Beirut, Presente Continuo. La Memoria entre la destrucción y la reconstrucción. [Parte I] | HERMAN BASHIRON MENDOLICCHIO

 

Parte II

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Beirut, ciudad capital de Líbano, Oriente Próximo, un territorio en continuo estado de inquietud, de trasformaciones, de hundimientos y de resurrecciones.

La historia reciente de este pequeño país desvela una larga serie de acontecimientos, en larga medida trágicos, que han caracterizado no sólo los últimos años de crónicas de los más distintos periódicos nacionales e internacionales, sino la más profunda cotidianidad de toda la gente del Líbano y, consiguientemente, sus múltiples expresiones artísticas y vitales.

El Líbano, que había sido hasta la mitad de los años setenta uno de los mejores ejemplos de convivencia intercomunitaria (en el país son legalmente reconocidas diecisiete comunidades religiosas) a partir de 1975 se convirtió en el paradigma de la violencia sectaria. “El 13 de abril de 1975 marcó el principio del hundimiento y el caos. Aquel día tuvieron lugar dos graves incidentes entre milicianos palestinos y falangistas en la barriada este de Beirut, un tradicional feudo cristiano, que dieron la señal para la apertura de hostilidades generalizadas entre la coalición de partidos libaneses denominados «progresistas», aliados a los movimientos palestinos, y la coalición de partidos cristianos denominados «conservadores», que habían creado milicias armadas para hacer frente al aumento de poder de los palestinos en el Líbano. De hecho, el país sufría ya desde hacía cinco años el peso de la presencia armada palestina y de las represalias israelíes, lo que preparó considerablemente el terreno para el hundimiento y el caos”.[1] Estalla así una profunda crisis que, a través de los conflictos intercomunitarios, la invasión israelí y las diferentes influencias extranjeras, cambiará radicalmente la historia, el presente y el futuro de Líbano. Como nos explica Georges Corm, escritor y economista libanés: “La historia de la guerra fue la de numerosas treguas, nunca respetadas más de unos días o unas semanas, la de un sangriento caos generalizado, la de mediaciones de las fuentes más diversas entre las partes y, a partir de 1982, la de una ocupación israelí, masiva y especialmente sangrienta, apoyada por Estados Unidos. El caos cesó como por encanto el 13 de octubre de 1990 (…)”.[2]

Una larga guerra civil entre 1975 y 1990, quince años de miedo y destrucción a los que siguieron otros quince años de reconstrucción, de esperanzas y de voluntad de volver a arrancar el motor de la economía nacional; un periodo en el que se empujaba hacia la normalización de la sociedad y se perseguía el deseo, mejor dicho la utopía, de una paz duradera.

Al hablar de paz, la palabra “Utopía” parece ser la más correcta, ya que – terminado ese periodo de reconstrucción, en el cual se implicaron los cuatro millones de libaneses para que su país pudiera volver a ser cuanto antes la “Suiza” de Oriente Próximo y su capital la “París de Oriente” – la maldición de la guerra volvió a caer encima de Líbano. En el verano del 2006, a partir del día 12 de julio, 33 largos días de bombardeos, muerte y guerra, dejaron una vez más a Líbano en el medio de la destrucción y de la miseria.

Una vez más Beirut tiene que renacer de sus propias cenizas e intentar anular las huellas de su propia destrucción. A través de años de guerra, de destrucciones y reconstrucciones, Beirut se vuelve, como la define Claudia Zanfi, una ciudad mutante.

Una ciudad mutante que al pasar de la destrucción a la reconstrucción es como si pasase de la vida a la muerte, del sufrimiento a la alegría y al deseo de vivir. Como explica Claudia Zanfi, comisaria del proyecto Re-thinking Beirut: “Después de 1991, más de 15.000 edificios han sido reconstruidos, 20 centros comerciales de tipo americano, un campus universitario, un estadio de 65.000 plazas. Actualmente, Beirut, la ciudad mutante, explica los movimientos del mundo globalizado, y en particular los productos de la nueva oposición entre Occidente y Oriente-Medio, que parece haber remplazado la polarización de la guerra fría. Multicultural, multireligiosa, cruce de identidades y modelos de vida, Beirut es el lugar de la trasformación. Alternativamente considerada como modelo o como excepción al interior del mundo árabe, la ciudad de Beirut es sin duda un laboratorio de experimentación de la cultura árabe contemporánea. Entre devastación y precariedad, con la reconstrucción, Beirut (definida también la “París de Oriente”), se transforma en ciudad de la vida nocturna, de la diversión, de la ligereza. Los nuevos lugares nocturnos emergen al lado de los escombros habitados o de los lugares de guerra”.[3]

