TOROBAKA: una explosión de ritmos y gestos* |CLÁUDIA G. VILAROUCA y DANIELA MARTORANO

El espectáculo TOROBAKA surge de la asociación entre dos artistas singulares, oriundos de países distintos y que, aunque no hablan el mismo idioma tienen un lenguaje común: la danza. Israel Galván, bailaor sevillano, se expresa a través del flamenco y Akram Khan, bailarín y coreógrafo británico, tiene su base en el Kathak, danza clásica hindú; ambos son reconocidos por sus innovaciones y lenguaje propios. En TOROBAKA el territorio de comunicación entre ellos es profuso, empezando justamente por la forma de incorporar la tradición y llevarla a otro extremo. Las inquietudes artísticas y el carácter interdisciplinario de ambos posibilitan esta asociación, donde las múltiples formas de expresión provenientes de sus desarrollos personales resultan en la disolución de las fronteras geográficas y artísticas. Si aceptamos lo que dice Israel Galván, que es un espectáculo un poco caótico, lo que pudimos ver en Torobaka no era un desorden o una confusión de elementos, sino muchas mezclas, muy bien ordenadas, que resultaron felices.

Desde luego, las colaboraciones, tanto en el ámbito de la propia danza como en el de las artes visuales, son otro punto común. Galván cuenta con la dirección artística de Pedro G. Romero, que desempeña un papel excepcional en la mayoría de sus espectáculos. Akram Khan ha colaborado con grandes figuras como el artista plástico hindú Anish Kapoor, el compositor Nitin Sawhney y la actriz Juliete Binoche.

Por ello, en Torobaka, las relaciones se establecen entre la danza y el universo artístico y musical – bajo una óptica cultural y técnica por un lado, y poética y subjetiva por otro – implicando la creación de un nuevo lenguaje, donde músicos y bailarines pueden comunicarse en total libertad. La voz tiene un papel importante: la voz que quiere salir y no sale, o que sale sin control; la voz que se intenta callar, la voz que acompaña los gestos, la voz que se dirige al otro, el cante, el grito, los murmullos. La voz es un fin. Todos tienen voz y por su medio todos se ponen en conexión.

Sin embargo, lo que más destaca son las zonas de tensión y complementación que juegan en el escenario – una arena dibujada con luz – donde el desafío parece ser el de crear una simbiosis entre estilos que simultáneamente se entrelazan y se contradicen. El sigiloso kathak y el exaltado flamenco, representando oriente y occidente, se unen a través del ritmo.

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La potencia del flamenco parece muchas veces imponerse a la sutileza del kathak, que utiliza sus gestos y expresiones faciales para contar historias, pero luego, la riqueza de ritmos y señas que contiene surge con una fuerza increíble y todo cambia. Los sonidos, las palabras inventadas, los ritmos producidos con el cuerpo son como el origen del lenguaje, “lo vivido antes a lo aprendido”. La danza se presenta como un vehículo de transición, de intersecciones, de búsqueda de identidad, una búsqueda de las raíces del lenguaje. Gestos que son música y música que sugiere movimientos, los cuerpos hablan y desafían sus límites. En este “juego” dialogan tradición y vanguardia, sutileza y violencia, técnica rigurosa y espontaneidad. La incorporación de las tradiciones y métodos respectivos seguida de la descomposición de las estructuras del lenguaje, así como la deconstrucción del propio cuerpo, (llevado al extremo en el caso de Galván), sugiere un cuestionarse a sí mismo.

Galván, con su picardía, se burla de los clichés utilizados en el baile tradicional flamenco a la vez que utiliza sus elementos para jugar con su “adversario”. En algunos momentos se tiene la impresión de que ironiza con el universo de las popstars. Khan subvierte las temáticas religiosas y espirituales del kathak, y las hace resonar en la contemporaneidad.

Todas esas relaciones, las experiencias generadas entre ellos y el flujo existente entre uno y otro lenguaje, están más allá del rigor técnico y de los trazos culturales de cada uno; se suman a elementos contemporáneos que expanden el universo de la danza y de las relaciones subjetivas. Quizás estas contaminaciones se han convertido en el modo, no sólo de asegurar la renovación de la tradición, sino también de revitalizarse, de liberarse y contribuir de este modo a una escena creativa más abierta y diversificada, alcanzando a un público cada vez más heterogéneo. La evolución es tan importante para el desarrollo del arte como para su conservación.

