Genealogías de la posmodernidad (parte II) | MODESTA DI PAOLA

La crisis del proyecto universal se acompaña por una serie de emergencias que se encuentran en las dinámicas culturales, económicas y sociales de todas aquellas áreas del planeta que se consideran excluidas de los “beneficios” del sistema capitalista mundial. Y de hecho, el último desarrollo interesante de los Estudios culturales, la llamada teoría poscolonial, que encuentra a sus teóricos más destacados en Edward Said, Homi Bhabha y Gayatri Chakravorty Spivak, entre otros, está en algunos casos sumergida en el posestructuralismo, aunque con desigual énfasis, y organizando una crítica de resistencia en contra del proyecto universalista como proyecto etnocéntrico, construido para un sujeto cultural fuertemente homogéneo y de matriz europeo-occidental. Se trata pues, de una resistencia que se apodera de las estrategias de deconstrucción de los dispositivos de discursos unitarios y totalizadores que, en las ciencias sociales tradicionales, se imaginaban como preconstituidas y sólidas (la nación, la clase, la adscripción político-ideológica).

Pese al desarrollo teórico y a la importancia de tales teorías surgen, también en las últimas décadas, algunos importantes nombres (Habermans, Jameson, Zizek o el poscolonial Appadurai, por citar solo algunos) que, sin desaprovechar las más antiguas intuiciones del psicoanálisis lacaniano, del postestructuralismo y del posmodernismo, reinscriben una teoría critica de la cultura en la tradición de aquel marxismo complejo representado por Lukács, Gramsci, Korsch, Bajtín, Benjamín, Adorno, Marcuse, Sartre o Althusser.

En las consecuencias políticas y las implicaciones éticas del posmodernismo han pesado los juicios de dos autores de matriz neomarxista: Jürgen Habermas y Fredric Jameson. El primero nota en el posmodernismo un tipo de traición de las instancias progresistas del modernismo, es decir, una forma de neoconservadurismo destinado a generar posiciones inmóviles y oscurantistas. Jameson reduce el posmodernismo a la “lógica cultural” del capitalismo tardío, es decir, a la proyección ideológica del capitalismo multinacional y globalizado: “Toda esta cultura posmoderna, mundial y sin embargo americana, es la expresión interna y sobrestructural del nuevo camino del dominio económico y militar de la América en el mundo”.[1]

A la “lógica cultural” del capitalismo tardío, enunciada por Jameson, va adscrita aquella observación etnográfica que, junto al culturalismo, caracteriza los Estudios Culturales y que ha renunciado casi por completo a toda preocupación por las articulaciones histórico-sociales o político-económicas de los procesos culturales: “Que de la teoría crítica de la cultura se haya pasado a los Estudios Culturales, es algo más que la simple adaptación de una moda norteamericana, o que la comprensible disputa por la inclusión en el mercado de los financiamientos académicos. Es, además de eso, el síntoma de la sustitución de un intento de puesta en crisis de las hegemonías culturales en su conjunto por la observación etnográfica de las dispersiones y fragmentaciones político-sociales y discursivas, producidas por el capitalismo tardío y expresadas en su “lógica cultural”, como ha etiquetado Jameson al así llamado posmodernismo”.[2]

En muchos casos, entonces, el posmodernismo y los Estudios culturales han sido cuestionados por autores de izquierda por su estratégico renegar de la historia, las ideologías y el marxismo. El discurso es en cambio mucho más articulado y complejo: el posmodernismo se ha configurado desde el principio como posmarxista en su toma de distancia del marxismo dogmático dominante en el Partido Comunista, y su intolerancia respecto a las dictaduras comunistas del siglo XX (valga lo mismo para los Estudios culturales), que han representado la concreta y trágica realización del “metarrelato moderno”. Eso representa para el posmodernismo la conclusión definitiva de la concepción de la historia como recorrido unitario que tiende hacia la emancipación. Pero como nos advierte Hal Foster, la “creencia apocalíptica de que nada marcha, de que ha llegado el fin de las ideologías, no es más que el reverso de la creencia fatal de que nada funciona, que vivimos bajo un sistema total sin esperanza de rectificación”.[3]

En virtud de su carga antitotalizadora y antitotalitaria, el posmodernismo se estructura en antítesis con el marxismo. Pero es en virtud de esta oposición a los metarrelatos totalizadores y a cualquier forma de reductio ad unicum, es decir, por su forma mentis pluralista, que el posmodernismo hospeda un potencial liberatorio para los posibles interlocutores marginales. Y de hecho, el posmodernismo ha ido acentuando aquellos aspectos que lo convierten en un aliado para las políticas centradas en el ecologismo, en el pluralismo, en el multiculturalismo, en la defensa de las minorías y en el respecto de la diversidad. Esta acentuación de las problemáticas de tipo ético y ético-político se ha mostrado en los filósofos posmodernos, o en general posestructuralistas, como Foucalt, Deleuze, Derrida, Rorty, Lyotard y Vattimo[4].