Beirut / Líbano

Las imágenes de los bombardeos que padeció la ciudad de Beirut en el año 1982 dan una idea de cuáles son las referencias visuales que componen parte de la realidad de este país. A partir de esa presencia de la destrucción, de la devastación y de la sucesiva reconstrucción en la cotidianidad libanesa y a partir de la historia de Beirut, de la guerra y del deseo de paz, los artistas y los intelectuales libaneses desarrollaron distintas reflexiones de carácter urbanista, arquitectónico, social, religioso, etno-antropológico y político.

 

Beirut bombing 1982 © Sipa Press/Rex Features

 

SALHANI, Claude: U.S. Embassy, 1982, Washington, D.C. (EE.UU.), History and Museums Division.

 

Numerosos son los proyectos artísticos y expositivos que, a través de múltiples medios y formatos, reflexionan sobre los diferentes aspectos que configuran la realidad del Líbano.

Según las palabras de Catherine David, comisaria del proyecto-exposición Representaciones Árabes Contemporáneas: “Beirut es un laboratorio. Representa situaciones muy específicas que tienen que ver con su situación cultural y política. Es un lugar privilegiado, de gran complejidad, que vive en permanente situación de posguerra, de continua renegociación en todos los niveles, ya que en el último conflicto no se firmó ningún tratado de paz. La capital libanesa ha propiciado una generación de escritores, pensadores y artistas que cuestionan su realidad. Han creado una situación experimental de pensamiento crítico que podría ser una opción posible en otros lugares del mundo árabe”.[4]

El Líbano, zona crucial de Oriente Próximo, está considerado como ejemplo de Estado posmoderno y en la época actual se ha convertido, junto a los países con que comparte área geográfica, en un territorio esencial y fundamental para la comprensión de la cultura contemporánea. En esa primera parte del proyecto Representaciones Árabes Contemporáneas dedicada al Líbano, tiene particular resonancia la temática urbanista y arquitectónica. La mayoría de los autores nos presentan una serie de reflexiones a partir de aspectos urbanos que en el fondo expresan inquietudes, preocupaciones, situaciones conflictivas y críticas que ellos mismos viven y padecen.

Jalal Toufic reflexiona sobre el concepto de “Ruinas”. A partir de la destrucción de su piso, que había tenido que abandonar, junto con su familia, a causa de la invasión israelí en 1982, Toufic reflexiona sobre los múltiples cambios que la ciudad de Beirut ha sufrido por los bombardeos y por las consecuencias de la Guerra Civil. La huella de la destrucción, el valor de la Ruina, los edificios llenos de agujeros de bombas, los coches quemados, ruinas recientes y ruinas antiguas. Las historias que cuenta Jalal Toufic tienen mucho que ver con la memoria, se enfatizan los elementos que evocan lo ocurrido en el centro urbano de Beirut y sus cuentos expresan además mucha preocupación al respeto de la planificación urbana de la reconstrucción.

Para aliviar esa fuerte sensación que contrapone lo “destruido” a lo “reconstruido”, Toufic propone: “alguna medida habrá que tomar para compensar y aliviar el efecto de saturación positiva que se producirá cuando el conjunto de la ciudad afectada se reconstruya o construya de nuevo. Una de esas medidas es proyectar de noche, como nos ha enseñado Krzysztof Wodiczko, imágenes a tamaño real de edificios destruidos sobre algunos de los reconstruidos”.[5]

