La vida es así y después mueres | RAFAEL CAMPOS ROCHA

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El fútbol es una cajita de tristezas. Como los bichos. Los hijos  crecen, te decepcionan y te llenan de orgullo. Te abandonan por el primer gilipollas que se cruza su camino y prueban que el amor de un padre por su hijo no es recíproco. El bicho no. Nos acompaña toda su vida mudo - cuando tenemos suerte - se enferma y se muere (rápidamente, cuando tenemos suerte). Los bichos nunca decepcionan, porque nunca sorprenden. O sea, siempre se enferman y se mueren. Hasta ese punto, todo bien. Cualquier sorpresa es siempre desagradable. ¿O acaso algún amigo  moroso te ha sorprendido pagando lo que te debía?

El fútbol también sorprende raramente. El equipo de São Paulo, para mi desesperación, siempre gana de manera rotunda a adversarios más flojos que complicaron la vida a mi Corinthians. Aunque  el equipo se este arrastrando, como lo viene haciendo en los últimos diez anos, claudica en la dirección de las finales de los campeonatos paulistas, brasileños, continentales y mundiales. No me gusta el equipo de São Paulo. Está considerado  el mayor club del país y viene demostrando que el fútbol se gana con organización y no con talento. Con talento se gana un partido. El talento es necesario para sorprender la organización adversaria, pero una de las características de la buena organización es evitar las sorpresas. Fue así como São Paulo se convirtió en el  mayor club brasileño de los últimos 40 años. Quizás de toda la historia del país de Pelé y compañía.

Por eso yo tampoco  voy a apoyar a la  selección brasileña este año. Porque la selección tiene como modelo el equipo de São Paulo, y ganó casi todo lo que disputó en los últimos 3 años con un pragmatismo avasallador. Excepto para la Olimpíada, desbancada por la argentina de Messi, que parece ser el único capaz, a día de hoy, de desequilibrar realmente no solamente un partido (hasta Denílson desequilibró ya el partido), sino todo un campeonato. O sea, ser el responsable directo de la conquista de éste, sin apelación. Como hizo Rivaldo antes de él. Y Zidane antes de Rivaldo. Y Maradona antes de los dos (estamos hablando de un nivel de campeonato que va de lo nacional a lo mundial, en esos casos). Incluso el fenomenal Ronaldo nunca fue responsable directo de la conquista de un campeonato. Su preocupación siempre fue marcar los goles y disputar la artillería. Proezas que, cuando consigue, pueden no significar un campeonato, como no significó ninguna conquista importante con ocasión de su espectacular paso por el Barcelona. El brasileño estableció, en aquella ocasión, un record personal - como el posterior, de artillero de las copas del mundo - de 47 goles en una temporada. Hecho solamente igualado por Messi, casi quince años después. Increíblemente igualado, además. Ya que el argentino hizo exactamente los 47 goles de Ronaldo. Ni uno más. La campaña, al contrario, fue incomparablemente más victoriosa. Los catalanes ganaran seis títulos, incluso el mundial de clubes, teniendo a un Messi tan fundamental en todas las conquistas. Para hacer categórica esa afirmación basta observar que el argentino marcó en todas las finales de todos los campeonatos.

 

Bueno, a esa altura del campeonato, o del texto, como prefieran, ya deben haber notado que soy un fan incontestable del argentino. Maradona también fue mi ídolo. Lo más grande que tuve en el fútbol junto a  Romário. Los dos fueron precedidos solamente por Zidane y Rivaldo, para mí el gran perjudicado por la hinchada brasileña. Ronaldo, evidentemente, era un tipo del que he visto todos los partidos hasta su traspaso al  Inter de Milán, cuando presentí su cosificación por  Nike y por la propaganda deportiva en general. Cosificación vencida solamente por el atleta en momentos extra-campo, como cuando fue sorprendido comprando cocaína a travestís. Su mayor momento épico, en mi opinión, y que hizo recuperar mi admiración por el crack. Tal vez su primer gol al Corinthians, cuando derrumbó las vallas en la celebración, haya sido otro. La caída de la máscara del deportista por el entusiasmo del hombre que se recupera una vez más para hacer lo que más le gusta. Y a Ronaldo le encantaba jugar al fútbol. Ahora  le gusta viajar solamente con tarjetas de crédito (sin maletas. Las maletas son cutres, de pobre) y enrollarse con contratos estratosféricos y modelos. Bueno para él. Pero parece la arenga cretina del rap americano comercial: "soy famoso y rico y compro todas las mujeres y mi coche es un no sé que ..." y no en entusiasmo como texto. No es que yo crea que los hombres como Zidane lleven la vida de forma diferente (otro momento histórico futbolístico: Zidane fumando su Gitanes en el balcón del hotel un día antes de la final del mundial), pero creo que esas cosas acaban por desvanecerse en la increíble influencia futbolística del crack afro-francés, por citar sólo un ejemplo.

En fin, el fútbol nunca sorprende. Voy  a mirar un mundial más, fanáticamente. Los africanos van hacer bellos goles y entregaren el oro a selecciones más organizadas y obstinadas. Los holandeses van a enchufar una treintena de goles hasta que sean desclasificados por un equipo más tradicional. Los americanos van a seguir jugando terriblemente mal y el mundo entero a decir que el fútbol en los estados unidos  está creciendo. Los alemanes van a aburrir a todo el mundo hasta los cuartos-de-final y los italianos van hacer los partidos más locos y violentos del mundial.

Brasil va a jugar el mismo fútbol de los últimos 60 años: cadencioso, organizado en  defensa, sólido y con lances rápidos y fulminantes en el ataque. Deben enfrentarse a los argentinos en la final, contra mi héroe del momento, Messi. No se asustarán con la superioridad técnica y la célebre raza de los adversarios y terminaran por llevar el trofeo. Por  sexta vez. Pero no cuesta nada animar en contra. El fútbol es una cajita de tedio y lugares-comunes de los comentaristas deportivos. Pero en un partido, o un campeonato de tiro-corto como el mundial, un jugador esplendido como Lionel puede romper por un momento la monotonía antes de  tirarnos  un chaleco de Nike, enchufarnos los pies en unas nuevas deportivas adidas, quedarnos extasiados con alguna novedad tecnológica idiota de la tele. Una pena que no vaya a pasar y tengamos que aguantar  seis meses más de chauvinismo racista por el nuevo imperio del chauvinismo mundial.