Donkey artists! (o como mantener a la prole encendida) | ANTONIO GAGLIANO

 

A finales del 2009, el mundo anglosajón recibía con regocijo el anuncio de un nuevo premio de arte contemporáneo. El Future Generation­ Art Prize irrumpió en escena desde New York enarbolando un discurso de apoyo a la producción emergente y asumiendo la ambiciosa tarea de promover a una nueva generación de artistas de todo el globo. Estructurado mediante un complejo sistema de jurados que trabajan en colaboración con instituciones de diversas partes del mundo, el certamen otorga 100.000 dólares al ganador, produce una serie de exposiciones itinerantes y brinda la posibilidad a los finalistas de hacer tutorías personalizadas con Damien Hirst, Takashi Murakami, Jeff Koons y Andreas Gursky, cuatro artistas invitados que funcionan como mentores del certamen. Por si los créditos son pocos, el jurado final del concurso recoge nombres como Daniel Birnbaum, Robert Storr, Ivo Mesquita o Okwui Enwezor.

En los últimos años, y en consonancia con la proliferación acelerada de museos, centros de arte, bienales y eventos artísticos de todo tipo, los incentivos a la producción han comenzado a multiplicarse por doquier y a poner el foco en el arte joven. En el caso del Future Generation Art Prize se trata de una iniciativa privada peinada a la americana, con componentes evidentes de espectacularidad -desde la escala y la selección de los tutores (verdaderos mastodontes mediáticos) hasta la asignación de un premio especial del público; pero en general son también pequeñas estructuras autogestionadas o estatales las que impulsan estos modelos de promoción emergente. Lo cierto es que, fraguados en torno al imaginario vertical del ranking, la meritocracia o la economía de la atención, estos certámenes han pasado a constituirse como instancias casi ineludibles en la construcción de una trayectoria profesional.

El año pasado en un seminario del MACBA, uno de los ponentes invitados –The Micropolitics Research Group– compartía unos videos sobre este tema. Los integrantes del grupo realizaron entrevistas a una serie de productores culturales treintañeros, historiadores del arte recién recibidos, artistas que acababan de ganar sus primeros premios, etc. En todo el trabajo, como ellos mismos comentaban después, había alusiones subterráneas al imaginario del burro persiguiendo infructuosamente la zanahoria colgada de su cabeza. Los reportajes giraban en torno a las expectativas infladas y difusas que generan ciertas posibilidades profesionales.

Aunque cada contexto diseña sus propias zanahorias (y no siempre tienen que ver con el dinero…) podríamos imaginar un suelo común que organice todos los relatos. Si como se viene repitiendo hasta el hartazgo, el trabajo inmaterial y creativo es el motor de la economía contemporánea y lo “joven” representa la franja más caliente del mercado -y constituye su mano de obra más barata- quizás deberíamos entonces proponernos un uso desviado de ciertas estructuras. Es evidente que seguir tirando tan heroicamente del carro solo se puede hacer hasta cierta edad: el entusiasmo de la juventud no dura para siempre. Aunque claro, quizás la maniobra sea justamente esa.

*Texto originalmente publicado en Pequeño deseo Nº14, Córdoba, Argentina, Agosto 2010.