A partir de la segunda mitad de la década de los ochenta, el interés de Derrida se dirige hacia problemáticas éticas y políticas. Este interés es absolutamente inseparable de la práctica deconstructiva, que en sí misma conlleva una fuerte carga subversiva. En la misma noción de différance se puede encontrar in nuce el potencial ético y político de la deconstrucción, atenta a denunciar cualquier sistema de poder y de represión de la alteridad. Así como el termino viens, médium expresivo que concentra todo un conjunto de conceptos, es una invocación que significa una abertura al otro más allá que cualquier cálculo, programación, re-asimilación, que tiene que ser “dejado venir” (laisser venir)[5]. Polemizando con la noción heideggeriana de Ereignis[6], que aún implica una tentativa de apropiación, Derrida afirma que el pensamiento es por esencia una potencia de dominación, que no para hasta encauzar lo desconocido en lo conocido, hasta fragmentar su misterio para hacerlo suyo, aclararlo y nombrarlo[7]. La política de la hospitalidad, junto con el análisis de los fenómenos de identificación nacional, constituye uno de los momentos principales de la especulación política de Derrida y uno de los legados más importantes de lo occidental a las críticas poscoloniales .

El poscolonialismo se desarrolla en el marco de las condiciones de posibilidad que la posmodernidad ha abierto y en estrecha relación con el profundo “giro cultural” de las ciencias sociales y humanas. De allí que la lectura del discurso poscolonial entendido como una modalidad académica del posmodernismo tenga estrechas relaciones con otras corrientes de reflexión anti-hegemónica como los “Estudios culturales”, los “estudios subalternos”, el “multiculturalismo” y los “estudios visuales”.

El complejo debate sobre las políticas culturales e interculturales que nacen en el pleno desarrollo de los movimientos posmodernos intenta, por lo tanto, deconstruir las antiguas dicotomías del saber occidental (la Naturaleza y la Cultura, la Ley y la Transgresión, lo Consciente y lo Inconsciente, lo Masculino y lo Femenino, la Palabra y la Imagen, el Mismo y el Otro) y extender la crítica a debate cultural un más amplio que atraviese los territorios materiales y simbólicos (nacionales, étnicos, ideológicos, lingüísticos, subculturales, raciales y artísticos), de la “negociación” de las identidades y de la contratación de los géneros literarios, estéticos o discursivos en general.


[1] Jameson, F., Il postmoderno, o la logica culturale del tardo capitalismo, Garzanti, Milano 1989, p. 15.

[2] Grüner, E., ob. cit., pp. 26-27.

[3] Foster, H., (2002) ob. cit., p. 10.

[4] Para una comprensión más amplia de estas problemáticas ver: Derrida, J., Políticas de la amistad, (traducción: Patricio Peñalver y Francisco Vidarte) Editorial Trotta, Madrid 1998; Lyotard, J.-F., Moralités postmodernes, Galilée, París 1993; Lyotard, J.-F., Vattimo, G., Noi melanconici postmoderni, en “La Stampa”, (14 mayo 1991); Vattimo, G., La societá trasparente, Garzanti, Milano 2000; Vattimo, G., La tolerancia, principio fundamental de la sociedad postmoderna, entrevista en “El Diario Vasco”, (22 enero 1989); Honneth, A., L’altro dalla giustizia, en “Fenomenologia e societá”, XVIII, 1, 1995. Vattimo, G., “Ontología dell’attualitá”, en Filosofía ’87, Laterza, Roma-Bari 1988.

[5] Véase Derrida, J., Psyché. Inventions de l’autre, Galilée, París 1987, p. 53.

[6] “Ereignis” en alemán significa “acotecimiento”, “suceso”, “evento”. Véase Heidegger, M., Identidad y diferencia. Edición de Arturo Leyte, (traducción: H. Cortés y A. Leyte), Anthropos Editorial, Barcelona 2008, p. 85.

[7] Dufourmantelle, A., “Invitación”, en Derrida, J., Dufourmantelle, A., La Hospitalidad, Ediciones de la Flor, Buenos Aires 2006, p. 32.