I Foro Internacional de Espacios para la Cultura | MONSERRAT PIS MARCOS

Santiago de Compostela, 8/11 al 10/11

Entre los días 8 y 10 del pasado mes de noviembre se celebró en la Cidade da Cultura de Galicia el I Foro internacional de espacios para la cultura, que congregó a representantes de algunas de las instituciones culturales más destacadas del panorama mundial. Durante tres días, en el auditorio de la Biblioteca de Galicia pudieron escucharse las voces de delegados del MoMA, el CCCB, la Smithsonian Institution, el Centro Niemeyer, el Barbican Centre, La Casa Encendida o la Fundación Gulbenkian.

No obstante, el encuentro de estos reputados profesionales comenzó su andadura paradójicamente con un desencuentro y una ausencia. El desencuentro lo protagonizaron los algo más de cien manifestantes que aprovecharon el eco mediático del foro y la presencia en la inauguración del presidente de la Xunta de Galicia, Alberto Núñez Feijoo, para dar visibilidad a sus reivindicaciones. La ausencia, muy lamentada, fue la del ponente inaugural.

La protesta, prácticamente ausente de los medios de comunicación, aglutinaba a trabajadores relacionados con las artes escénicas para denunciar la difícil situación que atraviesa el sector, debida en gran medida a los impagos por parte del gobierno de la comunidad [1]. Paralelamente, el doctor Ismaïl Serageldin, director de la Biblioteca de Alejandría, no pudo asistir al foro debido a la delicada situación que atraviesa Egipto. Su e-mail de disculpa se leyó ante los participantes aumentando aún más, si cabe, la decepción por no haber tenido la oportunidad de escuchar en directo a su autor. En su respuesta hablaba de la nueva sociedad del conocimiento, y esta sirvió como síntesis de una conferencia que podría haberse aproximado a esta:

 

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En su lugar, la organización programó una visita guiada al pre-inaugurado Museo de Galicia, tercero de los edificios en entrar en funcionamiento en el Gaiás y cuyas colosales dimensiones levantaron más de una ceja a mi alrededor. Los asistentes escuchamos con atención las explicaciones de nuestra guía sin apenas realizar observaciones, pero una vez en el ascensor – ya de regreso al auditorio – finalmente alguien formuló con timidez la pregunta que flotaba en el ambiente: “¿Y cuánto dinero dice que se ha gastado aquí?”.

Así pues, el Foro Internacional de espacios para la cultura se inició con dos vivos recordatorios de que hablar de cultura, y de los espacios en que esta habita, implica no perder jamás de vista el complejo contexto político y socioeconómico en el que se inscribe. Al mismo tiempo, constituyó un clarísimo ejemplo de esa máxima circense que todos los que trabajamos en este ámbito debemos aplicar más a menudo de lo que deseáramos: el espectáculo debe continuar.

Las sesiones se estructuraron en torno a diferentes conceptos, relacionados con las diversas funciones que cumple una institución de carácter cultural: visitar, explorar, aprender, crear, intercambiar y sumar. De este modo, Natalio Grueso, director gerente del Centro Niemeyer y Allegra Burnette, directora creativa de medios digitales del MoMA, se hicieron cargo de Visitar; José Guirao, director de La Casa Encendida y Louise Jeffreys, directora de programación del Barbican Centre, fueron los designados para Explorar; Rui Vieira, director de Educación para la Cultura de la Fundación Calouste Gulbenkian y Frank Madlener, director del IRCAM, hablaron de Aprender; Sheryl Kolasinski, directora de operaciones y infraestructuras de la Smithsonian Institution y Josep Ramoneda, director del CCCB, se centraron en Crear; Susan Sollins, directora ejecutiva y comisaria de Art21, optó por Intercambiar, y finalmente Bruno Assami, superintendente ejecutivo del MASP, disertó sobre Sumar[2] .

