Clara Fernandes y los vestigios de lides oníricas en Cartas ao Mar | JOSIMAR FERREIRA

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Schopenhauer escribió que la vida y los sueños eran hojas
de un mismo libro, y que leerlas en orden es vivir; hojearlas, soñar.
Jorge Luis Borges

 

Después del sueño, antes del sueño. Homero cuenta que los dioses tramaron desventuras para que los hombres y las generaciones venideras tuviesen sobre qué cantar.[1] Moiras y Parcas son responsables por hilar aquello que sería la trama de la vida de todos los individuos, tejiendo el destino de los hombres y de los dioses. Penélope, fiel al retorno de su amado a la isla de Itaca, teje y deshace su manto inconcluso de eternos recomienzos. Aracne, una joven y habilidosa bordadora, en un duelo de tapicería vence a Atena, diosa de las artes y de los artesanos, quien furiosa destruye el tapete hilado por la joven tejedora, transformándola en araña y condenando toda su especie a tejer eternamente. Historias se cruzan, se avecinan y se contaminan entre los poetas de la antigüedad. En el reino del imaginario las múltiples referencias no se acomodan, se inscriben como trepidaciones, mostrando costuras de un texto compuesto, haciendo que las múltiples voces que en ellos habitan resuenen en perpetua disonancia, como vestigios de imágenes traídos del mundo de los sueños.

Encontramos en la obra de Clara Fernandes la marca de una artista que escogió la trama y la urdimbre como forma de modelar los restos de lo vivido y esculpir el tiempo, haciendo parte de ese linaje de antiguas hilanderas que tejen mantos de ilusiones. Artista contemporánea, de origen paulistana, con un taller de tejido en la isla de Santa Catarina, viene experimentando un tipo singular y poético de tesitura, buscando innumerables materiales estéticos, pero sin abandonar la factura textil. Todo lo que produce parece tener vida y movimiento, ya sea en las formas ondulantes, en las formas musicales, en el material orgánico o inorgánico, en el envejecimiento, en la descomposición, en la transformación del rechazo en belleza, en la transformación de lo bello en lo extraño, y en todas las dicotomías de sus obras.

Es una tejedora que fue extrapolando los límites de los tapetes, de las formas y de los materiales, elevando sus obras del suelo, dándoles estructuras escultóricas, haciéndolas llegar hasta el techo y dislocándose hacia el movimiento performático. En la construcción de Amorphobia, performance realizado en 2012 y registrado en video, la artista inventa una compañía de teatro, en que aparecen en escena personajes mitológicos, en una mezcla histórica y literaria. Obra para la cual crea vestuarios de otras épocas que son tramadas en telar manual, en lino y poliéster con inserciones de fina seda, musgo español, y metal dependiendo de las características del personaje que los llevará puestos. Estas vestimentas tuvieron su origen a través de objetos de metal, creados para personajes imaginarios, siendo una creación plástica-ficcional.

En Cartas ao Mar, Clara Fernandes, inventa el Navegador, un personaje que viaja por el tiempo y por el espacio, alimentándose de cartas y de sueños. Entre la trama y el telar de la artista-hilandera se escurren, como neblina, los limites entre la ficción y la supuesta veracidad de los hechos. La creación de Cartas ao Mar parece existir como vestigio de una historia sin precedentes, ficción que tuvo su inicio con la visión de una embarcación en un puerto en el espacio externo del teatro Álvaro de Carvalho, antiguo teatro Santa Isabel, en la isla de Santa Catarina, y la idea permanente de alguien a bordo, en los años 1800, escribiendo una carta, cuidadosamente, enrollándola en una botella y lanzándola al mar. Es, además, una obra que se encuentra con los personajes mitológicos y literarios de la compañía teatral de Amorphobia, en donde el manto do mar, utilizado en el performance, evoca la fuerte presencia del navegante.

clara-fernandesClara Fernandes. Amorphobia, 2012. Performance en la playa de Daniela, Florianópolis – S.C.

Clara, al crear al Navegador, observa al otro desde el extrañamiento de quien se observa a si misma, hace 300 años. Su personaje (si así lo podemos llamar) es un navegante, extranjero, que transita entre mares de laberintos temporales. Crea, adicionalmente, un libro de escritura arlequinesco: o livro de cartas, libro del Navegador. En donde logra que algunos textos separados por siglos y océanos se aproximen, manipulando tiempos estratificados de sobrevivencias y atemporalidades, creando lagunas entre recortes de trechos que se cruzan. Costura fragmentos en su escritura, opera por montaje, investiga y revisita páginas de diversas épocas, eras lejanas y geografías distantes, creando este viejo libro que, posiblemente, estaba en las profundidades del mar.

