El cumpleaños del arte: un recuerdo de Robert Filliou | PEDRO DONOSO

 

 

 

«Un pájaro es incomprensible. Un burgués es incomprensible.

Un pájaro engullido por un burgués es un platillo […].

Un burgués engullido por un pájaro es un milagro.»1

Robert Filliou

 

 

Cada día es un aniversario. Cada día hay algo que celebrar. Puede ser el nacimiento de algún famoso ocurrido hace siglos o la caída de un imperio antaño esplendoroso en una batalla perdida con la sangre de muchos. O puede ser algo menos rimbombante, algo que no amerite invocar a la gran Historia para pedirle que nos vuelva a contar ese mito según el cual avanzamos por el tiempo en busca de un destino redondo. Puede ser algo tan simple como la caída de una esponja en un cubo con agua.

 

Todo comenzó un 17 de enero, hace un millón de años.

Un hombre dejó caer una esponja en un cubo lleno de agua

El nombre de aquel hombre no tiene importancia.

Él ahora está muerto, en cambio el arte está vivo.

No se necesita dar nombres en esta historia.

Como decía, cerca de las 10 de la mañana de un 17 de enero, hace un millón de años, un hombre permanecía sentado en solitario junto a un arroyo.

¿A dónde van estas aguas – se dijo- y por qué?

¿Por qué corren o

por qué van allí donde van?

Ese tipo de cosas.

En mi caso, tuve una vez la oportunidad de observar a un panadero mientras trabajaba. Posteriormente también pude ver a un herrero y a un zapatero.

Trabajando.

Y pude percatarme de que el agua era esencial para su trabajo.

Pero tal vez lo que he visto no es importante2.

 

Hay formas más pedestres de jugar con los mitos del recuerdo y el destino, sugiere Robert Filliou. De hecho, la reivindicación de lo ‘impresentable’ es uno de los anhelos posibles de la labor artística: desde que el trabajo del artista dejase de estar directamente supeditado al mimetismo, sus acciones se plantean como una forma de reconvertir el mundo. Las implicaciones políticas son inmensas, claro. Y del todo inevitables. La resistencia a doblegarse ante una jerarquía histórica concreta, la huida del museo de la historia que alberga las conquistas y pérdidas de las generaciones que nos han precedido es la mejor reivindicación de la vida del arte.

 

Eso fue lo que el ciudadano Robert Filliou (1926-1987), poeta y artista de origen francés y educación norteamericana, proclamó ‘con toda discreción’: una nueva forma de insubordinación ante la gravedad histórica circundante. Con un planteamiento tan transparente como revolucionario, Filliou abre la posibilidad de alterar las formas del recuerdo para producir un presente más ‘divertido’. La propia carrera de Filliou no fue, en ningún caso, la de un profesional del arte. Graduado en Economía en la Universidad de California en Los Angeles, trabajó en el programa de la ONU para la recuperación económica en Corea, después del devastador conflicto fratricida que asoló a la nación asiática durante tres años y dos días. Quién sabe hasta qué punto la confrontación directa de la división sufrida en aquel país contribuyó a su concepción artística. En cualquier caso, algunos años más tarde Filliou comienza su inclasificable periplo vital en el que, entre otras cosas, proponía la abolición de las fronteras y el intercambio de los monumentos levantados a los héroes y próceres entre los distintos países. Es el caso de Commemor (1970), trabajo de fotomontaje presentado en la Neue Galerie de Aquisgrán; un «intercambio ficticio de monumentos a los muertos entre Sittard (Holanda) y Verviers (Bélgica)».

 

Hacer intercambiable los espacios monumentales y reinventar las condiciones de interpretación de la Historia es un gesto preciso y sutil que desmonta el funcionamiento de una tradición milenaria mediante una operación estratégica que deje al descubierto nuestro rudimentario fetichismo, ese deseo tan religioso de encontrar una presencia transubstanciada detrás de un objeto ceremonial. Posiblemente el señor Marcel Duchamp, gran ajedrecista, fue quien abrió esta ruta a base de orinales y novias bajando escaleras. Y Filliou es, seguramente, uno de sus seguidores más destacables.

 

En realidad, Filliou no tenía mayor interés en sobresalir como creador o como artista de talento. Al contrario, su divisa era pensar en sí mismo como un ‘genio sin talento’, alguien capaz de entregarse con la debida pasión al juego de la creación de manera que pudiésemos recuperar el vínculo inherente entre el arte y la vida. «Simplemente pienso que ser un hombre o una mujer ya es ser un genio, aunque la mayoría de la gente se olvida de esto porque están demasiado ocupados en sacarle partido a su talento»3. Cada ciudadano/a tiene la posibilidad de participar en el espacio creativo una vez que se deroga la exaltación del artista como un iluminado. En contraste con el sistema tradicional, en el que la ‘obra’ se plantea sobre todo como un objeto acabado que exige una relación de contemplación pasiva por parte del espectador, Filliou trata de fomentar una actitud participativa y lúdica que dé paso a un proceso de Creación Permanente. Un trabajo puede estar bien hecho, mal hecho o no hecho: éstas no son categorías absolutas sino las formas en que una obra cumple con la expectativas que plantea. Con esto, Filliou termina de remecer la forma tradicional de recepción del trabajo del arte basada en el especialismo.

 

En este contexto, uno de los gestos más recordados y que busca recomponer la unión natural entre el arte y los acontecimientos habituales de la existencia diaria, es la instauración del ‘cumpleaños del arte’. Coincidiendo con la fecha de su propio nacimiento, Filliou propone la celebración del nacimiento como un acontecimiento de índole pedestre. Una simple ocurrencia que convierte, sin embargo, un día cualquiera en un deseo de cambio.

 

Cuando en 1965 junto a su socio George Brecht, fundan la galería La Cédille qui sourit (La cedilla que sonríe) en la localidad costera de Villefranche-sur-Mer –no lejos de la ciudad de Niza– se proponen desarrollar esta versión distendida de trabajo artístico. Por lo mismo, el taller suele pasar los días con sus puertas cerradas, a menos que por expresa petición de algún interesado se proponga alguna actividad. Una vez dentro, se puede intentar de todo, desde inventar objetos hasta escribir poemas postales para ser enviados a destinatarios lejanos. Contar chistes era otro de los departamentos. Al parecer, los artistas pasaban buena parte del tiempo reunidos en el café más cercano, junto a otros participantes, para conversar y hacer bromas. En opinión de Filliou, era allí donde surgían las mejores ideas. Precisamente, el arte concebido como una actitud lúdica que reactiva las posibilidades de encontrar nuevos sentidos que, en lugar de rendir pleitesía a una serie de objetos que duermen protegidos al amparo de una tradición arbitraria y jerárquica.

 

L’Esclave:

 

Enlaces:

http://www.facebook.com/group.php?gid=113693995330

http://www.artpool.hu/Fluxus/Filliou/Poiproject2.html

 

Notas:

 

1Filliou, Robert; Four dimensional space time continuum. “Teaching and Learning as Performing Arts, Part 2, Video 1979” Web. 20 dic. 2011 <http://www.newmedia-arts.info/cgi-bin/f2oeu.asp?ID=150000000034719&lg=FRA&VTEST=>

2Filliou, Robert; Histoire Chuchotée de l’Art. Web. 20 diciembre 2011. <http://www.arachnis.asso.fr/DORDOGNE/VIECULT/ARTISTES/FILLIOU/Fillio0.htm> Mi traducción.

3Entrevista a Robert Filliou en el catálogo de la exposición Robert Filliou, COMMEMOR, Neue Galerie, Aix-la-Chapelle, 1970.