Sobre el tema de la “reconstrucción” reflexiona también Saree Makdisi. El autor nos habla de dos diferentes Beirut, de la existencia de una ciudad real y consciente de su condición y sus problemas que ha dejado su espacio a una nueva Beirut “falsa”, construcción de empresas que a ritmo rápido corrían únicamente tras intereses económicos. Nos habla de la destrucción del patrimonio artístico y arquitectónico de la capital libanesa y del papel que “Solidere”, empresa de Rafiq Hariri, hombre de negocios y ex-primer ministro asesinado el 14 de febrero de 2005, juega en la compleja cuestión de la reconstrucción. “Sin embargo, la cuestión no es que Solidere esté ofreciendo un “falso” estilo como opuesto a la “autentica” experiencia de vida, sino más bien que lo que pretende haber resucitado es concretamente el “estilo de vida” de clientes contentos y comerciantes que no hacen preguntas, un “estilo de vida” que se remonta al mito del almacén oriental, el Líbano feliz de los “buenos tiempos”, a un Líbano de cuento de hadas donde no había lugar para el conflicto político y la crisis económica y no el Líbano que encontró su agonía en la terrible guerra de 1975-1990, que dejó casi 200.000 muertos, una economía maltrecha, un tremendo trastorno social, desplazamientos de la población y un país en ruinas”.[6]

Con estas palabras Makdisi se enfrenta a la falsa interpretación que esa reconstrucción puede dar de la realidad libanesa y aquí también se parte de estos elementos urbanistas para desarrollar más profundamente la situación y los problemas sociales y políticos debidos a la guerra.

Además de estas obras-textos, las reflexiones de este carácter arquitectónico-paisajístico están desarrolladas también por imágenes, fotografías e instalaciones audiovisuales. Naji Assi y Tony Chakar en el trabajo Rouwaysset: un vernáculo moderno (2000), los arquitectos Paola Yacoub y Michel Lasserre, en la instalación audiovisual denominada Al Manazer – Aspectos (2001) y Marwan Rechmaoui con Un monumento para los vivos (2002) hablan igualmente de diferentes aspectos de la realidad libanesa utilizando elementos urbanistas como punto de partida.

Julio / Agosto 2006. El remake libanés o la guerra como espectáculo


HAIDAR, Ali / EFE: Beirut 2006

 

KOBEISY, Issam / Reuters: Beirut 2006

 

Durante el verano del año 2006, a partir del día 12 de julio y por 33 días seguidos, unos feroces bombardeos devuelven el Líbano entero, y particularmente su capital Beirut, a aquel pasado de guerra, destrucción y miseria que el país y sus ciudadanos ya habían vivido y experimentado años atrás.

Las imágenes que nos muestran los medios de comunicación son escalofriantes. Beirut es una ciudad completamente transformada en ruinas y escombros. Barrios fantasmas, edificios destruidos, calles en llamas, casas demolidas y reducidas a polvo. Como bien explica el crítico y comisario de exposiciones Carles Guerra: “Los medios de información volvían a mostrarnos un país con sus principales infraestructuras arrasadas e ingentes masas de desplazados. La pesadilla era digna de un remake cinematográfico”.[7]

Las imágenes del verano del 2006 se mezclan con las imágenes del largo periodo de guerra entre 1975 y 1990. Las dos realidades se confunden y los libaneses se encuentran delante de una repetición de eventos dramáticos cuya interpretación se vuelve singular y reflexiva.

A diferencia de la reacción que los artistas y los intelectuales tuvieron después de la primera guerra del Líbano, cuyo enfoque teórico tuvo un carácter más urbanístico-arquitectónico, ante esta nueva situación de guerra, entre los artistas libaneses surgió y se desarrolló una reflexión sobre el papel de las imágenes. Esta vez “los intelectuales y los artistas cuestionan la representación de la guerra, a la que consideran una extensión política del conflicto”.[8]

En la sociedad en la que vivimos, allí donde estamos acostumbrados en que todo se puede representar y todo tiene su cara espectacular, también la experiencia aterradora de la guerra se convierte en material de consumo, en imágenes, en sonidos y en múltiples formas de reproducción, listas para entrar y difundirse en el atroz vórtice llamado Mercado.

Estas reflexiones nos remiten a lo que Guy Debord analizó en su famoso texto de La sociedad del Espectáculo: “Toda la vida de las sociedades donde rigen las condiciones modernas de producción se manifiesta como una inmensa acumulación de espectáculos. Todo lo que antes se vivía directamente, se aleja ahora en una representación”.[9]

La novedad de la reacción de la mayoría de los artistas libaneses fue propiamente la de no ceder a la lógica del espectáculo, la de no alimentar con otro material esta lógica de consumo, sino más bien la de girarse hacia una reflexión más íntima, crítica y personal.

