El prestigio del arte | RAFAEL PINILLA


Left: González-Sinde de paseo por una “expo” en la antigua Tabacalera de Madrid. Right: Sea ud. creativo…y bébase una C

Laudamus te, Benedicimus te, Adoramus te, Glorificamus te…

 

Como se sabe, la ambigua opinión que tenía Platón del arte -imitaciones de segunda categoría al margen- oscilaba entre la divina locura que poseía al artista y creaba una suerte de comunidad con todo aquel que se aproximara al arte (Ión), y el aturdimiento que éste podía provocar en el esforzado ciudadano que debía estar por asuntos más serios (La República). Ambigua opinión, que no obstante, constata la importancia que concedía al arte el venerable filósofo ateniense. Dejando de lado los gloriosos tiempos de las Ideas, cualquier observador de eso que se llama estética podría afirmar -sin que nadie o casi nadie le contradiga- que a partir del siglo XVIII esa importancia se acrecentará hasta límites insospechados. La historia de ello es bien conocida: el genio artístico sobrevolará por encima de las cabezas más ilustres de la época (Kant, Schopenhauer, Nietzsche…) para finalmente instalarse cómodamente en el “sentido común” de media humanidad.

Un sentido común -ideología-, que a pesar de la benjaminiana apelación a un arte postaurático, ha acabado consagrando la (omni)presencia y el “prestigio” social de lo artístico; de hecho, nunca hasta ahora el arte había tenido tanta ubicuidad llegando a contaminar áreas antaño relativamente impermeables a lo estético. Este fenómeno, determinado en buena medida por un complejo proceso de des-diferenciación (esto es, se intensifica la interrelación entre esferas más o menos autónomas) ha propiciado una especie de “condición difusa” del arte que, paradójicamente, neutraliza lo que Cristoph Menke denomina su fuerza[1]. Sin embargo, a pesar de esta “tendencia debilitadora” -simplificándola aquí: a más presencia, menos potencia- el arte sigue gozando de un reconocimiento social inquebrantable; un reconocimiento que de una manera u otra vendría a decirnos que el arte y todo lo que tiene que ver con su área de influencia nos hará a todos mejores personas.

Evidentemente, desde aquí no vamos a desmentir un universal de tanto peso. Aunque no por ello se debería pasar por alto algún que otro “efecto colateral” de un prestigio que va más allá de la cultura oficial o de las reivindicaciones de sectores alejados ideológicamente del mainstream político-cultural (p.e. ¿sofisticada forma de gubernamentabilidad?, ¿apoteosis de la cultura-espectáculo?, ¿gentrificación?). Y no perder de vista dichos efectos quizás pase por reivindicar cierta iconoclastia; por eso mismo, no estaría demás reconciliarse con aquellos irreductibles que de una manera u otra sospecharon -debido a motivos de diversa índole- del papel de la (sobre)dimensión estética o del “abuso de arte”.

Por ejemplo, ahí está la figura de Kierkegaard que emerge como un atípico caso de disidencia en un panorama intelectual en el que el compromiso con lo artístico llegaba a provocar desmayos; como réplica a los excesos teóricos de Hegel, el programa kierkergaardiano y sus famosos tres estadios dejará a la estética -o mejor dicho, a la vida estética- a la miserable altura de la inmediatez más superficial[2]. Mucho más tarde, en una línea diametralmente opuesta a la desconfianza en lo estético y lo que a ello se pudiera vincular, la sociología de Bourdieu desenmascarará un “amor al arte” supuestamente desinteresado como habitus que tiende a reforzar las desigualdades sociales: los gustos en relación al arte -y la cultura en general- no son tan inocentes como algunos filisteos aún hoy día siguen pensando.

Pero no sólo desde la filosofía o la sociología se cuestionará el papel de la estética o del arte: a lo largo del siglo XX las propias prácticas artísticas harán suya una militante autonegación que llevará a aquella modernidad heroica hasta los límites del no-retorno. Dadá, Duchamp o el Situacionismo son ejemplos de una clarividencia iconoclasta que, queriéndolo o no, actualizarán un Fin del Arte en el que la abolición de todo referente “artístico” conducirá a una especie de descreación. De hecho, seguramente ese ejercicio de autocuestionamiento sea uno de los fundamentos del proyecto moderno; por eso, si como se dice se ha finiquitado la modernidad, es comprensible que semejantes pretensiones hayan quedado relegadas a ejercicios de recuperación nostálgica.

Aunque a pesar de aquellos ilustres esfuerzos, no nos queda más remedio que asumir que los gestos iconoclastas y sus simulacros se han incorporando de una manera u otra al inmenso aparataje institucional; un aparataje que, independientemente de las crisis y de los recortes presupuestarios, sigue insistiendo en presentarnos al arte y a la creatividad -del artista/productor y últimamente del espectador/consumidor- como el mejor de los mundos posibles. En este sentido, la doxa dominante y sus complacientes voceros no paran de recalcar que quien no tiene talento creativo o es un paria o un pobre hombre[3]; junto a ello, publicistas, diseñadores, modistos, cocineros, y demás  bohemia postmoderna (o parte de esa Creative Class que diría Florida) han decidido contribuir con todas sus energías a que las cosas que nos rodean sean, sino bonitas, al menos -como dice la lamentable jerga periodística- que no nos “dejen indiferentes”.

Ante este panorama, resulta tentador vincular el “fin de las ideologías” -las viejas ideologías, claro- con este imparable proceso de estetización; en cierta manera, Rüdiger Safranski confirma esta intuición, cuando a propósito de los referentes de las recientes protestas en Madrid, Barcelona y otras ciudades españolas, afirma que la cultura pop estaría jugando un papel más importante que la “alta filosofía”[4]. Por lo pronto, desde aquí somos un tanto escépticos respecto a la importancia política de semejantes referentes; está por ver de lo que es capaz el pop. O en términos de mayor alcance: está por ver de lo que es capaz tanto arte.


[1] Cristoph Menke, Kraft. Ein Grundbegriff ästhetischer Antropologie, Frankfurt, Suhrkamp, 2008.

[2] Seguimos aquí a Terry Eagleton: “Una de las muchas excentricidades de Kierkegaard es su actitud hacia lo estético. De entre los grandes filósofos, desde Kant hasta Habermas, él es uno de los pocos que rechaza conferirle un valor predominante o estatus privilegiado (…) Tanto para él como para los primeros que reflexionaron sobre este discurso, la estética no se refiere en primer lugar al arte, sino al conjunto de la dimensión existencial de la experiencia material, significando una fenomenología de la vida diaria previa al momento en el que llega a convertirse en producción cultural”, Terry Eagleton, La estética como ideología, Madrid, Trotta, 2006, pp. 239 y 240.

[3] Thomas Osborne, “Against Creativity. A Philistine Rant”, en: Economy and Society, vol. 32, nº 4, 2003.

[4] “La rebedía de hoy no necesita filósofos”, entrevista a Rüdiger Safranski en: Diario Público, 28/05/2011.