Practica artística mediatizada: nuevas formas de relaciones con la realidad | DANIEL GASOL


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¿De qué manera podemos relacionarnos con la realidad cuando la información, con la que parece que “debemos” comprender el mundo, procede de canales transformados mediáticamente, y que construyen prismas con los que observar una realidad adyacente a políticas Neoliberalistas?

Para hablar de las practicas artísticas actuales, o aquello a lo que llamamos Arte contemporáneo, hemos de tener en cuenta una serie de factores que construyen el imaginario colectivo sobre la propia percepción de Arte, y la raíz que implementa las formas de generar imágenes mentales entorno a un concepto convertido socialmente, en un adjetivo que denota unas connotaciones, condicionantes y estados determinados.

Tomar en cuenta los factores externos que conforman la practica del Arte que se realiza en la actualidad, supone enfrentarse a una serie de nociones sobre como se comprende la realidad, como se construye cada contexto desde perspectivas que parten de la practica política local hasta los acontecimientos globales, sobre la identidad colectiva que da visibilidad a diversos síntomas que demuestran actitudes y que crean escenografías que difuminan la realidad de la ficción. Esta serie de cuestiones, nos llevan a plantear un dilema conciso ante un universo visual que determina nuestra mirada: ¿Por qué somos lo que somos?

Ante esta cuestión, cabe apuntar la evidencia demostrada de manera cotidiana ante informaciones que generan confusión social sobre los fenómenos de realidad y ficción: noticias falsas, informaciones histriónicas o exageración de una realidad determinada para hacerla mas comercializable. El volumen de audiencia manda, y cuanta más cantidad de espectadores sean conocedoras de un tipo de información procedente de una misma fuente, mejor.

No obstante el fenómeno no es nuevo…la noción de engaño viene dada desde la propia “civilización” del ser humano, (entendiendo aquí “civilización” desde un prisma historicista de ficción, ya que personalmente, cuestiono tal inicio. Primero porque si la noción de civilización se plantea como el principio del tiempo “humano”, cabria definir que consideramos humano, y segundo porque civilización implica civilizado desde la adjetivación de la misma palabra y evidentemente, civilizados no significa aquello a lo que llamamos “modales”…), donde hemos asimilado la idea de “poder”, como una “cualidad” necesaria y útil de la que renegamos. La aceptación es la lógica usada, la resignación es la actitud demostrada como supuesto símbolo civilizador….

La practica artística ha ahondado en la cuestión, realizando trabajos que demuestran empíricamente, no solo la noción de engaño, algo que no requiere de demostraciones, ya que todos hemos sufrido el engaño y provocado también, sino que manifiestan cuan de fácil es filtrar una información no contrastada en un medio de carácter nacional hipotéticamente veraz, demostrando que el contenido, mientras sea comercializable, como ya hemos comentado, es digno de ser distribuido. Estos trabajos, que podemos ubicar cerca del Activismo como practica cultural, se comprometen ética y socialmente, con el mundo contemporáneo, con la finalidad de dotar de visibilidad a las herramientas de poder, con el objetivo de ponerlas en la palestra, cuestionándolas y apuntándolas desde el estado crítico como una actitud que pretende esclarecer elementos que construyen nuestra realidad. Esta condición de producción basada en la ética como fuente vital de práctica, se populariza con la visibilización Institucional de grupos como Addbusters o The Yes Men, siendo estos últimos, un icono activista que cuenta con el apoyo de centenares de seguidores.

El engaño, es pues, la forma de construir una mirada, creer como verdad una ilusión, una concepción concreta sobre el mundo y nuestras relaciones con el mismo. Debemos apuntar, que la idea de “engaño”, puede entenderse aquí, como elemento que transversa una supuesta objetividad. Sin embargo, con tal afirmación, podemos percibir que el engaño social, puede solucionarse estableciendo unas normas para los canales con los que nos “informamos”, obligando a que se cumplan rigurosamente, con unos criterios objetivos y éticos. Pero seria demasiado fácil, y temo que la cuestión, es mas compleja, ambigua, y por supuesto, lejos de poder establecer una normativa legal frente a los canales comunicativos contemporáneos.

La dirección que toma la cuestión entorno al “engaño” de la “realidad”, nos lleva directamente a repensar en la noción de objetividad y subjetividad, anteponiendo las directrices que las definen y que se conectan de forma directa, con la idea de realidad y ficción. Haciendo un ejercicio estilístico en forma y contenido, la realidad y la objetividad se unen tal cual ficción y subjetividad se complementan. No obstante, con el acto de pervertir la ficción y la realidad, e inducir a que se confundan en sí mismas, hemos de tratar el tema desde la idea de legitimidad como sinónimo de objetivo, y como resultado de realidad, y la ilegitimidad como sinónimo de subjetivo y, por tanto de ficción.

