Rayar la ciudad, rayas*

ARTUR DE VARGAS GIORGI

português

*En portugués – idioma del texto original – la palabra risco sirve tanto para raya como para riesgo.

1

Bueno de Rivera (1911-1982), poeta minero de Santo Antônio do Monte, dejó como ejemplo de obra duradera no exactamente un libro de poemas, en su formato convencional, sino un libreto-guía de la ciudad de Belo Horizonte, titulado Guia Rivera, cuya primera edición data de 1950. Digo que este es un ejemplo de obra duradera porque, de hecho, mientras sus tres libros de poemas – Mundo Submerso, de 1944, Luz do Pântano, de 1948, y Pasto de Pedra, de 1971 – hoy son poco recordados, la Guia Rivera, al contrario, continua siendo editado, revisado y ampliado, bajo los cuidados de la empresa que compró los derechos de su publicación después de la muerte del poeta.

¿En qué consistía esa guía, en sus versiones iniciales? Un puñado de  calles (con detalles sobre sus extensiones, rincones, trayectos, vecindades…), de  plazas, de  trayectos de autobús y sus paradas, de los establecimientos, etc. Para llegar a ese conjunto, Bueno de Rivera caminaba por Belo Horizonte con una carpeta, apuntando todo. De modo que yo me arriesgo a decir: el poeta rayaba la ciudad. Con pasos, miradas, cálculos, idas y venidas, paseando su cuerpo, en fin, Bueno de Rivera componía una Belo Horizonte que, al mismo tiempo, componía el poeta: sintomáticamente, su apellido ha dado nombre al guía. Guia Rivera: guía de la ciudad, del hombre.

Lo que quedó en el libreto – y fue, repito, lo que quedó más marcado, duradero, insistente – son los vestigios, es esta especie de impresión del paso del poeta. Lo que quedó de su paso, nada más. Y, como quien camina un desierto, como en cualquier ciudad, rehacer esos pasos no es garantía de encuentro, de salida: no hay guión posible para el hombre o para sus confines. En otras palabras, la Guia Rivera inscribe, delante de nuestros ojos, la desaparición , la imposibilidad de, efectivamente, con esa inscripción, guiar; la imposibilidad de encontrar esa ciudad formada, ciudad que formó un sujeto. Será siempre otra, otra desaparición – en la misma ciudad.

Aún ahora pienso lo siguiente: la impresión de un libro de poemas, esos restos visibles de un camino que es siempre más largo, de un trazado que es siempre más ancho, ese lugar algo desplazado, abierto sobre la página, insuficiente… Un libro de poemas: especie de ciudad rayada en el desierto.

2

Dicen que su nombre es Mauro. Filmado por Bernardo Gebara y Renato Andrade para el documental Risco, de 2004, él parece, incluso, un caminante de la calle, como muchos y muchos otros, de Rio de Janeiro.

Mauro camina la ciudad, una piedrecita en la mano, al lado dos muros. Con la piedra, raya en esos muros una línea que oscila, más alta o más baja, con sus pasos. A veces para, hace otras figuras: como estrellas rústicas, círculos cortados innumerables veces, rayados, marcados en sus centros por el movimiento de la mano y el roce de la piedra. Mauro hace eso en paradas de autobús, también. Y en carteles de publicidad.

Con esas inscripciones, aparentemente cumplidas en un trayecto que es siempre igual, Mauro inscribe su ciudad dentro de la ciudad. Cita, diría yo, con esas líneas, la ciudad de la ciudad. Es la cartografía de un solo hombre. Y los muros que ese hombre recorre, continuamente, en esa ciudad caminante, los muros ya están visiblemente gastados, marcados con su paso insistente, pero sin finalidad, sin otro proyecto – supongo – que no sea exactamente este: marcar el cuerpo-ciudad como quien deja el testigo del paso de su propio cuerpo – por más contrario, raro, desterrado, o carente de  propósito que sea. En todo caso, es la presencia incisiva de ese cuerpo – el cuerpo que entra en roce con los muros, con los carteles y las aceras, con el espacio – que despierta a la ciudad de su propia anestesia.

