El grado cero de la diplomacia | VICTOR DA ROSA

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Hay algo más allá de lo documental en esta imagen. Es una imagen que, en el medio de la proliferación de imágenes disparadas, nos hace detenernos. Es efectivamente, no sólo por la situación (el encuentro es devastador, por si mismo) sino también por lo inusitado de la propia escena – el encuadre, las expresiones, los colores (algo que Roland Barthes llamaría tal vez multiplicación indebida de los punctuns) – es la imagen que más me impresionó – o que más me exigió, por la fuerza, fijar los ojos y mirar – en los últimos días.

Se trata, dice la leyenda, de un encuentro entre Berlusconi, Barack Obama y su esposa, Michelle Obama – encuentro que ocurre algún tiempo después de que Berlusconi hubiera dicho que Obama es “joven, guapo y bronceado”,. Curiosamente, en la imagen – y toda la farsa se inicia entonces – Berlusconi es el único que está confortable, escenificandose a si mismo con rara precisión naturalista; o falsa precisión naturalista, pues la naturaleza ya está aquí fuera del juego. Michelle también intenta escenificar, pero no sabe: su postura se localiza en un hiato abisal entre naturalidad y constreñimiento – le falta cinismo. Obama, entonces – por primera vez después de tanta exposición, si no me equivoco – pierde la postura del mayor presidente del mundo (es decir, la posición encomendada por todos) para tornarse humano otra vez, demasiado humano: la expresión de su rostro apenas explicita una leve tensión de su cuerpo, rígido, inmóvil; corre la sangre por sus venas. ¿Qué piensan al final los personajes de este pequeño teatro?

Nos quedamos en la superficie. A pesar de todas las diferencias posibles, hay algo que une Obama y Berlusconi, algo que está más allá de la similitud de sus trajes – es posible notar, por otro lado, que la corbata con puntitos de Berlusconi es levemente más extravagante que la lisura discretísima de la corbata de Obama. Michelle otra vez es el hiato entre las dos figuras, una especie de guión, un cuerpo solicitado o impelido por fuerzas opuestas – su vestido blanco, su collar y principalmente el gesto de dar la mano al villano, probablemente un gesto que quiere indicar el comienzo provisorio de una improbable cordialidad, ofrecen un contraste poderoso a todo el azul masculino, curiosamente reiterado por el sobre-tono del fondo (figura y fondo, así, forman una casualísima – ¿o nada aleatoria? – composición). Parece un ensayo; no lo es.

Es Berlusconi, sin embargo, a mí manera de ver, el gran personaje de esta foto. Es en torno a él que todas las miradas se concentran. El ojo que ve esta imagen es el propio ojo del mundo, el Gran Ojo que está en todos los lugares – situación poco común para los grandes encuentros entre líderes modernos, por ejemplo, cuando internet aún no existía. Miramos la foto y, dentro de un instante, de inmediato, somos conducidos a la figura de Berlusconi a través de los mismos ojos de Obama y Michelle (especie de miras, bélicas, potentes) – dos miradas que, en cualquier manera, mimetizan dos modos posibles de mirar a Berlusconi, entre otros: el asco o el constreñimiento mismo (hay quien aún consigue mirar con alguna gracia, como si Berlusconi fuese un tío bonachón). La pose de Berlusconi al final atrae hacia si todas las contradicciones, volviendo Obama y Michelle – más aún Obama, ya que el presidente americano no es percibido ni en la superficie de aquella ficción – apenas personajes secundarios en la escena.

De hecho, Berlusconi tiene los ojos fijos en Michelle Obama. La línea de su mirada es perversa y es poderosa y atraviesa todo el cuadro. Berlusconi no mira para el rostro de Michelle – ¿quién dice que no la mira a los ojos? – sino para bajo. Michelle le da la mano – ¿no hay algo de masculino en su gesto? – pero Berlusconi, al abrir los brazos, expresando algo como una falsa familiaridad, parece querer ponerla en una posición incómoda de puro objeto. Después, apenas captamos la sonrisa de Michelle de manera muy parcial – el ángulo no nos permite mirar su boca ni tampoco sus ojos, sino apenas algunos trazos de su perfil, lo que nos impide captar posibles matices de su expresión. Lo que piensa Berlusconi en este momento es al mismo tiempo, pero no sin paradoja, explícito y secreto. Es lo que al final nos dice Didi-Huberman sobre la imagen: somos invadidos por una sensación paradójica de contemplación y rechazo. La imagen del encuentro es simplemente una proliferación incontrolable de cosas no dichas. Berlusconi nos mira.

De cualquier modo, y es eso tal vez lo más importante, en el próximo instante, cualquier cosa puede pasar allí. Hay algo que no cesa de moverse en la imagen. Al final, la habilidad del fotógrafo,– o su suerte, poco importa – está en captar un momento de absoluto límite o del absurdo. El instante que promete el pasaje de la cultura a la barbarie es solamente uno – y la expectativa se contorsiona inquieta justo delante de nuestros ojos. De cualquier modo, hay un hilo muy fino que aún mantiene el orden (casi) intacto: suspenso, vacío – tal vez justamente “la diplomacia internacional / la buena vecindad / y tantas otras”, diría Tom Zé. Tantas otras.