José Luis Brea. Presencia y materia | RAFAEL PINILLA

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Se fue José Luis Brea. Su compromiso radical con el conocimiento -y por eso, claro está, con la vida- ha sido un ejemplo para los que intentamos especular sobre arte y acabamos enredándonos con la teoría. Seguramente su profunda habla esté aún por valorarse en un panorama que se aviene demasiado fácilmente con posicionamientos previsibles; su insobornable actitud frente a un stablishment que se escuda en la retórica del discurso crítico fue una lección de lo que la vieja filosofía (con perdón) debería ser. Pero aunque pueda resultar apócrifo, para los que tuvimos la oportunidad de conocerle lo de menos fue su incuestionable legado teórico; porque José Luis fue ante todo una bella persona, alguien con quien uno se olvidaba de protocolos académicos para congeniar con la empatía -el amor- que transmitía en el trato próximo. Y es por eso por lo que uno no puede sino sentir una tristeza enorme. Una tristeza que no podrá paliar la generosa presencia de sus ideas.

A pesar de ello, seguramente el mejor homenaje que desde aquí se le puede hacer sea ese; dar protagonismo a la presencia de sus ideas. Su último artículo publicado en salonKritik pocos días después de su muerte -Mineralidad absoluta. El cristal se venga- es una brillante muestra de una reflexión comprometida contra toda nihilización. Aquí no hay angustia existencial ni nada que se le parezca; porque como la física moderna sabe esa nada absoluta no existe. Materia. Mineralidad absoluta. Entonces si que no estaría demás decir: hasta siempre José Luis.

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Mineralidad absoluta. El cristal se venga | JOSÉ LUIS BREA

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El cristal ríe -decía Smithson.

 

Hay toda una lógica de la producción de estructuras dinámicas que tiene en contradecir su destino aparente -en la entropía, en el devenir carente de la capacidad de obrar- su gracia. Es cierto que podemos considerar ese comportamiento avieso, contradestinal, una jugada humorística.

Acaso sobre todo en el sentido humoral: como un tender a lo líquido -también para la física del estado sólido, del -incluso diríamos- el más sólido de los estados posibles. Pongamos que se trata sobre todo de un aflojamiento de las estructuras, que hacen que todo lo que parece tender máximamente a la estabilidad, la homeostasis, la auto-contención de todo juego de fugas y derivas -conoce a la postre dinámicas de erosión o transformación interna, estructural, que lo liberan de una forma de ser que no tendría gran diferencia en su modo del no estar siendo -no devenir, no ser su propio juego del diferir de sí, ya en cuanto al tiempo, ya en su molecularidad más propia e insistente- con la más perfecta e implacable nada.

Lo que me gusta de ese experimento interior al que incluso lo más crudo y rancio de lo que es, lo mineralógico si se quiere de una materialidad absoluta, … piensa al hacerlo -derivar, estar, fluir también. En efecto, en ese movimiento en que todo crece -¿quién puede observarlo?, decía Nietzsche- todo piensa, todo conoce, todo es conocimiento y productividad de sentido…

O pensar, quiero decir, es también esa movilidad imprevista de lo que tendería a depotenciarse hasta el absoluto, hasta el cero de la nada de pensamiento, estupidez profunda y misteriosa de lo imponderable, negra noche de un agujero oscuro en el centro de la materia.

Pero no: incluso en ese núcleo se aborta luz, chispas sinápticas que incurren en direcciones evolutivas imprevisibles -y cada una de ellas diferencia un sentido. Incluso allí -vive la negentropía, canto daliniano de la catástrofe matemática de lo material como territorio de afloramiento de un logiciel -de una presintaxis- en la propia arquitectura formal del hard, de la materialidad rala y mera -de cristal o figura relacional cualfuera, red de puntos interconectados.

Me interesa decir que ésa es la sede más extraña de un inconsciente -que también nos interpela, que también es nuestro: que también porta en sus arquitecturas -pongamos el sistema de los objetos- el testimonio y el arañazo del sentido: del querer decir que -como la trackleana cuchillada de fuego- también atraviesa y desgarra a todo aquello que en apariencia es mudo e insensible…

No sólo -entonces- un ics que nos retrotajera hacia animalidad perdida -qué innecesario salvarnos de la bestia dentro: qué escolástico y venial-, sino éste que nos trae mineralidad olvidada. Hay un ics funcionando en nuestro cuerpo sin órganos, sí, que juega la potencia de discurso de lo puro mineral, de lo material absoluto. Y él no sólo dice un saber del ser telúrico y contracenital -ese saber, el más mistérico, que responde a la pregunta primera por excelencia: por qué el ser y no más bien la nada- sino que porta al mismo tiempo la sabiduría de toda época, tal y como ella se transfiere, por la vía de la producción técnica, desde el funambulismo capcioso del juego del pensamiento -a las arquitecturas consteladas concretas en su frugalidad perecedera, asiento fugacísimo de los gestos que trasponen el pensamiento desde la territorialidad de lo psíquico desgajado de mundo… a lo puramente mundo, colonia de la tierra.

Y es un inconsciente que, en efecto, y a diferencia del animal (fundamentalmente reproductivo), es productivo. Fundamentalmente ríe, asentado en los objetos, en las materias producidas: juega siempre con el porvenir y nunca con la nostalgia rememorativa de ser lo que ya hubo sido, retenido en la pasión de su permanencia (instinto de conservación, lo llamarían)… Pero este ics sólo enuncia el sentido hacia delante: es inventivo, es acaso un inconsciente político, porque sólo siente la nostalgia de lo que no hay. Es pensamiento técnico, es la forma en que lo técnico… es fundamentalmente pensamiento, obraduría de concepto.

Ningún pensamiento que no escuche ese sonar de las cosas, ese decir el sentido que cobra cada articulación del sistema de los objetos como escenario de pregnancia del sentido, de aterrizamiento en materia de la fuerza de los conceptos, sería para siempre ciego a su propia elucidación -por perder el escenario de plasmación efectiva por excelencia de lo que se piensa, se quiere, se desea o se simboliza … en el registro en el que todo ello, cobra cuerpo. Materia. Mineralidad absoluta.