Algunos entrevistados lamentan la condición del chico. Un hombre presentado como terapeuta dice que “no es preciso estar formado en medicina ni en psicología para saber que ese tipo de ahí está fuera de la realidad”. ¿Pero cuál es la realidad de la ciudad? ¿Y la del hombre? “Una pequeña piedra parece para él un bolígrafo”, dice otro señor que luego delante afirma: “yo creo que él hace eso para que nosotros lo encontremos”. Pero yo pienso lo contrario: crea su lugar en medio de lo imposible, donde todo está ya creado, es él quien nos encuentra y en silencio nos enseña su libreto, sus dibujos. Mauro nos ofrece sus retazos: un guía singular de composición y desaparición.

La mujer de la panadería tiene cierta piedad: “Él llega como un cliente normal […]. hasta ya he comentado con varias personas: si él tuviese una oportunidad…”. La oportunidad  es el riesgo, la ciudad es el riesgo, imagino que diría el. Pues Mauro, él mismo es un riesgo en la ciudad, un riesgo para ella. Es el mundo que surge a partir del deseo que mueve su cuerpo junto a las paredes, el mismo mundo, una vez más viniendo de la superficie de los tiempos, de Altamira, de Lascaux, de Cueva de Las Manos…

Si en la ciudad, ahora, en su espacio abierto, el deseo está incluido apenas por medio de su exclusión, de la domesticación y de la vigilancia, Mauro, al contrario, en contacto, sí, con la realidad, libera e imprime en la ciudad ese riesgo necesario, urgente, de lo ingobernable.


Link  del documental Risco completo:

http://www.camara.gov.br/internet/tvcamara/default.asp?selecao=MAT&velocidade=100k&Materia=50216

3

Prolifera la ciudad en sueño. También en Rio de Janeiro, Márcio-André registra su corto-metraje Cidade Resposta (2010). Ahora, sin embargo, el cuerpo – en tanto que identidad o integridad – aparece de manera diversa. En realidad, él desaparece. Yo veo apenas lo que sus ojos ven, y, en ese sentido, ellos ofrecen la ciudad de dentro: es sobretodo la ciudad, en el límite impreciso entre el interior y el exterior del cuerpo, que primero lo habita; es la ciudad que está en el cuerpo o que lo desea, y no a la inversa. Dice el bello texto de Márcio-André: “Todo tiene su modo de ser en la coyuntura que llevó aquel cuerpo urbano a tener un determinado diseño, pero esos elementos ya forman parte de lo que la ciudad elije para sí misma. […] Hay algo que prescinde de cualquier planeamiento humano, una coyuntura interna del sentido de pólis, un llegar a ser ciudad, como si todo acto para consolidarla fuese desde siempre el deseo por la propia ciudad”.

Tal condición, que arriesgaría al sujeto en su disolución, es, sin embargo, la propia formadora de esa especie de subjetividad abierta, informe, en la medida en que las imágenes transportan la ambivalencia del contacto: la ciudad, por lo que ella elige para sí misma, ha dejado sus impresiones en el autor, pero eso sólo puede ser visto con sus ojos, ojos que se proyectan sobre la ciudad con su toque singular. O sea, el sujeto se forma a través de esos vestigios y también los forma; él, con la ciudad, ese su “órgano externo”, es, pues, la respuesta.

En un primero momento, yo diría que esa abertura existe – de manera paradójica – a través de la atención meditada del inconsciente, de lo que escapa  a las jerarquías y a las promesas de ordenación y planeamiento: “El sueño es lo que permite la conexión entre los elementos urbanos, entre las estaciones de metro y los canales de desagüe. Por la mañana la ciudad es repuesta. Permanece en el sueño aquello que de tan incompleto no llega a realizarse. Cada trocito de calle, de acera de las casas y de los barrios está allí porque alguien lo ha soñado”.

