Land und Meer. La historia del dominio espacial | RAFA PINILLA

Seguramente, a día de hoy el interés por el análisis espacial no precise de demasiadas justificaciones como posible herramienta epistemológica en el campo de las ciencias sociales. En cambio, resulta algo más problemático citar a un autor como Carl Schmitt -tanto por sus ideas políticas como por su trayectoria vital- y reivindicarlo como pionero de ese mismo marco analítico. Afortunadamente, la valoración de la obra schmittiana empieza a tener cierto protagonismo desde ámbitos intelectuales sin prejuicios; y ello, independientemente de los vínculos ideológicos que hayan podido determinar su recepción crítica. En cualquier caso, nunca está demás seguir insistiendo en la lectura de una obra que va más allá de posicionamientos políticos, y que logró integrar de manera original la dimensión espacial como fuerza motriz del desarrollo histórico, social y político.

Entre la abundante producción de Schmitt habría que destacar especialmente Tierra y Mar, una obra dedicada a su pequeña hija, que con el subtítulo de una reflexión sobre la historia universal puede considerarse como una de las primeras historias de la globalización. Pero pesar de esta posición teórica casi pionera, convendría contextualizar la historia que se narra en las escasas páginas de la obra de Schmitt; tanto por el peculiar uso de las fuentes, como por la intempestiva metodología que parece retrotraernos a otros tiempos. Y es que, al margen de su contenido, son precisamente estos dos aspectos -las fuentes y el método que utiliza Schmitt- lo que más llama la atención a cualquier lector actual de Tierra y Mar.

Tierra y Mar fue escrita en plena Segunda Guerra Mundial -en concreto durante el año 1942-, una fase clave del conflicto y un momento especialmente difícil para un jurista de ambiciosas pretensiones humanistas. Después de sus diferencias con el Tercer Reich, desplazado de la esfera de poder nacionalsocialista y aislado en Berlín, Schmitt decide dar un vuelco a sus intereses para dirigir su atención a lo que entiende que son los “grandes momentos” de la historia de la humanidad -las conquistas espaciales- y a los relatos mítico-religiosos con todo su potencial narrativo -especialmente a las figuras de Leviatán y de Behemot-. Todo ello, además, unido a su peculiar pasión por “lecturas apócrifas” de autores como Raoul Castex o Herman Melville.

A partir del conflicto personal de Schmitt con la Realpolitik nazi se entiende la orientación de éste hacia una especie de macrorelato de la historia universal; un macrorelato en el que las revoluciones espaciales ocuparían un primerísimo plano, y en el que las fuerzas de los elementos de la vieja filosofía griega -tierra, mar, aire, fuego- se aliarán con la épica de un devenir que linda con lo escatológico. Así pues, a través de una lectura heterodoxa del Antiguo Testamento, de la “literatura marítima” y de los filósofos presocráticos -además su querencia por autores como Hobbes o Däubler-, Schmitt elaborará un discurso que mira al pasado para intentar pensar un presente en el que se estarían avecinando una serie de cambios geo-espaciales de trascendencia planetaria.

Precisamente, es el interés por la dimensión espacial como instancia ordenadora de las sociedades a lo largo de la historia lo que aquí nos parece más destacable de Tierra y Mar. Partiendo de que independientemente de las múltiples concepciones espaciales que el hombre ha desarrollado, toda sociedad se relaciona con el espacio de una determinada manera y todo gran cambio social, es por tanto, una revolución de índole espacial1. El hombre es un animal terrestre, sin embargo, a lo largo de su historia no se ha limitado a permanecer en la tierra; gracias a su inteligencia y su determinación ha podido dominar -o enfrentarse- a otros elementos ensanchado así sus horizontes espaciales. Pero junto a esta inquietud ontológica de todo ser humano, nos dice Schmitt siguiendo a Castex2; desde tiempos remotos ha existido el enfrentamiento entre tierra y mar: o como se narra en el Libro de Job; entre Behemot -la bestia terrestre- y Leviatán -el gran pez marino-.

Esta oposición se ha materializado históricamente en conflictos entre lo que habría que denominar potencias terrestres y potencias marítimas (p.e. el enfrentamiento entre Atenas -potencia marítima- contra Esparta -potencia terrestre-); aunque lo realmente trascendente de esta dialéctica elemental tendrá que ver con los grandes descubrimientos geográficos del siglo XVI, cuando por fin sea superado el limitado espacio talásico y se empiece a dominar el vasto espacio oceánico. En efecto; gracias al desarrollo de un conjunto de eficientes técnicas navales, la circunnavegación marítima, además de posibilitar el descubrimiento de otro mundo, jugará un papel central en la articulación de nuevas coordenadas espaciales. En este sentido, quizás sea el globo terráqueo la imagen más gráfica de la revolución espacial que da paso a la modernidad con el consiguiente dominio europeo del mundo.

