Goffman y la presentación de la persona en la vida cotidiana. Algunos apuntes acerca de la “Puesta en escena” del científico | RAFAEL PINILLA

 

El mundo es, en verdad, una boda…
Erving Goffman

 

Como sabe cualquier atento observador, en la vida las personas representan todo tipo de papeles -no sólo en las bodas-; y si el asunto se toma en serio, esto supone, entre otras cosas, concebir las relaciones humanas como aquel theatrum mundi lucianesco en el que la farsa de unos y otros vendría a ser el fundamento de toda sociedad. Precisamente Erving Goffman fue uno de esos atentos observadores que prestó especial atención al theatrum mundi de la vida diaria y sus entresijos; sus ideas se plasmarán en obras tan conocidas como La presentación de la persona en la vida cotidiana (1959), todo un clásico de lo que más tarde se definirá como “microsociología”.

En líneas generales, en La presentación de la persona en la vida cotidiana se analiza cómo los individuos se presentan (actúan) ante los demás (auditorio) en un establecimiento social determinado a través de su “puesta en escena” y “representación”. En el primer capítulo –Actuación-, se examina una de las cuestiones centrales de la obra: “la confianza en el papel que desempeña el individuo”; una confianza que se basa, principalmente, en la actuación personal de dicho individuo -con todo lo que ello implica- ante un auditorio específico. Se debería remarcar que una de las aportaciones del trabajo de Goffman es el estudio de establecimientos sociales aparentemente desvinculados de la actuación y la puesta en escena; y en este sentido no se olvida de casos supuestamente alejados de la actuación; de hecho, por las páginas de su libro vemos desfilar todo tipo de actores sociales que se las tienen que ver con sus respectivos auditorios: médicos, abogados, comerciantes, cocineros, y hasta enterradores.

Un  ejemplo de esta actuación aparentemente alejada de la puesta en escena es la que se da en el sistema científico; un sistema social que, a pesar de lo que pueda parecer en primera instancia, resulta totalmente indisociable de una determinada puesta en escena y de una determinada representación. Precisamente, la fotografía de Alfred Eisenstaedt en la revista Life (1948) que aquí utilizamos para retomar las ideas de Goffmann muestra al científico C. Guy Suits representando con su expectante y contenida actitud lo que se denomina en el primer capítulo “fachada” (front); esto es, una actuación que se da un medio concreto (setting) y que aparece vinculada a una apariencia y a unos modales específicos. En relación a esta fachada, Goffmann la define de la siguiente manera:

Será conveniente dar el nombre de fachada (front) a la parte de la actuación del individuo que funciona regularmente de un modo general y prefijado, a fin de definir la situación con respecto a aquellos que observan dicha actuación. La fachada, entonces, es la dotación expresiva de tipo corriente empleada intencional o inconscientemente por el individuo durante su actuación[1].

Un vistazo a la imagen en cuestión nos muestra con claridad a un científico en actitud científica, o lo que es lo mismo; lo que se entiende que tiene que ser el comportamiento de un sujeto científico con pretensiones de reconocimiento: un individuo circunspecto y concentrado en un trabajo intelectual o experimental que de manera explícita alude a unas competencias altamente especializadas. Aquí C. Guy Suits sujeta con su mano una placa y no mira directamente al objetivo, sino al experimento que en ese mismo momento se está llevando a cabo; su trabajo experto en ningún momento parece alterado por la presencia del fotógrafo: es más, se diría que el fotógrafo sólo ha querido registrar un tipo de “carácter científico”, independientemente del trabajo que éste pueda estar llevando a cabo. Así, la “situación científica” queda definida de manera elocuente a través de una precisa economía gestual e interpretativa donde se tiende a mantener en todo momento un determinado control expresivo.

 

Alfred Eisenstaedt, C. Guy Suits trabajando en el laboratorio de General Electric, 1948

Además de la “actitud científica” de C. Guy Suits, llama la atención el medio (setting) en el que se muestra -en el que actúa- ante la mirada del fotógrafo y por ende ante un auditorio potencial. Es más, se podría decir que el medio en el que se desenvuelve la actuación  en un establecimiento social determinado forma parte de la fachada (front) y suele estar definido por su relativa permanencia y estabilidad. El propio Goffman dice en relación al medio:

En primer lugar se encuentra el medio (setting), que incluye el mobiliario, el decorado, los equipos y otros elementos del trasfondo escénico, que proporcionan el escenario y utilería para el flujo de acción humana que se desarrolla ante, dentro o sobre él. En términos geográficos, el medio tiende a permanecer fijo, de manera que los que usan un medio determinado como parte de su actuación no pueden comenzar a actuar hasta haber llegado al lugar conveniente, y deben terminar su actuación cuando lo abandonan[2].

