Reacción, reacciones: lo que ha quedado de una obra de Jorge Macchi | VICTOR DA ROSA

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Jorge Macchi. Reacción, 2010

En la inauguración de una exposición colectiva, Of Bridges & Borders –en cartel en la Fundación Proa, de Buenos Aires, desde el día 22 de enero– un accidente casual, curioso, ha abierto un debate que nos remite, por las direcciones más imprevisibles, a una polémica en torno al arte contemporáneo, a saber: la escritora y periodista argentina Matilde Sánchez, autora de una novela llamada Los daños materiales, tropezó con una obra de Jorge Macchi, una obra frágil, hecha de vidrio soplado, e hizo de la pieza, al final, un puñado de restos.

Toda esta situación, por otro lado, como si estuviera preparada, sugiere una ficción: la pieza de Macchi, titulada Reacción, ubicada exactamente en el medio de la sala, pero casi invisible, consiste justamente en un cercado, una barrera a escala real –de vidrio, transparente, repetimos– típica de los piquetes, que bloquea por tanto el paso, tal y como señaló la propia Sánchez en un texto publicado en el Clarín; pero también incita a derrumbarla. De hecho, el título de la obra, que en un principio hace alusión al propio imaginario bélico que la pieza sugiere –aunque sea a través de la ironía – pasa a cobrar otro énfasis tras el accidente: la reacción de la reacción. Por otro lado, pues se trata de reacciones, la situación parece también exigir un posicionamiento del propio Macchi: ¿el artista debe permitir que la obra (o su vestigio, en realidad) permanezca en la exposición? o, al contrario, ¿debe retirarla?

Of Bridges & Borders es una exposición que busca enfrentar conceptualmente el espacio autoritario de la frontera a partir de dos nociones y un juego de palabras, como se quiera: puentes y fronteras. En este contexto, digamos que tanto la Reacción de Jorge Macchi como la reacción de Matilde –el accidente—se vuelven aún más significativos, precisos: si la pieza de Macchi deja de ser un objeto autoritario justamente para ser ironizado a través de la fragilidad de su material –construyendo una imagen ambivalente, inacabada y abierta, por tanto– entonces es como si el accidente fuese necesario, inevitable. En otras palabras, el accidente no hace más que actualizar aquello que en la obra era ya latente: su destrucción. Debemos recordar, nuevamente, que la pieza de Macchi –otra ironía– estaba posicionada exactamente en el medio de la sala. La pregunta de Daniel Link, en una provocación publicada en su blog, es muy pertinente: ¿De qué estamos hablando?: ¿de arte o de propiedad?

La reacción de Macchi, de esta manera, parece responder a la pregunta de Link –que no deja de ser también la pregunta de Roland Barthes reformulada en otros términos—: ¿queremos tratar de texto o de obra? Al reivindicar que el resto de su Reacción fuese retirada de la exposición, horas después del accidente, según informa la propia Matilde Sánchez en su confesión, el artista parece abrir la mano para llevar la relación entre arte y accidente, tan presente en toda su trayectoria, para decir lo mínimo, a situaciones más extremas. No necesitamos, creo, llegar al punto de defender una co-autoría de Matilda Sanchez con Jorge Macchi; al final, además de considerar la solución simple y cerrada, no estamos tratando de propiedad, de derechos de autor. Por otro lado, Macchi debe tener la consciencia, sin ironía, de que está pisando en vidrios.


Jorge Macchi. Buenos Aires Tour, 2003

El vidrio, de hecho, sea por su fragilidad física o por la transparencia, aunque sea frecuentemente usado para proteger las obras, separarlas de la vida, como recurso de control mismo, posee también la cualidad de poner en riesgo un sistema formal: en cualquier momento algo se puede romper. La rotura en El Gran Vidrio, de Marcel Duchamp, en este sentido, se vuelve inaugural, pero no es el único caso. En Brasil, quizás Nuno Ramos –que además, recientemente, ha publicado un libro titulado El Malo Vidriero– el artista que más ha investigado las posibilidades escultóricas del vidrio, casi siempre representando cierto riesgo, pero A través, gran instalación de Cildo Meireles, aún debe ser el ejemplo más contundente. En Buenos Aires Tour, a la vez, libro del propio Macchi, las líneas de rotura de un vidrio, posicionado sobre un mapa de Buenos Aires, sirven como itinerarios alternativos de la ciudad, que son explorados poéticamente por el artista.

Sin embargo, la comparación entre el accidente en la Fundación Proa y El Gran Vidrio, comparación sugerida por Ricardo Jarne, de todo, parece un despropósito. La noción de accidente en la obra de Macchi, sumado a una fuerte estructura formal, en que la visualidad debe aparecer antes de la experiencia, es más un tema que exactamente un procedimiento; en resumen: si Duchamp, con el accidente en su pintura, hace del acaso un principio de composición, Macchi parece interesado en el accidente como un principio formal, que debe ser controlado. Del resto, la intervención institucional –tanto del Museo, institución esencialmente modernista, como de la aseguradora, institución hiper-contemporánea, digamos –tiene su peso en el debate: después del accidente, la obra de Macchi fue tasada en dólares: cincuenta mil– y los restos de su pieza, salvo error, continuarán en la Fundación por ordenes de la aseguradora.

A fin de cuentas, la opción del artista de eliminar la prueba del crimen, al cerrar una imagen abierta, parece enfatizarse en su obra, Reacción – y digo literalmente – lo que hay de más impropio en su propio nombre: el sentido de reaccionario.