Tratamos el tema de la legitimidad e ilegitimidad como una directriz simbólica de la realidad y la ficción (recordando tales nociones como una forma de objetividad y subjetividad). Ya que la objetividad pertenece al sector de lo empírico, demostrable, de una verdad absoluta y científica (como sinónimo de realidad absoluta) y es aquello en lo que podemos confiar, y por tanto, ya que ha sido demostrado, es legitimo en sí mismo como acto y como ejercicio de confianza.

Valorando la concepción del autor o artista, como sujeto que pretende construir mediante su labor, o si mas no, esclarecer cuestiones ante objetividad y subjetividad, hemos de tener en cuenta ciertos factores que implementan en la práctica artística, su naturaleza, forma y postura.
Hablamos en este caso, de la idea de legitimidad y ilegitimidad en la propia practica artística (si es que existe o debería existir…), que usa lógicas Neoliberalistas como forma de realizar su práctica en sí mismas: “El arte debe exponerse, el arte debe mostrarse, el lenguaje contemporáneo debe ser usado”… Dado” que la dirección del texto, contempla afirmaciones de un calibre generalizador, hemos de esclarecer, que la practica artística de la que hablamos aquí, es una forma concreta de creación a la que llamaremos “Arte contemporáneo”, con la finalidad de separarla de otras nociones creativas mas cercanas al “humanismo” y la necesidad de quehacer innato sobre la representación (en este caso exponemos que la idea de Arte se dilata en la actualidad, entre otras razones por el uso democratizado del término).

No obstante, ¿qué ocurre cuando la práctica artística que debe formar parte de la cotidianidad en su mecanismo intrínseco conceptual, es trasladado a un contexto Institucionalizador para ser “expuesto” de forma casi zoológica? ¿Es que deberíamos reconocer el Arte (también) fuera de las Instituciones culturales? ¿Hemos enmarcado el reconocimiento de la mirada en marcos que legitiman la definición del interior? ¿Se ha convertido el museo, para este tipo de prácticas, en un archivo que desarticula la pieza mediante su legitimidad? ¿Se ha mediatizado el Arte llamado de los “Nuevos Medios”, convirtiéndose en una mera “broma” (como un artista a modo de niño malo inocente) que ha de pasar por un filtro institucional para ser corroborado como pieza artística?

La idea de mediatización social que queremos analizar en éste punto, se configura desde un ámbito de relaciones, un rizoma que permite, y requiere, de sujetos que producen conceptos y producen explicaciones en forma de Arte, y que se acepta como algo dado y cotidiano. No nos resulta extraño que un artista nos hable desde un canal Institucional, en el que casi nunca cuestionamos su contenido. Lo que nos resultaría extraño es que un artista que ha comulgado Institucionalmente, de repente, se aparte de un círculo social del ámbito artístico, y decida pintar marinas en el Empurdà. Originalmente, el artista seguiría siendo el mismo, y aunque su trabajo siguiera siendo el mismo, el ejercicio de socialización anularía su quehacer creativo, porque no se insertaría en la vorágine de relaciones que permiten construir al artista como tal.

Evidentemente, ésta sólo es una hipótesis, ya que no podemos comprobar mediante un método científico cuestiones de índole social. Sin embargo, podemos poner como caso de estudio algunos artistas que han estado presentes en varios ámbitos Institucionales y, agotados éstos, han quedado relegados en otro círculo menor que no les da visibilidad.

El significado social de la mediatización, se forma en el campo de construcción de significados mediante el fenómeno de la visualidad social. Yolanda Ramos menciona en “Televisión, valores y adolescencia” (Montero, 2006) que la capacidad de socialización de los contenidos mediáticos se magnifica cuanto menor sea la experiencia directa. La idea de “profesionalización” de los artistas, se lleva a cabo desde unas directrices que convierten al sujeto creativo en un personaje de adaptación del contexto donde se construye como profesional creativo. Desde éste prisma, el artista deviene un sujeto que requiere una lucha para configurarse como artista, lucha como sinónimo de competición, ya que si una cosa nos ha aportado la popularización de los medios, es el