 

Interior de la Cidade da Cultura. Foto: Victoria Rodríguez González

Dado lo variado de las ponencias y lo heterogéneo de las instituciones representadas en el foro, resulta complejo ofrecer unas impresiones unitarias del conjunto de las tres jornadas que duró el encuentro. Quizás uno de los aspectos que compartieron prácticamente todas las sesiones fue su carácter genérico sobre áreas concretas pero sin entrar apenas en detalles acerca de la implementación de los proyectos presentados o su justificación teórica, mientras que aquellas más abstractas suscitaron dudas en el auditorio sobre su aplicación práctica en contextos determinados. Es indudable que en cincuenta minutos resulta difícil aunar profundidad teórica y concreción práctica, pero a pesar de esto quizás se echó algo en falta disponer de más información sobre el funcionamiento tras las cámaras. Sin embargo, durante las sesiones fueron surgiendo una serie de ideas que considero necesario destacar, no tanto por su novedad cuanto por su recurrencia en el ideario de instituciones tan diferentes y alejadas entre sí.

1. La búsqueda de la excelencia fue uno de los puntos más mencionados, aunque fuese de pasada en algunos casos. La excelencia, esa palabra actualmente tan de moda, que aquí todavía nos suena a trasnochado tratamiento de cortesía y que en los últimos tiempos se ha venido convirtiendo en arma arrojadiza para justificar actuaciones políticas en materia cultural y educativa. La persecución de los mejores estándares de funcionamiento es uno de los objetivos citados por los representantes del Barbican Centre, de la Fundación Calouste Gulbenkian, de la Smithsonian Institution, del CCCB o del Centro Niemeyer. Nótese que la mayor parte de los ponentes que citaron este concepto provienen de centros foráneos. La excelencia es un término muy políticamente correcto – a fin de cuentas, ¿qué centro cultural, empresa o individuo no aspira a obtener los mejores resultados en esta sociedad competitiva en la que vivimos? – pero extraordinariamente vago y relativo a la hora de transformarse en actuaciones concretas. Cabe preguntarse, entonces, cuáles son los criterios de evaluación de dicha excelencia para cada una de las instituciones mencionadas y en qué medida la persecución de la misma afecta, positiva y negativamente, a sus políticas de programación, investigación o comunicación. ¿Es la excelencia un objetivo alcanzable para todo espacio cultural independientemente de su envergadura? ¿Es sinónimo de inclusión o de exclusividad? Si se potencia la excelencia por encima de todo, ¿qué sucede con las manifestaciones o los espacios culturales que no se consideren de ese nivel?

2. El imperativo de adoptar soluciones individualizadas para cada caso fue también un punto en común entre los discursos del Centro Niemeyer, La Casa Encendida, el Barbican Centre, el MoMA y el CCCB. Tanto Natalio Grueso como José Guirao, Louise Jeffreys, Allegra Burnette y Josep Ramoneda enfatizaron la inexistencia de recetas infalibles en materia de espacios culturales. Esta idea es, por supuesto, uno de los mayores consensos en la gestión cultural actual, pero en el caso y el contexto que nos ocupa adquiere una mayor relevancia. Natalio Grueso hizo especial uso de la noción de especificidad no solamente para justificar la vigencia del concepto que inspiró el Centro Niemeyer – cuya delicada situación no se mencionó en ningún momento – sino también para desmarcarse de suspicacias que vean en alguno de estos proyectos un intento por imitar el “efecto Guggenheim”.

Pero recurrir al mantra de “cada caso es único” resultó además doblemente socorrido en este foro en particular puesto que constituyó la respuesta tipificada con la que replicar a las cuestiones que aludiesen directamente a los usos o el futuro de la CdC. No en vano, la aseveración de Grueso acerca de poner el continente al servicio del contenido y planificar ambos conjuntamente, aunque aludiese al Niemeyer, suscitó sonrisas irónicas entre los asistentes.

3. Establecer fuertes relaciones con la comunidad local fue otro tema al que los ponentes concedieron especial importancia. Tanto José Guirao como Josep Ramoneda citaron esta característica como uno de los factores fundamentales del éxito de sus respectivos feudos; Grueso destacó, quizá con excesiva autocomplacencia, el papel desempeñado por el Niemeyer en la potenciación de la autoestima de los avilesinos, y Louise Jeffreys mencionó especialmente la labor de integración de habitantes del deprimido East End londinense en las actividades del Barbican. Nada nuevo bajo el sol. Una vez más, miradas escépticas entre el público compostelano presente.