Pero insisto: hay todo un reclamo para deshacerse la pretendida suficiencia humana, de su supuesta primacía, reclamo traducido en el texto, en los planos que se polarizan sin equilibrio –  fijos y leves, o móviles y vertiginosos – y, principalmente, en la elección de las escenas: la ciudad de Márcio-André está hecha más a partir del contraste de espacios, tiempos y matices  que del contacto de personas; está hecha más a partir del viento que de la respiración; más de luces que de miradas. Como si todo fuese dado a la rebeldía del hombre, pero con él; o como si el hombre fuese, realmente, apenas una cosa viviente, una cosa finita entre otros cuerpos-ciudad de extensión infinita. Está, entonces, la ciudad que habita su naturaleza misma. Ráyala: algo al mismo tiempo simple y complejo como soñar – y ser soñado – con los ojos abiertos.

Link del vídeo Cidade Resposta:

http://www.cronopios.com.br/site/artigos.asp?id=4540

4

São Luís do Maranhão. Ferreira Gullar inscribió su ciudad natal de muchas formas, en diversos poemas, a veces de manera explícita y otras veladamente. Veo en esas inscripciones, en poemas como “Uma fotografía aérea”, “Poema sujo”, “Volta a São Luís” y en muchos otros, un acentuado trabajo con la memoria y el pasado – tanto del poeta como de la propia ciudad.

La cuestión tal vez sea, nuevamente, el vestigio, la impresión que queda en el cuerpo después de algún contacto y la partida. Y tal vez la cuestión pase, entonces, por el modo en que una marca está en el otro – como ¿el resto de un cuerpo en otro?

Gullar caminó las calles, las arenas y los paisajes yermos de São Luís; igual que Rio de Janeiro, después, hasta ser obligado a exilarse, en 1971, tras vivir clandestinamente en su propio país, por su proximidad con la izquierda en el momento en que el golpe militar de 1964 se fortalecía con el AI-5, de 1968. Siguió a partir de etonces un trayecto errático, primero al salir de Brasil y del continente, para llegar en seguida a   Europa y abrigarse, con mayor calma, en Moscú. Volvió, estuvo en Santiago, Lima, Buenos Aires. Vivió, para utilizar como expresión el título de su libro de memorias de los tiempos de la dictadura, en un “rabo de foguete” hasta 1977, cuando regresó al Brasil.

Aunque fuese posible identificar con seguridad todas las apariciones de São Luís do Maranhão en los trabajos del poeta, sería inútil, creo, con esos registros en la mano , intentar medir o precisar las variaciones que la primera ciudad y el sujeto poeta sufrieron con el paso del tiempo y la formación de la memoria. El movimiento es de perdida. En ese sentido, de otra manera, como en el libro de Italo Calvino, creo que cada aparición de esa misma ciudad se hace apenas como destello de  otra ciudad invisible.

Gullar narra para sí mismo, intermitentemente, esa ciudad. Es el lugar – suyo, de ella – que importa: es preciso decirlo, acordarlo, recrearlo. Interrumpir  el registro sería, más que perder la ciudad, correr el riesgo de perderse, sobretodo cuando pienso, por ejemplo, que “Uma fotografia aérea” fue publicado en Dentro da noite veloz, libro que reunió poemas escritos entre 1962 e 1975, período que toca, por lo tanto, el exilio del poeta; y que el Poema sujo, a su vez, fue de hecho escrito – en 1975 – y publicado – en 1976 – cuando él aún estaba en Buenos Aires, bajo el riesgo de dos dictaduras: la brasileña y la argentina.

Rayar la ciudad: un punto de fuga. Un modo de trabajar los vestigios y las partidas; un modo de tener, quien sabe, en medio de ese “rabo de foguete”, por lo menos un pié en el suelo, o de tener un poco de ese suelo que en el presente, entretanto, puede presentarse solamente en memoria, en una imagen, presente apenas en su ausencia. Cojo de Toda poesia, en su edición de 2008, algunos versos que terminan el Poema sujo. Y, con ellos, dejo la línea abierta.

O homem está na cidade

como uma coisa está em outra

e a cidade está no homem

que está em outra cidade

mas variados são os modos

como uma coisa

está em outra coisa:

[…]

a cidade está no homem

quase como a árvore voa

no pássaro que a deixa

[…]