La artista transita entre los umbrales del mundo onírico tejiendo su obra y su trama con soplos poéticos. Samuel Coleridge, según Borges, nos dice que en el sueño estamos pensando, solo que no pensamos a través de raciocinios, sino a través de imágenes.[2] Los sueños son una obra estética, tal vez la más antigua de las expresiones estéticas. Didi-Huberman resalta que todo en el sueño se asemeja o parece tener la marca enigmática de una semejanza,[3] aunque evanescente y marcada por el olvido, traemos un rastro y un resto de lo que fue vivido. Discutiendo sobre los vestigios del arte, Jean-Luc Nancy escribe que el vestigio es lo que queda de un paso. No es su imagen, pues el paso no consiste en nada más que su propio vestigio.[4] No podemos examinar los sueños directamente, podemos hablar de la memoria de los sueños, y es posible que la memoria de los sueños no corresponda directamente a los sueños, pues el recuerdo de los sueños es realizada en buena medida por el olvido.

Si consideramos que el sueño es una obra de ficción, tal vez continuemos fabulando en el momento de despertar y cuando, luego, lo narramos. Borges relata el sueño de Chuang Tzu que, hace unos 24 siglos, soñó que era una mariposa y no sabía, al despertar, si era un hombre que había soñado ser una mariposa o una mariposa que ahora soñará ser un hombre.[5] Pondera, además, que basta un único instante repetido para desbaratar y confundir la historia del mundo. Este instante del sueño de Chuang Tzu, que asoló y asombró el pensamiento de innumerables filósofos, es un problema que se enmarañarse en la simultaneidad y coexistencia de tiempos diversos.

Estamos atravesados por la idea de que existen muchos tiempos en Cartas ao Mar, y de que esas series de tiempos no son ni anteriores, ni posteriores, ni contemporáneas. Son series distintas. Gilles Deleuze señala que descubrimos, con Nietzsche, lo intempestivo como siendo algo más profundo que el tiempo y la eternidad, es decir, contra este tiempo, a favor, y así la espera, de un tiempo por venir.[6] El Navegador estaría, entonces, en el umbral de un tempo por fuera del eje, un tiempo más allá de la eternidad, tiempo dislocado, disfrazado, modificado y siempre recreado, dividido entre días y noches, sueños y vigilias, siempre ante el río del propio tiempo.

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Clara Fernandes. Amorphobia, 2012. Performance en la playa de Daniela, Florianópolis – S.C.

Los sueños y la ficción entremezclados serían como el tiempo desactivado o la historia desmontada, en donde por un momento el tiempo para de funcionar y de operar, pero en ese exacto momento podemos meditar sobre cada pieza y reorganizar el orden de las cosas. Clara Fernandes, con la invención de su personaje, hace que textos separados por siglos y océanos se aproximen y se contaminen, pues muchas voces reverberan en perpetua disonancia en la construcción del libro del navegante. Clara presenta la trama y el tiempo entremezclados, en donde las historias y los sueños se encuentran entre los territorios de la imaginación.

Borges nos cuenta que cuando Samuel Coleridge viajó a Alemania se dio cuenta de que nunca había visto el mar, a pesar de haberlo descrito admirablemente, inolvidablemente, en su poema “The Ancient Mariner”.[7] Sin embargo el mar no impresionó al escritor inglés, el mar de su imaginación era más vasto que el mar de la realidad. El personaje de Clara navega entre los océanos que rodean el mundo y los numerosos mares literarios, y en sus ires y venires tal vez enfrente a las sirenas de la isla de Circe, al lado del Ulises de Homero, intentando regresar a Ítaca, o deambule por las calles de Irlanda, junto al Ulises de Joyce, sin un puerto seguro para retornar. Es un navegante que navega a vela por los mares de la ficción y de la ilusión.

Michel Foucault considera que estamos en la época de lo simultáneo, época de la yuxtaposición, donde, en un único espacio real varios tiempos se acumulan, lo disperso es colocado lado a lado bajo el lastre de la heterotopía, de la inquietud, de la agitación y del desconcierto. Estamos en un momento en que los recortes del tiempo se encuentran en una especie de ruptura con el tiempo tradicional en la forma de heterocronía, como una red que reconecta pontos y entrecruza su trama, desde las primeras navegaciones:

[…] si imagináramos, al final, que el barco es un pedazo de espacio fluctuante, un lugar sin lugar, que vive por si mismo y al mismo tiempo lanzado al infinito del mar y que, de puerto en puerto, de escapada en escapada para la tierra, de burdel en burdel, llegue hasta las colonias para procurar lo que ellas encierran de más precioso en sus jardines, usted comprenderá por qué el barco fue para nuestra civilización, del siglo XVI a nuestros días, al mismo tiempo no solo, ciertamente, el mayor instrumento de desarrollo económico, sino la mayor reserva de imaginación. La embarcación es la heterotopía por excelencia. En las civilizaciones sin barcos los sueños se agotan.[8]

