Conducta Impropia: la cuestión del estilo | MABEL LLEVAT SOY

*el título surge de un comentario sobre la exposición del mismo nombre del fotógrafo cubano Alejandro González, que a su vez cita el conocido documental de Néstor Almendros sobre la homofobia en Cuba.

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La actuación de género se torna interesante cuando existe una duda que pone en crisis nuestra percepción de la realidad. Judith Butler retoma la discusión sobre el trasvestismo y apunta como cuando vemos a un hombre vestido de mujer o a una mujer vestida de hombre tomamos el primer término de estas percepciones como realidad y la segunda como mero artificio y actuación, como si no se tratara de esto en los dos casos. Se pone en evidencia así, la ansiedad reguladora que trae aparejada la asignación fija de sexo y género en una correspondencia directa.

Lo interesante de estas prácticas de trasvestismo, como mismo lo vemos en el teatro, es que desmonta nuestra necesidad de establecer identidades fijas y desnaturaliza el sexo. Las prácticas han estado encaminadas hacia una gestión biopolítica del género que ha asignado identidades fijas, esquemáticas y tremendamente inamovibles, que despiertan en el individuo una necesidad constante de definición y reafirmación. Susan Sontag, para desmontar nuestros criterios más asentados sobre género e identidades sexuales fijas formuló su conocida frase que se haya en el centro de la “estética” queer: Lo más hermoso en los hombres viriles es algo femenino; lo más hermoso en las mujeres femeninas es algo masculino. Transgredir normas no solo sexuales sino relativas a la performance o actuación de género, trae aparejada una ansiedad que muchas veces desemboca en una reafirmación pública que le facilite la tarea a los cuerpos reguladores y normativos sociales. La geografía es un factor que influye en acrecentar o atenuar las mencionadas ansiedades, América Latina es un ejemplo de prácticas coercitivas en la gestión de género, así como la edad es otro elemento influyente que determina prácticas y la manera en que estas son percibidas. También las miradas que se lanzan desde Occidente hacia “lo subalterno” están dotadas de una perversión y fetichización del trasvestismo generado por cuerpos “exóticos” y fuera de la norma de género avalada por códigos raciales que estereotipan el mestizaje.

Latinoamérica hereda un fuerte machismo proveniente de la moral católica burguesa que compromete a todos los miembros de la sociedad a adoptar un dogmático patrón de comportamiento y a practicar la vigilancia de género de manera constante e inflexiva. Transgredir estas reglas significa enfrentarse a redes sociales que procuran el trabajo, el status y el éxito social. La idea que se halla más fuertemente enraizada en la mentalidad machista latina radica en la fragilidad de la hombría y la necesidad de vigilancia constante que debe mantener el hombre sobre sí mismo y su manera de hablar, caminar, relacionarse con los miembros del propio sexo o del contrario, “para no atraer sospechas”. Es característica también la aparición de la homofobia o la atmósfera de miedo presente en la idea del “diablo que encubre muy bien a sus adeptos”(4) o el temor al enemigo encubierto, que puede infiltrarse entre las filas del bien sin que pueda ser fácilmente detectado.

A partir de los años 50 en plena “Guerra Fría”, se vivió un fenómeno en el que vivir al margen de una supuesta guerra instigaba, con el paso de los años, una mentalidad de campaña que perpetuaba un culto a la masculinidad, resultando en un patrón de conducta contemporáneo implantado en las sociedades modernas que tenía entre sus principios de éxito la noción del sujeto heterosexual, carismático que obtiene cuanto se propone y que es triunfador en la escena pública.

En un discurso de los sesenta Fidel Castro define el pueblo cubano como fuerte y viril, lo que define la masculinidad como el aspecto más importante de la sociedad cubana. En Cuba, el gobierno revolucionario abogó por un “nuevo hombre” que encarnaba la esencia del nuevo ciudadano revolucionario que requería un nuevo código moral. En un lugar donde la membrecía social y pública estuvo conectada a un performance o actuación determinada que todos esperan, matizada por esta fuerte tendencia masculinizadora que instaura una serie de estereotipos provenientes del pensamiento militar. En esto se inscribieron no solo modelos de género, sino también creencias religiosas, políticas, etc. A partir de este momento “El performance militar se convirtió en un asunto inevitable en la construcción de las masculinidades”[1]. El intruso o enemigo común resultó ser un personaje clave con signos de divergencia o disidencia y entre ellas se encontraba el de una supuesta amoralidad causada por filiaciones sexuales no “claras” o “definidas”. El lenguaje militar desarrolló signos de esto, y existen numerosas referencias a la manera en que el ejército protege todos los miembros nacionales de una invasión exterior y de aquellos nacionales que han caído a “diversionistas” ideológicos sirviendo como armas del “enemigo”. Esto significa que las diferencias podían estar ocultas en el discurso, las ideas y las maneras de pensar, donde podían ser usadas como herramientas por un complot del enemigo para derrocar al régimen social existente.

