Ars Electronica 2009. Más Electrónica que Arte… | MARISA GÓMEZ

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Como cada Septiembre desde 1979, la ciudad de Linz celebraba este año 2009 la trigésima edición del su conocido y prestigioso festival Ars Electronica, un festival que a lo largo de su dilatada trayectoria se ha centrado en poner de relieve el impacto de las “nuevas tecnologías” y la revolución digital sobre la cultura y las prácticas artísticas.

Y esto no es poco. Cuando a finales de la década de los 70 arrancaba la primera edición del festival, como parte del Internacional Bruckner Festival -centrado fundamentalemente en la música clásica como homenaje a este compositor nacido en Linz-, muy pocas instituciones habían centrado su atención en la transformación socio-cultural que las tecnologías digitales estaban llevando a cabo. Prácticamente sólo el SIGGRAPH (Association for Computing Machinery’s Special Interest Group on Graphics and Interactive Techniques) había comenzado a celebrar en EEUU en 1974 su festival anual, centrado en el desarrollo de los gráficos por ordenador y sus aplicaciones interactivas, especialmente en la industria audiovisual.

Más allá de algunas exposiciones puntuales desarrolladas ya en 1968, como “Cybernetic Serendipity”, celebrada en el Institute of Contemporary Art de Londres o “Software”, en el Jewish Museum de Nueva York, el Ars Electronica Festival era el primer evento con vocación internacional que exploraba la relación entre las prácticas artísticas y las tecnologías de comunicación e información que comenzaban a expandirse por aquellos años.

Convertido en un acontecimiento de referencia para todos los interesados en este campo, en 1986 el Festival se independiza del BrucknerFest y comienza una nueva etapa de andadura -que duraría hasta 1995- bajo la mano de Peter Weibel, comisario y director del ZKM -recientemente más conocido en España por su curaduría de la pasada Bienal de Sevilla- y uno de los fundadores del pensamiento sobre la relación entre arte y tecnología. En 1996 el artista austriaco Gerfreid Stocker asume la dirección del festival, convirtiéndolo definitivamente en un foco de actividad permanente apoyado por la creación del Ars Electronica Center, campo base de las futuras actividades del Ars Electronica Festival.

Su modelo, seguido por otros muchos festivales surgidos posteriormente en Europa -como el European Media Art Festival, Osanbrück (Alemania), 1981, el Transmediale, Berlín (Alemania), 1988, o Art Futura (España), 1990-, se basa en un conjunto de exposiciones vinculadas al tema central de cada año, en el Prix Ars Electrónica, competición de Ciberarte en la que se premian las propuestas más innovadoras en categorías como Animación Digital, Música Digital, Arte Híbrido, Arte interactivo o Comunidades Digitales, y en el FutureLab, un laboratorio de investigación y creación permanente en las ámbito de la interactividad e interfaces.

Nuevo Ars Electronica Center, 2009

Este formato de gran festival internacional entrará directamente en el ámbito de los grandes eventos del arte que vienen llenando las agendas de profesionales y aficionados en las últimas décadas: Bienales, Documentas, Ferias de Arte y Festivales son, en sí mismos y más allá de su contenido, un fenómeno que caracteriza la institución artística de nuestros días. Aunque su capacidad de atraer multitudes de las más dispares procedencias e intereses y de dinamizar regiones periféricas e insertarlas en al mapa cultural mundial es indiscutible, cabría preguntarse si, en la práctica -a nivel de contenidos, objetivos y desarrollo-, estos grandes eventos están a la altura de la fama y publicidad que les precede.

Ars Electronica 2009

Como explicaba más arriba, la importancia del Ars Electronica Festival como impulsor y generador de debates entorno a las relaciones arte-tecnología es innegable, y así lo ratifica el hecho de que manuales, artículos y críticas sobre el tema lo citen constantemente.

