El fútbol es así… | RAFAEL PINILLA

¿Qué decir del fútbol que no se haya dicho ya? Poco, desde luego. Por lo pronto resulta inevitable empezar con el Perogrullo de que el fútbol se ha convertido en uno de esos espectáculos deportivo-mediáticos de mayor seguimiento global -con permiso, claró está, de la Super Bowl. Como bien se sabe, el poderío económico y cultural del Imperio Británico posibilitará una primera expansión mundial; el auge de competiciones internacionales (entre otras las Olimpiadas modernas) llevará a la FIFA a organizar un encuentro de selecciones que hasta el año 1930 no se materializará con el primer mundial de Uruguay. Su historia -con momentos realmente delirantes, como los excesos de Mussolini o el Macaranzo con suicidios incluidos- continúa hoy día en un contexto hipermediático que refuerza de manera casi totalitaria su dimensión global. De hecho, se puede decir que el fútbol actual a diferencia de su primera fase expansiva es en esencia un fenómeno exclusivamente mediático -es sintomático que la franja horaria que se establece para encuentros importantes se adecua al prime time para coincidir con el máximo número espectadores.

Al margen de su historia, el fútbol y el deporte en general pueden dar mucho de sí; no habría que insistir demasiado -por evidente- en la posible genealogía visual de su recepción mediática: el legado de Leni Riefenstahl y Albert Speer continúa vigente en la forma de cualquier gran acontecimiento deportivo (y evidentemente, más allá de lo exclusivamente deportivo). También el deporte posibilitó “legendarios” análisis; seguramente fue Thorstein Veblen y su “Teoría de la clase ociosa” el autor que marcó un primer hito: de hecho, en la actualidad no está demás seguir valorando todo encuentro deportivo como un fenómeno en el que perviven rasgos arcaicos y en el que se manifiesta de manera explícita la supervivencia de la “proeza” guerrera. Después de Veblen, intelectuales como Kracauer, Benjamin o Adorno encontrarán en el deporte un ámbito privilegiado para el análisis crítico de la sociedad; bajo su heterodoxo marxismo una “especie de opio del pueblo” que servía para despolitizar a las masas (algo que sin duda habría que problematizar: un vistazo a las gradas de cualquier campo de fútbol evidencia que ahí se manifiesta la política).

Sin entrar a valorar la vigencia de aquellos enfoques y descartando posibles reconciliaciones posmodernas, convendría ensayar una brevísima aproximación provisional a una serie de fenómenos que se han convertido en hegemónicos (o tienen visos de hacerlo) en algunos deportes de seguimiento global como el fútbol. Quizás este intento deliberadamente apócrifo pueda servir, no sólo para evitar caer en los tópicos que se repiten como mantras en relación al fútbol, sino también para visibilizar unas dinámicas que desde algunos ámbitos no se cuestionan, o cuando menos, parece que pasen desapercibidas. Y como nuestro ámbito de debate son las prácticas artísticas con toda el aura que ello implica (desde aquí no nos acabamos de creer eso de la desaparición del aura), habría que pasar revista a algunos de los encuentros que se dan en dos esferas que, sin necesidad de forzar demasiado la interpretación de los hechos, presentan algunas similitudes estructurales.

Sin ir demasiado lejos, convendría destacar que la coartada de la competición pacífica que subyace en todo enfrentamiento deportivo no es propia del deporte en exclusiva (y ahí Veblen tampoco se detuvo): como cualquiera puede comprobar sin necesidad de ser un experto en antropología cultural eventos como las Exposiciones Universales o las Bienales (sobretodo la Bienal decana) se articulan aún hoy día siguiendo la misma lógica de “competición nacional”. Indisociable de la idea de aprehender la totalidad del mundo que presenta lo mejor de cada lugar (Estado, ciudad, o “pueblo”), estos eventos temporales (Exposiciones, Bienales o Mundiales) se convirtieron desde el primer momento -y siguen en ello- en maquinarias culturales que promueven la movilización de una feliz pseudodiferencia en la que se celebra la puesta en escena de una identidad hábilmente explotada para su consumo. Todo ello, además, en un mismo lugar durante un periodo de tiempo limitado: conviene dosificar la excepcionalidad para no caer en el aburrimiento.

El espectáculo en toda su dimensión supera los límites del evento que tiene lugar (Debord); los ensayos arquitectónicos megalómano-espectaculares han asumido un papel destacado en un deporte que, como no podría ser de otra manera, vendría a coincidir con algunas inercias que han determinado al sistema artístico en los últimos tiempos. Ahí está la larga lista de espectaculares estadios deportivos -desde el viejo Maracaná hasta el proyecto, por ahora en suspenso, de Foster para el Camp Nou– que compiten en cuanto a su visibilidad con los museos-reclamos que siguen construyéndose pese a los estragos de la crisis financiera (el último el Pompidou II en Metz). Seguramente fue la arquitectura de los grandes recintos deportivos los primeros templos laicos modernos donde las masas se entregaban con fervor a la adoración de sus ídolos; luego vendrán los grandes museos que diversificarán la oferta para un público menos dado al griterío (pregunta de fácil respuesta: ¿la polivalencia de usos de recintos deportivos y museos tiene algo que ver en esta historia?).

Y claro está, además de la competición y el espectáculo también nos las tenemos que ver con el juego y todo lo que ello implica. Comparaciones entre “la inteligencia cinética” de un equipo de fútbol y la coreografía de un número de danza no nos convencen por complacientes; más interesante es encontrar similitudes en el discurso que tienden a utilizar unos y otros. Que entrenadores de hoy día descarten para su equipo un planteamiento duro y rocoso y apelen al talento, a la creatividad, a la “fantasía” y en definitiva, a la dimensión estética del juego, da para especular que después de cocineros ilustres, quizás sea algún entrenador local con proyección internacional el que podría acabar en un evento artístico convocado por algún curator con ganas de provocar. Seguramente, la disciplinada estrategia quasimilitar que otros defienden forma parte de una manera de entender el fútbol que corre el riesgo de convertirse en un pobre espectáculo para aficionados al ajedrez; o cuando menos, en una forma de entender el oficio que no acabará estudiándose en las escuelas de Márketing y de negocios.

Los archicitados temas de la sociedad del espectáculo, la estetización de la realidad o la “cultura del nuevo capitalismo” darían cuenta de estos fenómenos de des-diferenciación sistémica. Poco tenemos que añadir al respecto desde aquí. En todo caso, mientras algunos enfatizan las diferencias que determinan al deporte y al arte (diferencias que desde aquí, a pesar de lo dicho, no se ponen en duda), otros prefieren encontrar similitudes; esta última opción no pretende invalidar esas diferencias irreconciliables, sino más bien visibilizar una serie de fenómenos coincidentes que un paseo por una ciudad como Barcelona muestra de manera sintomática en los escaparates de las tiendas de souvenirs: porque si ahí conviven sin demasiados conflictos postales de Miró o Picasso con camisetas del Barça es por algo. Conviene no olvidar, por tanto, que en esos “mundos” se vendrían a manifestar inercias parecidas que van más allá de sus diferencias objetivas. Y es que, en el fútbol -al igual que en el arte- lo que hay en juego no es sólo lo que se ve, sino también lo que no se ve; y en ambos casos no es otra cosa que la ideología dominante. Como dirían algunos ilustres comentaristas: el fútbol es así…