Un grupo de fotógrafos cubanos y Babak Salari, un fotógrafo iraní residente en Montreal, presenta un proyecto fotográfico sobre sexualidad y género donde cada uno ilustra de manera personal diferentes aspectos relacionados con la masculinidad y sus prejuicios, o áreas conectadas con el tópico de género en Cuba. Babak Salari ha registrado el mundo de los gays y lesbianas en Cuba y en varios proyectos documentales realizados en todo el mundo, ha capturado prácticas que transcurren al margen del control que es impuesto de manera objetiva o subjetiva. En Cuba también se ha dedicado a recopilar retratos que muestran un rostro valioso de la comunidad gay en la isla a través del trabajo de reconocidos directores de teatro, directores, bailarines, escritores, investigadores y artistas visuales. Las imágenes son un poderoso acercamiento a las vidas que transcurren más allá del panorama que se espera ver tradicionalmente en la escena doméstica cubana.


Babak Salari

El cliché del homosexual como un individuo cuya diferencia solo era localizable en la esfera de la subjetividad se convirtió en un problema para los perseguidores que querían reconocer al enemigo, creando un rostro identificable cuyas características fueran reconocibles por todos para hacerlas parte de un grupo fácilmente recluible o marginado. Cuando diferentes fotógrafos han mostrado el rostro de la comunidad gay están subrayando la idea de grupo pero también están dotando de una identidad, un carácter y una personalidad a este sector de la sociedad.

En series como Corpus Fragile, Eduardo Hernandez presenta una visión personal que se centra en el erotismo del cuerpo masculino. Su obra recuerda la búsqueda de estigmas físicos en los casos de brujería de la Edad Media que eran ampliamente documentados y en los cuales la ausencia de estigmas no significaba la anulación de la acusación, proceso o castigo[2]. Es en tales momentos donde no hay una clara percepción del cuerpo perseguido que la atmosfera psicológica de miedo experimenta un aumento considerable[3]. Esta teoría presenta una división estructural en dos etapas. Una primera etapa de conflicto que aparece cuando el cuerpo amenazante es fácilmente reconocible ocasionando una confrontación clara, directa; y una segunda etapa de aumento de la atmosfera de miedo en la que las características principales están en constante sospecha por las dificultades para definir la localización del enemigo. Hernández ha extendido su obra a todo el universo de símbolos que forman el cuerpo y el yo, dando un significado y visión a las ideas de castigo y opresión.

En las obras de Alejandro González es dominante un aliento retratístico que le imprime un espíritu particular, de manera que, se emparenta mas con el obsesivo documentalismo expresionista de una fotógrafa como Diane Arbus que con el dualismo desacralizador y trascendentalista de Robert Mapplerthorpe. Los rostros en primer plano se vuelven intrigantes, anómalos a lo Chuck Close, pero de una acuciante androginia que es puesta en relieve. Aquí, las imágenes responden a un desvelo por identificar, crear una identidad en la minuciosa presentación de detalles que llegan a ser fuertemente exagerados y que responden a esa manera de convertir al individuo en un cuerpo estigmatizado.

En los retratos realizados en la playa de Santa María –más específicamente en Mi Cayito, tradicional espacio de reunión gay en Cuba-, no se está explotando el atractivo sexual de los sujetos representados, no los somete a cánones de belleza estandarizados, sino que por el contrario, el gusto se desliza hacia esa zona de sensibilidad artificiosa que manipula lo grotesco y lo penetrante. La pregunta es si el autor está buscando como objetivo enfrentarse a los estereotipos y prejuicios existentes o a sus propios prejuicios como hombre heterosexual en Cuba. Se trata de una especie de exorcismo, de un interés por los márgenes que pretende ponernos a dialogar con íntimos miedos y obsesiones morales que levanta la sociedad al institucionalizar ciertas conductas.


Alejandro González. “Conducta Impropia”

La obra de Adonis Flores reflexiona sobre el culto al aparato militar. En su obra, la disciplina militar es tratada de forma paródica, como el miedo y su opuesto co-existen en una nueva forma, que, puede ser caracterizada como una especie de fe herética o anticulto. Un aspecto de la obra de Flores se encuentra en la utilización simbólica del camuflaje. El disfraz tiene un doble uso: realizar invasiones furtivas a las filas enemigas o esconder aquellas características que han sido excluidas por la norma establecida. Flores nos presenta en una de sus obras la imagen de un miliciano con la lengua pintada de camuflaje como metáfora de la manera en que las palabras e ideas pueden ajustarse a las leyes de la “normalidad” que regula y permite una adaptación al medio.

Para terminar, se incluye la obra de René Peña, que consiste en autorretratos donde aparece disfrazado, enmascarado, en situaciones dramáticas como preguntas no solucionadas por su identidad y su relación con la sociedad. Su juego con estereotipos físicos existentes en la construcción de la masculinidad contemporánea como los que apuntan a la abundancia de pelos en el pecho o de bíceps como distintivos de masculinidad, o, a una figura afectada o afeminada para pensar en su contrario, se añaden elementos que conforman la identidad sexual atravesada por elementos raciales. Su imagen bien conocida del cuchillo que reemplaza el pene se ha convertido en símbolo del estereotipo del hombre afrocubano agresivo, irracional y con deseo sexual ilimitado. Sus imágenes presentan un reflexión en torno al campo de lo ético y psicológico y una manipulación sobre su propia identidad sexual y racial dentro de una sociedad que educa para ser blancos con una fingida ceguera racial institucional que contrasta con el marcado racismo general.

René Peña. “Blond”, “Knife 2”

 


[1] R.W.Connell. The big picture: masculinities in recent world history. Theory and Society. Vol.22, No.5.

 

[2] Iury M. Lotman. La caza de brujas, semiótica del miedo. En Criterios No. 35.

[3] Ibídem.