Una isla separada de todas las realidades de tierra firme es el lugar ideal para construir realidades imaginarias. Tal vez sea, por eso, que Bioy Casares escogió una isla para inventar su mundo con imágenes fac-similares, proyectadas por la máquina de Morel, en un lugar posiblemente ensombrecido y encantado, poblado por fantasmas. Un territorio en donde estamos frente a un pasado insondable, de presencias desagregadas y repetido por la eternidad:

Los dos soles y las dos lunas: como la semana se repite a lo largo del año, se ven esos soles y lunas no coincidentes (y también los habitantes con el frío en días de calor; bañándose en aguas suyas; danzando en medio del bosque o bajo un temporal). Si la isla se hundiese – a excepción de los lugares en que están las máquinas y los proyectores -, las imágenes, el museo, la propia isla surgirían visibles.[9]

Aún veo mi imagen en compañía de Faustine. Olvido que es una intrusa; un espectador desprevenido podría juzgarlas igualmente enamoradas y próximas una de la otra. Tal vez, este parecer exija la debilidad de mis ojos.[10]

En la isla de Santa Catarina otras fábulas e historias asolan el imaginario de Clara Fernandes, donde a artista abre la posibilidad de crear mapas de contornos irregulares que se corresponden, luego no, con vestigios oníricos e imágenes espectrales, formando una cartografía movediza. El mar, para el personaje de Clara, es un puerto de embarques y retornos, puerto de eternas errancias. El mar, así como la noche, sería el lugar de los fantasmas.

Clara-Fernandes3Clara Fernandes. Amorphobia, 2012. Performance en la playa de Daniela, Florianópolis – S.C.

Si historias antiguas son fábulas para ser contadas antes del anochecer, entonces, Cartas ao mar parece hacer parte de esas historias con rastros de fantasmas. Didi-Huberman supone que los personajes de cuentos de hadas, así como los fantasmas siempre manifiestan cierta propensión hacia la melancolía: nunca llegan a morir. Seres de sobrevivencia, vaguean como dibuks (alma penada) por algún lugar entre un saber inmemorial de las cosas pasadas y una trágica profecía de las cosas futuras.[11] Siendo así, la vida fantasmagórica de las imágenes constituyen nuestro presente y nuestra memoria, sea artística, literaria o histórica.

Imágenes de nuestro pasado más profundo pueden afectar nuestro sueños de la noche anterior. Aquello que experimentamos cada día como imágenes que nos rodean aparenta ser una combinación de cosas nuevas y sobrevivencias venidas de muy lejos de la historia de la humanidad. Considerando que ante la imagen, estamos frente al tiempo, y siendo el tempo reversible, podemos arriesgarnos a decir que los sueños, en la trama de Clara, son parte de la vigilia, o como prefieren los poetas y artistas, de forma espléndida: que toda vigilia es un sueño.

[1] HOMERO. Odisséia. São Paulo: Editora 34, 2013.

[2] BORGES, Jorge Luis. Curso de literatura inglesa. São Paulo: Martins Fontes, 2002, p. 91.

[3] DIDI-HUBERMAN, Georges. Diante da imagem. São Paulo: Ed. 34, 2013, p. 197.

[4] NANCY, Jean-Luc. in: HUCHET, Stephane (org.). Os vestígios da arte. in: HUCHET, Stephane (org.). Fragmentos de uma teoria da arte. São Paulo: Editora da Universidade de São Paulo, 2012, p. 304.

[5] BORGES, Jorge Luis. Nova refutação do tempo. In.: Outras Inquisições. São Paulo: Companhia das Letras, 2007, p. 214.

[6] DELEUZE, Gilles. Diferença e repetição. São Paulo: Edições Graal, 2006, p. 17.

[7] BORGES, Jorge Luis. Curso de literatura inglesa. São Paulo: Martins Fontes, 2002, p. 189.

[8] FOUCAULT, Michel. Outros espaços. In.: Estética: literatura e pintura, música e cinema. Rio de Janeiro: Forense Universitária, 2006, p. 422.

[9] BIOY CASARES, Adolfo. A invenção de Morel. São Paulo: Cosac Naify, 2012, p. 117.

[10] BIOY CASARES, Adolfo. A invenção de Morel. São Paulo: Cosac Naify, 2012, p. 124.

[11] DIDI-HUBERMAN, Georges. A imagem sobrevivente – história da arte e tempo dos fantasmas segundo Aby Warburg. Rio de Janeiro: Contraponto, 2013, p. 427.