Monumento al caminante. Sobre el jardín y el deseo de atravesar el paisaje | ISMAEL TEIRA

 

 

Monumento al caminante es un proyecto de intervención conmemorativa en el espacio público del antiguo lecho del río Turia de Valencia, reconvertido en parque en 1986. En este jardín metropolitano existen una serie de caminos marcados, al lado de los cuales han surgido de forma espontánea otros itinerarios alternativos producidos por los caminantes que optan por hollar la hierba antes que transitar por el albero. Este tipo de senderos no prediseñados se denominan caminos del deseo, que unas veces son atajos basados en crear una ruta eficiente y otras, como en este caso, se destinan al trayecto placentero. Se concibe como “Monumento al caminante” la acción y el efecto de regenerar el césped de estos caminos del deseo en Valencia, interrumpiendo la senda para recrear un terreno donde volver a caminar y previsiblemente erosionar de nuevo otro camino. Uno de los conflictos principales es la ausencia total de escala monumental, dado que la intervención estaría prácticamente a ras de suelo y el material empleado no es ni piedra ni bronce, sino césped, que se confunde completamente con el entorno. Esto provoca que el monumento pase desapercibido y sólo se aprecie al caminar cerca de él o, incluso mejor, sobre él, destruyéndolo y generando otra vez el camino. El monumento se convierte entonces en una acción de escala humana ya que previsiblemente lo que ocurrirá es que aún antes habiendo borrado todo rastro del trayecto, el camino vuelva a aparecer tarde o temprano. Tilted Arc de Richard Serra, levantado en 1981 en Nueva York, condicionó el espacio y también los recorridos habituales, y Monumento al caminante está también motivado, como no, por el acto de caminar.
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Retrocediendo históricamente, Valencia ha sufrido importantes riadas documentadas desde el siglo XIV. Para evitar grandes daños, se reencauzó el río tras la gran riada de 1957, liberando una gran superficie que cruzaba la ciudad. Aunque inicialmente se planteó construir una autopista allí, finalmente se convirtió en parque, en parte gracias a las presiones vecinales agrupadas bajo el lema “El llit del Túria és nostre i el volem verd” [El lecho del Turia es nuestro y lo queremos verde]. Monumento al Caminante se articula desde la dualidad construcción-destrucción/reconstrucción (jardín-camino/monumento), a lo largo de tres fases: la siembra de césped; la posterior erosión y trazado espontáneo de un camino del deseo; y la interpretación de este nuevo camino como una especie de “auto-monumento” del caminante a sí mismo.

De algún modo, el fin de la propuesta era el de recuperar de forma poética y simbólica el paisaje primitivo del parque, como homenaje a la mirada del primer urbanita que decidió salirse del camino marcado y pasear campo a través. El proyecto, finalmente, no llegó a ejecutarse pero, en cambio, sí llegó a materializarse per se. El desencadenante de esta situación es la reciente construcción del circuito “5K Jardí del Turia”, un carril específico para la práctica del running en el entorno del que venimos hablando. Esta pista, cuyo pavimento ha sido avalado por el Instituto de Biomécania de Valencia (IBV), forma parte de un proyecto más amplio titulado “Valencia ciudad del running”, promovido por la Fundación Trinidad Alfonso, que incluye un agitadísimo calendario de carreras en la línea de la obsesión internacional por correr y competir, quizás motivada por la aparente economía de medios necesaria para practicar este deporte en el contexto de la crisis, y el afán de superación. Frédéric Gros es enormemente crítico con esta cansina moda: “Andar no es un deporte […] El deporte da pie a inmensas ceremonias mediáticas a las que afluyen los consumidores de marcas y de imágenes. El dinero lo invade para empobrecerse las almas, y la medicina para construir cuerpos artificiales”[1]. Parece oportuno recordar en este momento al sociólogo inglés T.H. Marshall, que decía que cuando mucha gente corre simultáneamente en la misma dirección, hay que formular dos preguntas: detrás de qué corren y, de qué huyen.

Lo cierto es que el trazado del Circuito 5K provocó la desaparición de varios caminos del deseo en 2015, a lo largo de los cuales el Ayuntamiento de Valencia volvió a sembrar hierba, del mismo modo en que se había previsto en el proyecto de Monumento al caminante, para recuperar así, también, la visión del jardín primitivo. Como se puede apreciar en el GIF, actualmente ya aflora, de nuevo, otro tímido y delgado sendero del deseo. Hay autores que denominan a este fenómeno como desire line, social trail o, en menor medida, goat track [camino de cabras] o bootleg trail [camino pirata], y raramente olifantenpad [literalmente, camino de elefante], ya que los paquidermos poseen la peculiaridad de seguir en manada el mismo camino, el mejor posible.
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No hay que pasar por alto que el Monumento al caminante está pensado para el valenciano Jardín del Turia, un trozo limitado de Naturaleza introducida en la ciudad para su uso público. Según Enric Batlle, “la nueva relación que se estableció entre la ciudad y sus parques se concretó en los límites y los recorridos, los primeros como expresión de las interacciones que se producían entre el parque y su periferia urbana, los segundos como elementos que permitían una correcta experiencia del lugar”[2], y ejemplifica esto con el Central Park neoyorquino, un proyecto de Frederick Law Olmsted y Clavert Vaux inaugurado en 1873. Tanto este parque como el del Turia se encuentran en medio de la ciudad, aunque existen diferencias en lo relativo a la organización de sus recorridos

Central Park está efectivamente diseñado en base a los parámetros del jardín paisajista, organizando y separando cada uno de los recorridos en relación a su destino. En el Parque Metropolitano del Turia no sucede esto, y la única diferenciación específica es para el carril bici y el Circuito 5K. Por ello, en busca de experimentar sensaciones visuales y emotivas, el caminante ha dispuesto agrestes caminos del deseo rodeados de paisaje.