Fue precisamente al hilo de este discurso como surgió la única pregunta vinculada con los centros socioculturales autogestionados, y más concretamente acerca del Laboratorio de Lavapiés y Tabacalera. No deja de ser una ausencia llamativa que dado que el panorama actual está escorado hacia la crítica institucional no se contemplase la posibilidad de incluir formas alternativas de gestión de espacios culturales que complementasen a las universalmente conocidas. No obstante, quizás la invitación de centros de menor envergadura hubiese desvirtuado la estrategia de legitimación por equiparación que indudablemente reside bajo la organización en la CdC de un foro de estas características.

4. Con mayor o menor explicitud, prácticamente todas las instituciones participantes en las sesiones mostraron su apoyo a las nuevas tecnologías y a la web 2.0. Josep Ramoneda inició su intervención hablando de aceleración tecnológica y de la necesidad de que las instituciones culturales se esfuercen por seguir el ritmo que marca una sociedad hiperconectada. Rui Vieira, del Gulbenkian, fue en cambio más cauto al manifestar que no les gustaría entrar de lleno en las redes sociales sin asegurarse previamente de que pueden garantizar la continuidad de su presencia en ellas. Como resumió Josep Ramoneda muy ingeniosamente en su intervención: “utiliza un medio cuando lo necesites, no lo utilices por principio”.

En el extremo opuesto, la impecable puesta en escena de Allegra Burnette nos recordó que el futuro de los espacios culturales se extiende más allá de su propia existencia física para prácticamente materializarse de nuevo a través de la web en las pantallas de cada uno de nosotros. Su ponencia acerca de las diversas iniciativas del MoMA para estar presente en la red resultó muy inspiradora, si bien muchas de ellas estaban formuladas en un formato relativamente tradicional para uno de los buques insignia del arte contemporáneo.

Susan Sollins, de Art21, realizó una interesante intervención que puso de manifiesto cómo un proyecto originariamente muy pequeño puede, gracias a las nuevas tecnologías, evolucionar hasta convertirse en un referente de documentación y educación artística para el público estadounidense [3].

5. La relevancia de la educación y del aprendizaje continuo es otro de los nexos compartidos entre ponentes. El MoMA está volcando contenidos educativos de manera constante en su página web y el Barbican Centre ha establecido una colaboración permanente con la Guildhall School of Music & Drama con el fin de complementar sus respectivas actividades; uno de los cuatro pilares en los que se asienta La Casa Encendida es la educación, al igual que el Centro Niemeyer, quien nació con la idea de pedir la colaboración de los distintos premiados en los Premios Príncipe de Asturias no solamente en la programación de actividades, sino en la participación del público en las mismas. Mención aparte merece la Fundación Calouste Gulbenkian, quien con sus 18,3 millones de euros anuales destinados a la educación en sus diversas facetas hace palidecer a prácticamente cualquiera de nuestras instituciones (a modo de ilustración, el departamento de programas educativos del Museo Nacional Centro de Arte Reina Sofía funciona con un presupuesto anual inferior a 200.000€). Una vez más, el apoyo a la educación es, como la búsqueda de la excelencia, un objetivo claramente popular e imprescindible en la cartera de cualquier institución cultural de prestigio. Sin embargo, las palpables diferencias en inversión entre unos centros y otros son las que verdaderamente ponen de manifiesto la importancia real de dichos programas para la institución en cuestión, y lamentablemente en este frente las comparaciones son odiosas.

Paralelamente, el IRCAM presentó la única ponencia relacionada estrictamente con la investigación dentro de un espacio cultural, evidenciando una vez más que esta sigue siendo la parte menos visible y menos potenciada dentro de la estructura cultural actual, en la que investigación y creación+exhibición+difusión siguen todavía existencias paralelas.

