos culturales capaces de determinar una sana imaginación moral. Todos aspectos que deberían ser protegidos especialmente por aquellos que tienen los medios para hacerlo. Protegerlos, significaría, ser protagonistas conscientes de la historia cultural de nuestro país, apoyar con las obras y las palabras el derecho al trabajo y al espíritu de igualdad entre sexos. Significaría también, especialmente para las mujeres, tener plena posesión de una habitación propia donde ser las escritoras del destino de la imaginación moral, y donde nunca olvidar que si es malo ser excluido de la Historia, todavía es peor ser prisionero de las mentiras.

 


[1] Woolf, Virginia, Una stanza tutta per sé, Einaudi, Torino 1995, p. 7.

[2] Idem, p. 6.

[3] El antropólogo Clifford Geerts relaciona la imaginación moral con el papel que asumen la literatura y los hábitos en nuestra sociedad. Según él, además, los productos de la imaginación tienden a surgir siguiendo el modelo de nuestra vida social. Clifford Geerts, Antropología interpretativa, Il Mulino, Bologna 2006, pp. 51 a 54.

[4] Idem.

[5] El texto de Lionel Trilling se titula Why we read Jane Austen, en «Time Literary Supplement», 5 de marzo de 1976, pp. 250-252.

[6] Cora Diamond, L’immaginazione e la vita morale, Carocci, Roma 2006.