tener al alcance de la mano, información constante solapada, como dice Manel Castells (Castells, 2006): debemos destacar del resto para hacernos ver, de la misma forma que lo hace una marca, la experiencia profesional de los artistas emergentes en el campo profesional del Arte (si es que podemos considerar un verdadero campo profesional de Arte) también debe destacar del resto. Ésta idea, la relata muy bien Robert Hughes, en el documental producido por la BBC (A) “El impacto de lo nuevo: 25 años después” (Hughes, 2000): “-Hoy lo nuevo en el arte no parece importar mucho porque es lo esperado”. Si entendemos el ámbito artístico desde una perspectiva laboral, hemos de relacionar éste con una cuestión monetaria, la idea de profesional como alguien que puede vivir de su trabajo con todo lo que comporta), puede introducirse con elementos de “prácticas” vigentes en varias convocatorias de Arte, montar una exposición, organizar fechas, eventos, la colaboración con un comisario, la construcción de un discurso, el insertar éste discurso en un campo social, la adecuación del contenido en un contexto, la difusión del contenido para repensar el mapa artístico, la figura del propio artista como legitimador… No obstante, éste tipo de prácticas, que resultan de índoles variadas, desembarcan en un mismo punto: el dar a conocer una labor creativa, por tanto la idea de difusión.

La generación mediática, y por tanto mediatizada a partir de lógicas de difusión que usan herramientas propias de los medios como la idea de difundir el trabajo para convertirse en artista como tal, ha hecho que exista una construcción del realismo, así como una forma de percibir y relacionarse con el mismo, propia de un espectáculo televisivo. No sólo los personajes de éste espectáculo perciben una noción de realismo en el campo del Arte, propio de un género mediatizado, sino que la audiencia, aquellos que posteriormente se convertirán en los sucesores de los protagonistas, relatarán la realidad desde esa propia perspectiva, como es el caso de los artistas emergentes, hijos de unas directrices que codifican nociones de realidad, usando relaciones “lógicas” sobre como producir Arte y para convertirse en artistas. No obstante, el fenómeno de la dependencia mediática configurada a través de una red “publicitaria”, se hace más palpable dentro de “profesiones” que requieren de un elemento público o de audiencia para ser consagrados en mayor en menor medida, entre otras formas de mediatización, la relación interpersonal entre los sujetos del grupo. En realidad, la forma de relacionarse entre estos sujetos, que también los configura como tales, ejecuten un papel jurídico-Institucional que reproduce una ideología dominante, cuyos instrumentos eficaces, lo constituyen desde medios de comunicación de masas, reproduciendo una forma de observar la realidad imitable desde una perspectiva dominante, jerarquizando conceptos y formulas propias de comprender el contexto, cercanas al Neoliberalismo, y por tanto, cercanas al concepto de (Neo)realidad del sujeto contemporáneo.

Sin embargo, cabe destacar el valor de asimilación del lenguaje en las practicas artísticas atribuidas a partir de la popularización de los “Nuevos Medios”, que mediante interfaces construidos que requieren de lectura, y por tanto, del aprendizaje de lectura de los mismos. Por tanto, podemos considerar que la brecha generacional para las practicas artísticas vinculadas a los Nuevos Medios, es más que evidente, ya no solo en la lectura, sino en su elaboración como elemento artístico de nuevo orden, fuera de un circuito hegemónico que valida la práctica mediante canonizaciones en forma de inauguración o comisariados que aun más si cabe, dislocan el significado, el lenguaje y su naturaleza original. Cabe mencionar, además que la mecánica que construye el Arte en Arte, a través de la mediatización como elemento que hace reconocer que en un Museo “hay Arte”, no sólo configura la lectura del Arte de los Nuevos Medios como prácticas culturales vinculadas a generaciones determinadas, sino que esas generaciones (que desde la Institución, parecen ir a su “libre albedrio”) han de adaptarse a postular su creación como un valor global que ha de desarrollarse desde el espacio adecuado.

No obstante, ¿por qué no hemos de poder ver Arte en aquel sitio donde no esperamos ver Arte? ¿Por qué el desarrollo del marco en un contexto global ha de ser hegemónico y legitimador desde discursos académicos que corroboran una obra en su lugar adecuado de preservación? ¿Por qué hemos de momificar continuamente el Arte, en pro de conservar los registros, literalmente “matándolo”, y por tanto, que deje de ser peligroso para el resto de obras que se conservan en la Institución? ¿Es que no podemos ver, por ejemplo, video Arte en una televisión delante de un sofá, o net.art desde nuestros ordenadores?

No obtenemos la misma experiencia como espectadores, ya que la Institución, ese ente que mediatiza al visitante con su carga simbólica que se ha apoderado del saber y el conocimiento, de la misma forma que una catedral, constata la existencia de la Cultura como un elemento que ha de ser demostrable, canonizado, beatificado y conservado.

Bibliografía

GUERRA, Carles. Ideas recibidas, un vocabulario para la cultura artística contemporánea. Barcelona: MACBA, 2010.

O’DOHERTY, Brian. Inside the White Cube. The ideology of the gallery space. Lapis Press: San Francisco & First Univeristy of California, 1976.

WEBER, Max. Estructuras de Poder. México: Ediciones Coyoacán. Sociologí
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