Los artistas libaneses se podría decir que intentaron rechazar lo que Baudrillard definió como “la prostitución de la imagen”. El mismo Baudrillard había subrayado esta relación ambigua y perversa que corre entre los medios de comunicación, la publicidad y la guerra, y en el texto La guerra del Golfo no ha tenido lugar explica: “Los medios de comunicación promocionan la guerra, la guerra promociona los medios de comunicación, y la publicidad rivaliza con la guerra. La publicidad es, de toda nuestra cultura, la especie parasitaria más resistente. Sobreviviría sin duda incluso a una confrontación nuclear”.[10]

La saturación de imágenes y de información termina con desorientar, ofuscar, entorpecer los supuestos “informados” y espectadores. Así escribía Baudrillard en el año 1991, en su texto sobre la primera guerra del Golfo: “Hay que decir que esta guerra constituye un test despiadado. Felizmente, nadie va a exigirle cuentas a tal o cual (experto, o general, o intelectual de turno) por las tonterías o las sandeces que haya proferido el día antes, puesto que quedarán borradas por las del día siguiente. De este modo, todo el mundo queda amnistiado gracias a la sucesión ultrarrápida de acontecimientos falsos y de discursos falsos. Un lavado de la estupidez mediante la escalada de la estupidez, que restaura una especie de inocencia total, la de los cerebros lavados, limpiados, atontados no por la violencia sino por la siniestra insignificancia de las imágenes”.[11]

En el Líbano pos-verano de 2006, allí donde el país y la ciudad de Beirut se dice que son víctimas de una perpetua resurrección, donde la reconstrucción y la destrucción acontecen simultáneamente; allí donde “no hay posguerra, sólo pausas” como afirma Christine Tohme, fundadora de Ashkal Alwan – la Asociación libanesa para las Artes Plásticas – en este fragmento de tierra en el medio del mar Mediterráneo, los artistas deciden dirigirse hacia la reflexión. Entre todas las cuestiones tratadas, dos son las que resaltan y llaman la atención.

  • El tema del tiempo cíclico, la cuestión de un presente continuo, perpetuo, repetido. Una pesadilla que no termina, detenida entre la inquietud de la guerra y de la destrucción y la sucesiva reconstrucción.

  • La guerra como espectáculo. En relación a la obra del situacionista francés Guy Debord, la guerra se ha vuelto elemento espectacular del cual se alimentan la prensa, los medios de comunicación audiovisual y la sociedad misma en cuanto productora y consumidora de imágenes sin más reflexión.

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[1] CORM, Georges: El Líbano Contemporáneo. Historia y sociedad. Edicions Bellaterra. Barcelona, 2006. Pág. 133

[2] Ibidem. Pág. 133

[3] ZANFI, Claudia: “GEO ART – Re-Thinking Beirut. Reconstruction, art et société”. Artículo on-line en: http://www.babelmed.net/Pais/Méditerranée/geo_art.php?c=2405&m=34&l=fr (Traducción libre al español).

[4] GARCÍA, Inmaculada: “El mundo árabe es un espacio de modernidad compleja”. Entrevista a Catherine David. Diario de Sevilla, 22 de octubre de 2001. http://www2.unia.es/arteypensamiento02/ezine/nov01.htm

[5] TOUFIC, Jalal:  “Ruinas, en: Tamass, Beirut / Libano. Barcelona, 2002. Pág. 24

[6] MAKDISI, Saree: “Beirut/Beirut, en:  Tamass, Beirut / Libano. Barcelona, 2002, págs. 30-31

[7] GUERRA, Carles: “Remake libanés”, en: Cultura/s 239. Suplemento de La Vanguardia. 17 de enero 2007.

[8] Ibidem.

[9] DEBORD, Guy: La Sociedad del espectáculo. Párrafo 1. Pre-textos, 2000.

[10] BAUDRILLARD, Jean: La guerra del Golfo no ha tenido lugar. Editorial Anagrama, Barcelona 2001. Págs. 22-23

[11] Ibidem. Pág. 52