Rebajas de Vídeo-arte! El pirateo de Filé de Peixe | LUCILA VILELA

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“No importan los derechos de autor, no haga caso de eso, ni piense en eso, ignórelo.” En una charla del Seminário de Jornalismo Cultural, organizado por la institución Itaú Cultural en São Paulo, el poeta norte-americano Kenneth Goldsmith, creador de UbuWeb, probablemente el mayor archivo de arte de vanguardia en internet, ha dejado clara su posición. Además, ha apuntado los problemas de mediadas como las de Youtube, que censura la pornografía, entre otras cosas, controla los derechos de autor e impone límites de tiempo de exhibición.

Dijo no interesarse por redes sociales, de manera general, pues son todas administradas por empresas, con intereses propios, y casi ninguna plataforma en internet 2.0. “Afrontémoslo, si tuviésemos que tener el permiso de todas las personas que aparecen en UbuWeb, no existiría UbuWeb”, escribe en la web. Kenneth ha criticado a los artistas contemporáneos que producen como si internet no existiera, incluso como una idea, y ha declarado, casi en el final de su charla, su admiración por la poesía concreta, justamente por la apropiación. “Todo lo que estamos diciendo aquí, lo dijeron los poetas concretos hace ya cincuenta años”, afirmó.

Es a partir de este debate, tan fundamental para la cultura contemporánea como espinoso, que se puede entender la acción conocida como Piratão, del colectivo Filé de Peixe, de Rio de Janeiro. Evento en forma de performance, el Piratão consiste en comercializar vídeo-arte –de artistas consagrados y emergentes, nacionales e internacionales– a través del comercio informal ambulante. Tanto el precio de los vídeos, 3 por 10 reales (cerca de 4 euros), libremente inspirado en los mercados populares de Uruguaiana (RJ); como su apariencia tosca, con telas de alambre, envases de plástico, fundas fotocopiadas; y finalmente la manera de venderlos, a través de anuncios realizados con un megáfono, todo se mueve por apropiación, y no por simulación, de la piratería.

La estrategia del colectivo es simple y parece eficiente. La piratería, anunciada ya en el título, aparece como un procedimiento, y no apenas como forma, lo que vuelve posible ironizar el mercado utilizando, de alguna manera, su propia técnica. El colectivo baja de internet diversos trabajos de vídeo-arte y vende las obras, adoptando el mismo procedimiento del mercado ambulante que vende copias de las películas más nuevas de Hollywood antes incluso de que hayan salido en DVD.

El procedimiento es parte de la acción y el vídeo-arte se vuelve irónicamente un producto comercial. Sin embargo, es lanzado no dentro de un mercado de arte, sino dentro de un mercado negro popular. Pero la propia acción del grupo se acepta como arte dentro del circuito artístico. El arte entonces, protegido por su propio concepto, tiene la libertad de pasar por encima de las leyes para provocar preguntas.

Con Piratão, Filé de Peixe hace surgir un dispositivo político para el arte confundiendo ficción y documento. Es posible percibir, sin embargo, que esta acción tiene distintas perspectivas dependiendo del lugar donde se realiza. Con una especie de barraca de feria y una televisión con DVD –que sirve, al mismo tiempo, para verificar la calidad del producto y para exhibirlo– los performers se instalan tanto en eventos de arte, aunque casi siempre (no siempre) realicen sus acciones en la calle, como en los mercados populares, probablemente confundiéndose, en este caso, con otros vendedores informales y llevando al límite la información más radical de la performance: su ilegalidad. Al final, será difícil explicar para un fiscal del ayuntamiento que aquello es arte.

Con la venta de sus productos en el mercado popular, por ejemplo, la acción gana fuerza política pues produce una tensión de venta ilegal –cosa que dentro de la galería, protegidos por la cuarta pared de la institución, no sucede. Fuera del espacio destinado al arte, la duda permanece y el vídeo-arte es expuesto al lado de películas comerciales, dibujos, pornografía. La tensión común que provoca parte del día-a-día de los ambulantes, es vivenciada por los artistas, haciendo más tenue la diferencia entre arte y vida.

Realizada en espacios de arte o galerías, como es el caso de la acción Piratão #08, de 2010, que tuvo lugar dentro del Memorial de América Latina, en São Paulo, el lugar del arte se vuelve transparente. La posibilidad de que aparezca un fiscal es casi nula y por eso la tensión disminuye ya que se trata de un espacio protegido. La ilegalidad de la performance se apoya en una zona de confort dentro del circuito artístico perdiendo parte de su fuerza. Sea como fuera, las ventas contribuyen a la democratización de ideas y medidas en favor del arte posibilitando la difusión y acceso a trabajos difíciles de encontrar.

La performance, que fue hecha en cinco estados diferentes, con más de diez ediciones –la primera edición en mayo de 2009– ha conseguido vender cerca de 3.000 vídeos piratas, según su contabilidad, que informa también de los artistas más vendidos en todas las ediciones. Mathew Barney es uno de los más buscados, Helio Oiticica, Duchamp, Bill Viola, Ligia Pape o John Cage.

Si la performance no consigue alterar las reglas del mercado del arte, consigue por lo menos crear una zona autónoma y temporaria. El desplazamiento provoca la discusión: todo lo que cae en la red es pez.