Respecto a la capacidad simbólica del jardín, existen dos tipos antagónicos que predominan: el jardín francés, y el jardín inglés. Para Alexander Pope, el jardín francés, sometido a las reglas, obedece a “una nación nacida para servir”, opuesto al jardín inglés, que toma imágenes representadas en los cuadros de paisajes y que se corresponde con los ideales emanados de la “revolución gloriosa” de 1688, que instituyó la monarquía constitucional, defendida por el Country Party, impulsor a su vez de esta tipología de jardín. Actualmente suele emplearse con demasiada comodidad el término jardín para referirse, en realidad, a las denominadas zonas ajardinadas o verdes, que son en realidad “reducciones de lo natural complejo y diverso a los estereotipos que resultan más convenientes según el discurso que se quiere plantear”[3], en palabras de José Albelda, que considera que esto supone la defunción definitiva de la necesidad de peregrinar en busca de lo salvaje, algo que tanto defendía Henri Thoreau.

El jardín del Turia es un escenario para la representación de la Naturaleza en la ciudad, un oasis en el que encontrar la felicidad que constituye, como diría Enric Batlle “el exponente más claro del espíritu popular que asocia la imagen de los paisajes deseados con el espacio público […] que hará comprensible la nueva forma de la ciudad metropolitana, quizá la ciudad sostenible buscada, una versión posibilista del paraíso perdido”[4]. No se puede dejar en el tintero la idea atribuida al Paraíso como un lugar sin topos que sólo existe en el territorio de la fantasía como lugar de felicidad eterna; un jardín del Edén como lugar ideal. Algunos autores[5] han señalado la relación entre el término griego kepos, jardín, y el sexo femenino, entendiendo al jardín como útero de la Naturaleza, metáfora de la Madre Tierra como primera morada del hombre en cuanto a especie. En este sentido, el jardín supone una morada en la que el hombre se vuelve racional demostrando su inteligencia al someter a la Naturaleza a su dominio.
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Como vemos, en el jardín conviven dos espacios: el real y el simbólico; uno marcado por las contingencias del mundo físico, y el otro dominado por el deseo. El lugar físico, real, es una porción de terreno; pero el simbólico va mucho más allá y esta dominado por el mito, tal como explica Javier Maderuelo en un texto titulado Habitar el jardín[6]. El jardín del Turia es un lugar artificial, domesticado, limitado y, en cierto modo, también seguro y cerrado. La relación entre el jardín y el bienestar personal se puede rastrear a lo largo de toda la historia del fenómeno, aunque en origen la felicidad que se encontraba en ellos no era colectiva, sino exclusivamente reservada a una élite que la conseguía aislándose. El cerramiento ha sido siempre una de las características esenciales del jardín, sea a través de un muro, un ha-ha o el hundimiento tan particular del Jardín del Turia.

Los romanos no consiguieron dejarnos el vocablo paisaje, pero si la locución loca amoena, traducible literalmente como “lugares agradables”, y empleada para referirse a aquellos espacios adecuados para situar escenas de carácter amoroso sin tener que recurrir a minuciosas descripciones que podrían distraer. El locus amoenus tuvo un gran protagonismo durante el Renacimiento, empleado para designar las cualidades de un lugar hermoso por su vegetación, constituida por elementos naturales como árboles, plantas o agua. ¿No es acaso este modelo muy similar al del Jardín del Turia? Efectivamente lo es, salvo por dos detalles fundamentales: no está apartado de las miradas curiosas, ni es un lugar completamente seguro. Según Maderuelo, “el locus amoenus romano se teñirá en el Renacimiento con la idea judeo-cristiana del Paraíso Terrenal […] pero la naturaleza, es decir, los lugares no dominados por el hombre […] eran más temidos que deseados, por lo que la naturalidad de los loca amoena debía ser domesticada y aislada de los intrusos para que pudiera ser agradable y, sobre todo, segura”[7]. Segura respecto a lo de fuera, como en un hortus conclusus – si nos remitimos a la tradición medieval – que sirve de refugio frente al locus horridus, encarnado en lugares peligrosos y hostiles para el caminante como la estresante metrópolis que representa el lugar que en otro tiempo ocupaban las inmensas montañas o las oscuras selvas.

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Notas

[1] GROS, Frédéric (2014). Andar, una filosofía. Madrid: Taurus, p. 9.

[2] BATLLE, Enric (2011). El jardín de la metrópoli. Del paisaje romántico al espacio libre para una ciudad sostenible. Barcelona: Gustavo Gili, p. 30.

[3] ALBELDA & SABORIT (1997). La construcción de la naturaleza. Valencia: Generalitat Valenciana, p. 149.

[4] BATLLE (2011), op. cit., pp.14 y 24.

[5] Como Massimo Venturi Ferriolo, citado por Javier Maderuelo en El jardín como arte. Huesca: arte y naturaleza. Actas del III Curso. Huesca: Diputación de Huesca, p. 89.

[6] MADERUELO, Javier (1997). El jardín como arte. Huesca: arte y naturaleza. Actas del III Curso. Huesca: Diputación de Huesca, p. 103.

[7] MADERUELO, Javier (2005). El paisaje. Génesis de un concepto. Madrid: Abada Editores, 175.