Sobre nuestra idea de mundo: Erick Beltrán, Nudo Perikhórein, 2011 | PEDRO DONOSO

Erick Beltrán, Nudo Perikhórein, 2011

For artists of the early 21st century, the world therefore appears
as a vast catalogue of narrative threads, none of which, on the face of it,
has greater worth than any of the other,
while together they form one global scenario.

Topocritique: l’art contemporain et l’investigation geographique”

Nicolas Bourriaud[1]

Expuesta en la Fundación PROA de Buenos Aires, Nudo Perikhórein, obra del mexicano Erick Beltrán, nos presenta una esfera terráquea de gran tamaño. Sobre su superficie negra armada con madera flotan distintos datos, información variada sobre determinados sucesos que conforman el estado de situación en el que se encuentra el planeta. No es un mapa territorial, sino un espacio dramático, aquel donde resaltan la conjunción de contrariedades y riscos que atraviesan la geografía humana. Visto a través del número de inmigrantes ilegales que cruzan la frontera de camino a los EE UU, de las víctimas producidas por la explotación del coltán en el centro de África o de los kilómetros de superficie talada en zonas del Amazonas, de pronto el mundo reclama una localización a partir de los hechos que lo atenazan, que lo deforman: su geografía es un sinnúmero de fuerzas sociales en conflicto, implicadas en la violencia de la acción del hombre. El territorio, desde luego, es aquello que se modifica, que exige intervención, que se divide, se arrasa, se edifica, se usurpa, se vende y se expropia: lo contrario es un páramo, un lugar sin nombre.

Por otra parte, este globo terráqueo configurado por citas sobre los ‘accidentes de la geografía humana’ ofrece una lectura del paisaje de lo real que redobla su exactitud al citar a aquellos lugares que no conocemos pero que podemos señalar gracias a la información que nos llega por los medios: como antaño, la carta territorial vuelve a provocar la inquietud de la tierra ignota acechada por peligrosos dragones y criaturas míticas, por bandas de malhechores y salvajes desaprensivos. En nuestra mitología de lo contemporáneo, leemos sobre los sangrientos derroteros que toma la vida humana en parajes mitificados por el cine, por la prensa, por nuestro deseo de seguir contando con un mundo por conquistar del cual sólo nos llegan referencias mediatizadas. La práctica representacional que nos ofrece Nudo Perikhórein se sitúa en la intersección que reúne la figuración oscurantista de siglos pasados con el descubrimiento de un planeta hiperreal: aquel que los medios mitifican ilimitadamente.

Si la pasividad exótica de la agregación toponímica de un conjunto de nombres y localidades lejanas no tiene sentido en el levantamiento de un mapa en la era de la aldea global (de hecho, Google Earth rebasa las intenciones de la escala 1:1, es decir, va más allá de la coincidencia exacta) Beltrán juega con la potenciación de la inmediatez de un territorio en el que nuestro imaginario lee in situ, a partir de datos, la desolación contenida en este espiral de efectos funestos que habitamos con ‘humanidad’. Y lo lee a la misma distancia con la que lo configuramos: el planeta es real gracias a la fatalidad que fraguamos entre todos. No hablamos, pues, de un territorio que debamos recorrer, un mundo para viajar. Ya no es necesario. Si pocos han visitado los yacimientos de coltán en el Congo, muchos sabemos, ‘hemos oído hablar’ del paisaje desgarrado que su explotación provoca para que nuestros teléfonos móviles nos permitan seguir en la intensidad desaprensiva del mundo “a salvo” o, más concretamente, del mundo en crisis de primer mundo.

Según refiere el propio artista, “Perikhórein (del griego peri-, alrededor, chorein, contener) es un verbo en el que se describe la habitación recíproca a un mismo tiempo (interpenetración) de varios elementos sin perder sus características originales.” El mundo es esa coexistencia de fuerzas dispares que nos representamos a partir de la práctica una violencia que actúa como fuerza de la naturaleza social y política, ejerciendo efectos incontenibles sobre la orografía de nuestra historia. En otras palabras, la geografía incruenta que domina las relaciones del hombre con el hombre hace de su paisaje un mundo reconocible e irrecuperable, al mismo tiempo. El Nodo, como un deseo de fijar las coordenadas de lo real, nos devuelve la imagen ansiosa de una sociedad instalada en la explotación intensiva de los recursos naturales y humanos. Y si nos falta conocer el emplazamiento físico donde tienen lugar esos hechos, sabemos que la condición de mundo está intrínsecamente amenazada por la catástrofe en la que todos flotamos por igual sobre el globo. Algo nos queda de aquel último representante de la especie que, al final de la película, descubre con incredulidad los restos de la Estatua de la libertad varados en una playa cuyo nombre no figura en ningún mapa. Ya no esperamos la llegada de los bárbaros: sabemos que somos nosotros.


[1] Tomado de Utopics: Systems and Landmarks. JRP Ringier ediciones, 2009. Publicado con ocasión de Utopics. 11th Swiss Sculpture Exhibition, Bienne (30 agosto – 25 octubre 2009).