El flamenco particularmente, es erróneamente visto como una simple manifestación folclórica, cuando en realidad es un arte universal, con sus raíces asentadas en un sedimento artístico compuesto por diferentes y superpuestas civilizaciones. En verdad, el carácter del arte hoy en día no admite la idea de purezas porque no existe “lo puro”. Esto es y ha sido una ilusión en la historia de las artes. Aunque denominamos “tradicional” a un tipo u otro de arte, los puntos de contacto con otras artes en el tiempo y en el espacio son siempre existentes, y eso no es producto de la voluntad de unos individuos. Un arte “puro” estaría destinado a morir. Es gracias al mestizaje de las artes o en las artes que el arte tiene vida, es un movimiento sin fin.

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TOROBAKA es un producto de ese movimiento, al mismo tiempo que lo genera. Abre nuevas posibilidades de moldear y subvertir la técnica y la tradición, propiciando el desarrollo de la propia expresión del arte. Su análisis debe ser reposicionado y delimitado no sólo por las transformaciones e innovaciones que ambos artistas proporcionan en sus medios, sino también por sus más diversas contribuciones en el territorio del Arte.

Entre ellas no podríamos dejar de mencionar la comunicación establecida también entre los artistas y el público a lo largo del espectáculo. En algunos momentos puntuales, sus gestos y expresiones solicitban directamente una complicidad del público, generalmente haciéndole reír, lo que nos lleva a reflexionar acerca de una postura totalmente contemplativo-pasiva y seria ante un espectáculo de música y danza. Por más que la interacción no fuera una de las tónicas de TOROBAKA, esa mínima presencia ya supuso un recordatorio de que también el público es un cuerpo que danza con sus reacciones.

La generosidad no estuvo ausente tampoco. Khan y Galván ya han alcanzado un éxito mundial con sus trabajos, pero el espacio del escenario no les pertenecía únicamente a ellos. Supieron compartirlo, podríamos decir, afectuosamente, con David Azurza, Christine Leboutte, José Jiménez “El Bobote” y Bernhard Schimpelsberger, músicos de distintas nacionalidades. Sus actuaciones son una muestra más de cómo los artistas se pueden reinventar. Llenos de carisma, ofrecieron al público una piedra de toque. Y si bien es verdad que Khan y Galván podrían, ellos solos, hacer un espectáculo, es también una gran verdad que Azurza, Leboutte, Bobote y Schimpelsberger lo enaltecieron hasta el éxtasis del público, que en São Paulo se puso en pie para aplaudirlos por largo espacio de tiempo, sin que ellos quedaran a la sombra de los dos gigantes, todo lo contrario.

Al final, como el propio Akram Khan dijo en la entrevista concedida con el público tras el espectáculo, fue un gran concierto. No había dos bailarines y cuatro músicos en el escenario, sino que había seis músicos. Al son de onomatopeyas, de músicas flamencas, hindúes, de una canción sefardí, otra siciliana, y otras más – recortes musicales de origen popular, de tiempos lejanos y actuales – se llevó al público a romper el confort de lo conocido para lanzarse a una atmósfera a veces casi hipnótica, producida gracias a la iluminación discreta, pero contundente. De ahí que los momentos graciosos tuviesen un papel importante, pues permitieron al público relajarse y, con ello, disfrutar más abiertamente de esa duración espectacular en la cual se encontraba sumergido.

Y para cerrar a lo grande, en los minutos finales del espectáculo se abrió el escenario del auditorio – proyecto arquitectónico del genial Oscar Niemeyer – permitiendo que el área externa, el Parque Ibirapuera, con sus árboles y los coches pasando por la calle, formase parte de la escena. Momento inolvidable y que no se repetirá en otro sitio.

Podemos leer en esa duración la fuerza y lo sagrado de la animalidad, la solemnidad ancestral, los dibujos de la historia por los ritmos más ­­antiguos, más primitivos. TOROBAKA es un espectáculo abierto, que aprovecha las condiciones locales y se adapta, ofreciéndonos una increíble celebración del arte. En realidad, una celebración de la vida.

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* El título hace referencia a la entrevista concedida por Israel Galván al periódico El Ibérico: http://www.eliberico.com/entrevista-con-israel-galvan-bailaor-de-flamenco.html