C. Guy Suits se encuentra inmerso en un medio científico, un medio de una estabilidad que se diferencia -no podía ser de otra manera- de otros medios igualmente fijos. En efecto, el entorno, la escenografía científica, implica un conocimiento experto que no todos los individuos poseen; estar en un medio científico y ser actor en dicho medio supone, además de estar aceptado por el sistema científico como sujeto-científico, el dominio y la relación constante con una utillería determinada, con una especie de “sistema de objetos” que en última instancia definen al sujeto y su profesión. Es evidente, por tanto, que un espectador ajeno se encontaría en ese “espacio denso” en un contexto que imposibilita -o por lo menos tiende a dificultar- debido a la propia configuración material del medio una lectura funcional, descartándose así posibles “descodifcaciones profanas”.

Sin embargo, no hay que olvidar que en este caso el medio científico y su relativa opacidad no sólo estaría estrechamente relacionado con una cuestión presencial y espacial, sino también comunicativa; o dicho en términos goffmanianos: con una “realización dramática” de la actuación que implica el dominio y el control de instancias sobretodo lingüísticas. Aquí, además de la puesta en escena, el uso de un determinado lenguaje científico y su gestión y difusión especializada -a pesar de las bienintencionadas intenciones de la “divulgación científica”- supone una de las señas de identidad del sistema científico. De hecho, sabido es que el uso de un determinado “orden del discurso”[3], además de posibilitar la definición de lo que es o no es científico, también ha servido para consolidar históricamente las pretensiones objetividad y veracidad con las que siempre se ha “representado” a sí misma la ciencia.

Esta “realización dramática” nos lleva ante lo que se había planteado al principio y que en este caso resulta de especial relevancia en comparación con otros establecimientos sociales. Porque posiblemente es en el seno del sistema científico donde mejor se acaba evidenciando el papel que juega la confianza a través de la “fe”. Ni que decir tiene que esta fe -fe que implica confianza “a ciegas” casi en términos kierkegaardianos- no tiene que ver únicamente con un mecanismo psicológico asentado de manera más o menos variable en los estados de conciencia de los individuos; de hecho, como bien conceptualizó Niklas Luhmann, la confianza (Zutrauen) supone un factor decisivo para la construcción de lo social, una construcción cuya articulación se basa en una sólida y continuada “expectativa de fe”[4].

Además del papel de la confianza y de la fe en la actuación con todas sus posibles interacciones en el cara a cara, también habría que situar el control de esa misma confianza en la consolidación del conocimiento experto. En el caso que nos ocupa la confianza juega un papel tanto interno como externo; se produce así una doble catexis en la que la confianza en las capacidades de función del sistema “clausura” -asegura- la confianza en la capacidad de sus controles internos para funcionar de manera estable[5]. Desde este punto de vista, se entiende que la imposibilidad de intervenir o de cuestionar “desde fuera” un establecimiento social determinado se fundamenta, sobretodo, por el “cierre” de ese mismo sistema -al margen de toda contingencia-; y es precisamente ante ese cierre donde se acaba depositando nuestra fe.

Pero ante estos factores donde la confianza se asienta, surge el interrogante del papel que juega y sigue jugando la imagen. Ni que decir tiene que Goffman da un paso más en la cuestión de la fe y de la confianza con lo que él denomina “actuación mistificada”, una actuación que se basa en una puesta en escena casi sacra de una determinada imagen: ahí estarían los ejemplos de la religiosidad o de las monarquías, constructos tradicionalmente auspiciados por un aparato iconográfico que ha consolidado tanto su imagen como su relación con el resto de la sociedad. De hecho, en el caso de la ciencia no resultaría díficil establecer una suerte de genealogía de su representación visual más o menos moderna; desde las imágenes de Vermeer –El Astrónomo-, pasando por David –El retrato de los Lavoisier-, hasta llegar a las recientes fotografías que aparecen en revistas y demás medios de comunicación masivos.

