Hablar con Muntadas: Sólo si la pregunta no es la respuesta | DANIEL LESMES

 

 

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El formato entrevista puede tomarse como una herramienta de amplio provecho creativo. Las Conversaciones con Duchamp de Pierre Cabanne o aquellas que David Sylvester mantuvo con Francis Bacon no dejan lugar a dudas sobre esta posibilidad. Son conversaciones que no sólo sirven de incentivo a la memoria sino también a lo imprevisto. Quizá por este motivo Antoni Muntadas se muestra tan entregado al conversar, y lo hace con una vehemencia natural, muy comunicativo pero también tajante en ocasiones, tanto que alguna pregunta de dudosa formulación puede correr el riesgo de ser replicada con dureza: “está todo contestado. Es una pregunta que se contesta a sí misma. Podemos pasar a otra”.

Para quien entiende la obra como artefacto que sólo la audiencia pone en funcionamiento, es normal que una pregunta deba poder activarse desde fuera. Desde luego, una pregunta debe ser todo lo contrario a una mónada, ha de ser toda puertas y ventanas, vanos por donde entrar y salir a placer. La pregunta, decía Blanchot, es habla inacabada, es “el deseo del pensamiento”. Luego, cada respuesta toma una de esas aberturas pero lejos de calmar el apetito añade otras. Incluso ésta de Muntadas se comporta así. Claro que entrever algo de luz en semejante tajo nos obliga a posicionarnos de salida en un disenso: tal refutación puede no ser una respuesta pero desde luego es toda una contestación, corta y despacha, señala el límite de la conversación y marca el término de la entrevista. Pero de algún modo también la abre, es decir: se podría considerar este gesto de Muntadas en relación con su obra.

Por supuesto frente a esta contundencia no vale alegar que es legítimo el deseo de obtener confirmación en una respuesta, aquí no sirve de nada el motto ¿Así es?¡Sí, así debe ser!”, puesto que de esa manera el disenso pronto desaparecería, digamos que se transformaría en indiferencia, igual que la forma circular se cierra sobre sí expulsando todo lo que no está dentro de ella. Pero no hay nada más ajeno a la obra de Muntadas que una estructura de cierre.

Una pregunta sólo puede pretenderse cerrada si asume una radical identidad con la respuesta que se da, y lo que a Muntadas parece haberle interesado desde principios de los setenta es algo muy diferente. Digamos, para empezar, que su interés reside más bien en una suerte de disimilitud, esto es en una particular forma de disenso: cuestiones que alojan en sí diferencias de sí, proposiciones que se desajustan desde dentro, en definitiva círculos que no cierran. Muntadas trabaja con series abiertas en las que el motivo es proyectado a través de filtros de traducción, de forma que cada respuesta genera preguntas componiendo lo que es propiamente la serie. Pensemos en un campo tan extendido como el de On translation, una serie iniciada en 1995 y aún en funcionamiento. Aquí nos encontramos, por ejemplo, con un enunciado –Communication systems provide the possibility of developing better understanding between people: in which language?– que es sometido a una cadena de traducciones en la que la propia cuestión se va transformando hasta convertirse, ya de vuelta, en esta respuesta: The essence of the problem depends upon the search for the correct answers to common questions.

Decir lo mismo, lo mismo transforma, decirlo igual, igual modifica, de manera que la pregunta puede contener desde el origen una respuesta, en efecto, pero inesperada para sí, una respuesta que ya estaba ahí, pero que era totalmente imprevisible. El trabajo de Muntadas, al que él mismo se ha referido como un proceso de destilación, tendría este tipo de matriz, envolvente y desenvuelta al mismo tiempo. Sólo a partir de ella se desarrolla el arte sintomatológico y urgente que Muntadas plantea, una propuesta con una fuerte impronta ética. Pero también es en esa matriz donde podemos encontrar el proyecto estético de Muntadas. Como conversadores que van conformando la estructura de su conversación a medida que hablan, también de esta operación participa la contestación de Muntadas. La contundencia que en ella muestra impregna todo de corporeidad, de manera que es sencillo hacerse una imagen de ella como auténtico gesto, investida por el concepto pero también dotada de cuerpo. En efecto, Didi-Huberman lo ha señalado, un gesto se mueve entre el mundo de los signos y el mundo del cuerpo, y no hay duda de que la contestación del artista rebosa de esto último. Cuando Muntadas nos propone una consigna como Warning: Perception Requires Involvement, no sólo nos ofrece su contenido como acicate activador de nuestra conciencia, no sólo trata de que reparemos en los discursos que nos rodean, sino que además deja a la vista la forma (estética) sobre la que se sostiene la mayor parte de su producción. Hay aquí una estrechísima cercanía, tanta como ofrecería el tacto, un sentido cuya lógica se basa en que al tocar somos tocados. Participar, estar envuelto, involucrase, mojarse incluso, todo ello conforma el espectro gestual de Muntadas. La consigna Warning se remite entonces hasta los primeros años de su carrera, por ejemplo hasta la exposición de 1971 en la que el artista trabajaba con lo que entonces denominó Subsentidos: el olfato, el gusto y, por supuesto, el tacto.

La dimensión estética de la obra de Muntadas corre el riesgo de entenderse como algo secundario, sin embargo en varias ocasiones él mismo ha insistido en la importancia del impacto sensorial, nos explicado que sólo a través de los sentidos puede haber lugar para la dimensión racional de la obra y un ejemplo reciente lo encontramos en su trabajo sobre el pabellón de Mies van der Rohe, donde se ha privilegiado el sentido del olfato. Pero la conexión de estas dos dimensiones es algo más compleja, y esto ya se percibía en los años setenta; pensemos en la declaración que hizo a propósito de la instalación titulada N/S/E/O para la Bienal de Venecia de 1976: “Espacio físico y cerrado que se refiere a un espacio abierto y mental”. A este Site specific se le estrechará más con un Time specific que acabará de cerrar el campo de reflexión de la obra. Pero cuando todo parece cosido y bien cosido, todo cerrado, concreto y determinado –cuando la pregunta es ya la respuesta– entonces Muntadas se ocupa de la apertura accediendo a un valor más general a través de la posibilidad de recontextualizar permanente la idea de origen, esto es: a través de una incesante traducción. Y aquí, no sólo en el gesto de cerrar sino también en el de abrir, nos deja ver una base propiamente estética, justo en la entrelínea que permite seguir encadenando las respuestas con las preguntas ¿Dónde habría de estar el arte sino en la articulación? Ahí donde aparente no hay nada, donde no se dice nada y sin embargo algo se siente, justo ahí donde Muntadas dice no responder, pero contesta.

R. – “Una fuerte preocupación ética parece recorrer toda su producción y actuación. Esta última constituiría un instrumento, crearía una situación que llevaría al público a parar y reflexionar. Su insignia, “Atención: la percepción exige participación”, parece indicar que es necesario tener conciencia de los numerosos discursos que impregnan y constituyen nuestro día a día. ¿Su propuesta sería crear obras que ayuden a explicitar los contenidos implícitos en los diversos discursos y prácticas materiales?

A. M – Está todo contestado. Es una pregunta que se contesta a sí misma. Podemos pasar a otra”.

(Entrevista con David Sperling y Fábio Lopes de Souza Santos, en Risco, núm.4, pp. 124-148)