Del mismo modo que el foro se inició con una demostración práctica y por partida doble del agitado clima político en el que nos hallamos, la situación económica actual tampoco se quedó fuera del auditorio de la Biblioteca de Galicia. Si bien la mayor parte de los ponentes aludieron a ella casi de puntillas, Josep Ramoneda fue quien finalmente le puso el cascabel al gato para denunciar no solamente la crisis de nuestros modelos económicos o políticos, sino también el apolillamiento de nuestra escala de valores, cuya existencia está intrínsecamente ligada al mundo de la cultura y de la educación. Con una lucidez encomiable y grandes dosis de sarcasmo, Ramoneda explicó que el CCCB es “una forma de estar en el mundo” y que la fuerza de las instituciones culturales está en su capacidad de crear y de adaptarse a los cambios. En un desafortunado giro de los acontecimientos, uno de esos cambios a los que adaptarse será precisamente la falta de continuidad del propio Ramoneda al frente del CCCB a partir del próximo 31 de diciembre [4].

Las instituciones culturales participantes en el foro no disponen de las soluciones a la crisis, pero sí trajeron propuestas para combatirla. Por un lado, el Barbican Centre, el Centro Niemeyer y el MASP abogaron por la autosostenibilidad, al tiempo que el CCCB, La Casa Encendida y nuevamente el Niemeyer citaron la autoproducción como una herramienta para minimizar los gastos de programación. Finalmente, el trabajo en red o la búsqueda de socios fue otro de los recursos mencionados por esas mismas instituciones y por el Barbican Centre.

La preocupación por el mercado de trabajo en el mundo de la cultura también saltó a la palestra a través de preguntas sobre el tamaño de los equipos de trabajo de varios de los centros participantes, cuyas dimensiones resultaron en ocasiones sorprendentemente pequeñas: según Natalio Grueso, el Niemeyer tiene solamente cinco empleados fijos y dos becarios. Todo lo demás está externalizado. Si bien nadie planteó este tema durante los debates, habría sido interesante reflexionar acerca de este reciente afán por externalizar cuanto sea posible, y en las repercusiones que este proceso tiene para la identidad de los espacios culturales. En cualquier caso, todos los ponentes convinieron en que la situación económica es tan compleja que incluso las instituciones aparentemente más consolidadas se enfrentan al fantasma de recortes vitales para su funcionamiento.

En resumen, el Foro internacional de espacios para la cultura no aportó ideas realmente innovadoras pero sí pintó un mosaico bastante completo del estado presente de distintas instituciones nacionales e internacionales. Los grandes centros culturales son ambiciosos y perfeccionistas, disponen generalmente de sólidos apoyos financieros y de buenas redes de trabajo con otros espacios de características afines. Reunir a varios de ellos en el mismo marco espacio-temporal es un interesante ejercicio de similitudes y diferencias de las que tomar ideas o líneas de trabajo.

La función de este tipo de eventos es el intercambio, la generación de debates e interrogantes que muchas veces no tienen lugar en el recinto del auditorio sino en la pausa del café o con posterioridad al mismo. A diferencia de lo que parecieron sugerir algunas de las preguntas lanzadas durante los tres días de duración del foro pidiendo ideas para los usos y el futuro de la CdC, considero que no es tarea ni del MoMA, ni del Barbican o del Niemeyer dar respuestas a esas dudas. Nos guste o no – y en este momento hablo no solamente como historiadora del arte o gestora cultural sino como compostelana – la CdC es una realidad a la que es nuestra responsabilidad hacer frente. Las soluciones, si las hay, se deben pensar y aportar desde el auditorio en vez de aguardar a que nos iluminen desde el estrado. Poner en cuestión el proyecto y su legitimidad es por supuesto un deber y una necesidad, pero quizás las preguntas debieran haber sido: “Tenemos este proyecto X para dar sentido a la CdC. Dada su experiencia en este ámbito, ¿cómo abordaría usted su implementación?”.

Pero volviendo al tema, y ya para concluir, se suele decir que la mejor manera de obtener buenas respuestas es plantear las preguntas adecuadas. En este sentido, el foro ha ejercido simplemente como punto de partida para las reflexiones y cuestiones que cada uno de nosotros – individualmente o en red – decida plantearse. Posiblemente no debiese aspirar a nada más. Ni a nada menos.

Todas las conferencias del FIEC están disponibles online aquí.

 

Notas

1 Diario El Mundo, 08/11/11

2 Programa del I Foro Internacional de Espacios para la Cultura

3 Web de Art21

4 Revista Hoy Es Arte, 17/11/11