Este hecho se puede definir como una revolución espacial de carácter planetario; surge de este fenómeno un nuevo mundo que transformará la conciencia de Europa y más tarde de toda la humanidad. Según Schmitt, se trata de un acontecimiento que no sólo tendrá consecuencias materiales vinculadas a una mera dilatación o expansión geográfica:

Lo que se transformaba, para la conciencia colectiva de los hombres, era más bien, la imagen global de nuestro planeta, y más todavía, la concepción astronómica de todo el universo (…) Por vez primera en su historia tuvo el hombre en su mano, como si fuera una bola, la esfera terrestre entera y verdadera3.

Así pues, las artes, la ciencia, o la técnica reflejarán de una manera u otra esta revolución espacial; un ejemplo elocuente será la pintura renacentista, que a diferencia de la tradición medieval ubicará lo representado en un espacio articulado con un fondo vacío. Un vacío que también se descubrirá en las ciencias; Copérnico, Kepler, y más tarde Newton consagrarán una dimensión espacial donde los astros se mueven en el universo según las leyes gravitacionales en un vasto -o infinito- espacio vacío.

Precisamente en esto consiste la revolución espacial que define con claridad Schmitt: en que una determinada concepción del espacio pensada o vivida sufra una transformación radical e irreversible. Y es evidente que una transformación de esta índole estaría estrechamente vinculada a la modernidad; porque como en otro lugar se ha destacado a partir de ese momento se configurará un espacio “vaciado” de cualquier relato premoderno, un espacio de carácter abstracto que tendrá uno de sus corolarios en la cuadricula de la planificación urbana racional que se impondrá como modelo ideal en el nuevo mundo4.

El domino del espacio es el dominio del mundo, y por ello la transformación y consolidación de la potencia marítima por excelencia -Inglaterra- tendrá como inevitable consecuencia la imposición global de un modelo de dominación política y económica estrechamente vinculado a su poderío espacial. Llegados a este punto Schmitt dice sobre la hegemonía británica:

Inglaterra se convirtió en señora de los mares y levantó sobre ese señorío del mar un Imperio mundial británico, que se extendía a todos los rincones del orbe (…) Lo que para los demás países era suelo y patria, lo consideraba él simple hinterland. El término continental adquirió el sentido de “retrasado”, y la población que lo habitaba se convirtió en backward people. Pero la propia isla, la metrópoli de ese Imperio mundial levantado merced a una forma puramente marítima, fue por ello desarraigada, privada de su contenido terrestre, “desterrizada”5.

Schmitt alude a una suerte de mutación geográfico-espacial; Inglaterra, a diferencia de las otras potencias europeas concibió de manera más efectiva que los demás imperios que su destino no debía de estar sujeto a lo continental: Leviatán se pondrá en movimiento para conquistar el planeta. A partir de aquí se puede suponer, sin forzar demasiado las interpretaciones, que el desarrollo y consolidación del primer capitalismo resulta un fenómeno totalmente indisociable del monstruoso poder de Leviatán -la rúbrica téorico-económica de este proceso no tardará en llegar; Adam Smith publicará su opus magnum La riqueza de las naciones en plena fase de consolidación imperial británica.

Uno se podría extender en la exégesis de un texto tan denso en contenidos como Tierra y Mar: desde las consideraciones de América y su hegemonía moderna debido a la naturaleza insular del continente -siguiendo las ideas del almirante Mahan-; hasta el último salto que da la obra al situarse en el presente con la importancia que han adquirido nuevos frentes con el éter -la emergencia del tráfico aéreo y el flujo de ondas electromagnéticas- y el fuego -la aparición del motor de explosión-. Se avecina así el siguiente estadio de revolución espacial planetaria de consecuencias imprevisibles; es tarea nuestra ubicarlo en el contexto inmediatamente posterior a la Segunda Guerra Mundial con el consiguiente desarrollo acelerado de la tecnología y de la industria armamentística. La historia del ello es bien conocida; lo que no lo es tanto es la envergadura de esa revolución espacial que ha superado con creces los límites del propio ser humano. Porque como dice Schmitt al concluir Tierra y Mar citando a Hölderlin: también aquí hay dioses y aquí reinan, grande es su medida…

1 Schmitt, C., Land und meer. Eine weltgeschichtliche Betrachtung, cap. I, Sttugart, Klett-Cotta, 1993.

2 Castex, R., La mer contre la terre, v. V, de Théories stratégiques, París, Societé d’ Editions Géographiques, Maritimes et Coloniales, 1935.

3 Schmitt, C, op.cit., cap. XII.

4 Véase, por ejemplo la obra de Lash, S. y Urry, J., Economies of Signs & Space, Londres, Sage Publictaions, 1994.

5 Schmitt, C., op. cit.,cap. XVI.