Sin necesidad de ser Historiador del Arte, se puede afirmar que la imagen de la ciencia no ha tenido el protagonismo que otros sistemas sociales han adquirido en la historia de la representación visual. Sin embrago, a pesar de este papel relativamente secundario, existen algunas evidencias formales e iconográficas que llaman la atención a un observador perspicaz; y es que, a diferencia de otros sistemas sociales -el sistema artístico, por ejemplo- parece que en el caso de la ciencia exista una relativa continuidad de la imagen del sujeto científico; una cuestión que posiblemente, además de estar relacionada con el rol social de la ciencia, también estaría condicionada en buena medida por la relativa estabilidad -independientemente de la evolución de los métodos y disciplinas científicas- que ha definido al sistema científico desde los inicios de la modernidad.

Dejando de lado indumentarias, aparatos, y entornos -partes integrantes de la fachada, que diría Goffman-, la imagen del científico que la representación moderna ha construido podría basarse en la misma representación de ese tipo científico que muestra la fotografía de Alfred Eisenstaedt de C. Guy Suits. En líneas generales, la representación que los artistas y los medios de comunicación han mostrado del sujeto científico se ha recreado en una serie de tópicos que con el paso del tiempo han ido perdurando con escasísimas variaciones. Precisamente, si se habla de actuación esos tópicos no serían otros que los que se han destacado en el caso que nos ocupa: actitud de dominio de competencias intelectuales, precisa economía gestual, o interacción en y con la fachada científica.

Más allá de las similitudes de esta especie de “recorte” del tipo científico, también se podría establecer una diferencia de carácter postestructuralista con las representaciones del pasado sacando a colación a Gilles Deleuze y Félix Guattari; porque como nos decían en su Anti-Edipo, la modernidad resulta indisociable de la articulación de un “conjunto de partida” de configuraciones o de imágenes producidas por el mismo sistema; a partir de ahí cabría entender a las personas privadas como imágenes de segundo orden: “imágenes de imágenes, es decir, simulacros que reciben así la aptitud a representar la imagen de primer orden de las personas sociales”[6]. Cabría preguntarse entonces, si la fotografía de C. Guy Suits es la materialización visual de una de esas imágenes de “segundo orden”; una imagen que, a diferencia de las representaciones de un pasado más o menos remoto -donde quizás el sujeto científico no estaría relacionado con una especie de simulacro- nos mostraría una de esas imágenes del conjunto de partida.

En cualquier caso, al margen de las posibles evoluciones de la imagen, los análisis de Goffman suponen un marco imprescindible para estudiar la representación de cualquier sistema social. Aunque sus aportaciones tengan que relacionarse con una serie de establecimientos sociales vinculados a un contexto histórico muy concreto -lo que él mismo denomina “sociedad angloamericana” de la segunda mitad del siglo XX-, es evidente que no estaría demás su reactualización; sobretodo si las situamos en una coyuntura en la que se ha ido consolidando una progresiva terciarización económica, y donde el fenómeno del Face-to-Face -y por tanto, las actuaciones ante auditorios de todo tipo- han ido adquiriendo cada vez más importancia en las sociedades del capitalismo avanzado. Por no hablar de la pertinencia que podría tener retomar las ideas goffmanianas para pensar esa apoteosis de la interacción virtual en las redes sociales que tanta literatura -por llamarlo de alguna manera- genera hoy día.

Porque en última instancia, el trabajo de Goffman nos vendría a decir con la maestría de los que se detienen en lo que todo el mundo sabe pero que por su cercanía suele pasar desapercibido, que esos individuos con los que inevitablemente tratamos a diario -independientemente de su ubicación espacio-temporal- se estarían moviendo por un viejísimo teatro. Un teatro que, si se nos permite un guiño brechtiano para finalizar, no es precisamente anti-aristotélico; por eso, nos gusten o no seguimos y seguiremos invitados a las bodas. Otra cosa es que, como a veces nos dice el sentido común, nos creamos lo que ahí se celebra.

 


1 Erving Goffman, La presentación de la persona en la vida cotidiana, Buenos Aires, Amorrortu, 2003, p. 34.

2 Íbid.

3 Michel Foucault, El orden del discurso, Barcelona, Tusquets, 1987.

4 Niklas Luhmann, Confianza, Barcelona, Anthropos, 2005.

5 Íbid., p. 101.

6 Gilles Deleuze y Félix Guattari, Anti-Edipo. Capitalismo y esquizofrenia, Barcelona, Paidós, 1985, p. 272.