Es por ello que, cuando alguien como quien escribe estas líneas -con un interés por estas cuestiones que va más allá de la simple curiosidad- decide subirse a un avión para pasar una semana visitando el festival, lo hace pensando que viajará al ombligo del mundo de la experimentación tecnológica y artística contemporánea. Y desde luego, es así en gran medida. Sin embargo, quizás por un exceso de expectativas, el Festival resultó ser, en mi caso, bastante diferente a lo que esperaba encontrar.

El hecho de que este año el festival celebrase su trigésima edición, coincidiendo con la capitalidad Europea  de la Cultura de Linz y el estreno del nuevo edificio del Ars Electronica Center -una estructura multifuncional de varios niveles, con fachada acristalada cubierta de LEDs diseñada por un prestigioso estudio de arquitectura vienés-, así como un tema radicalmente innovador en el panorama contemporáneo, “Human Nature”, eran, a mi parecer, motivo más que suficiente para generar expectativas.

Como es lógico, ante un evento de estas dimensiones, es necesario plantearse que, como se suele decir, “tiene que haber de todo”, es decir, uno sabe que va a encontrarse con piezas que le fascinen y otras que no le generen el más mínimo interés. Por otro lado, cuando uno procede del mundo del arte, como es mi caso, debe aproximarse al Ars Electronica sabiendo que, dado que su intención es establecer un diálogo entre el arte, la ciencia, la tecnología y la sociedad, la presencia de los discursos sobre arte no es dominante.
Y en el caso de esta última edición, quizás por el tema en sí mismo -planteado como una reflexión sobre los desafíos de la ingeniería genética y la biotecnología están generando, no sólo sobre nuestro entorno, sino también sobre la propia vida y, en definitiva sobre la condición humana- podría decirse que, en general, los discursos sobre arte no sólo no fueron dominantes sino que ocupaban un papel secundario.
Por ejemplo, la sección “The Device Art Project”, donde se presentaban una serie de artilugios producidos de la mano de la más alta ingeniería japonesa -como el Media Vehicle de Hiroo Iwata – o la presencia del artista invitado, estrella mediática del festival, Hirishi Ichiguro con su robot Geminoid HI-1, un réplica de sí mismo basada en el estudio del comportamiento humano, dejaban poco espacio al diálogo con las prácticas artísticas y las cuestiones estéticas para plantearse más bien como escaparates de la ingeniería que viene y sus posibilidades comerciales. Baste comentar como anécdota la enorme sorpresa del profesor Ichiguro cuando, en una conversación informal, tuve oportunidad de comentarle que procedía del mundo de la historia del arte.

Geminoid HI-1, Profesor Ichiguro

No pretendo ser conservadora ni reaccionaria, puesto que ni el arte ni las categorías estéticas existen ya en su sentido más tradicional, y las prácticas artísticas son y serán cada vez más híbridos entre la ingeniería, la biotecnología y la informática. Esta es la esencia de este nuevo arte tecnológico y es el fruto de un paradigma cultural que tiende a la reunión de la cultura científica y la humanística.
Sin embargo, considero que este modelo necesita todavía muchísima reflexión desde el punto de vista de las prácticas artísticas y creo que los múltiples ciclos de conferencias organizados entorno al festival -contando con algunos de los principales teóricos del panorama tecnoartístico contemporáneo- no incidieron lo suficiente en generar debate entorno a este nuevo contexto en las prácticas artísticas, pero sí en la ingeniería.
Si uno esperaba encontrar un ambiente salpicado de profesionales del ámbito de la creación e investigación en arte y “nuevas tecnologías” que generarían un foco de debate extraordinario, resultaba más común encontrar personalidades que se definían a sí mismos como “businessmen” de la tecnología, una especie de caza-novedades tecnológicas con proyección comercial, procedentes sobre todo de Japón.
Exposiciones mucho más pequeñas de lo que uno pudiese imaginar, un programa de conferencias más que mejorable y un superficial homenaje a las ediciones anteriores del festival, podrían deberse -se comentaba en los círculos del evento- a la falta de fondos por la enorme inversión en el nuevo edificio o a los problemas de gestión del centro en medio de la incertidumbre sobre su nuevo director.

En todo caso, y mucho más allá de las críticas, la experiencia ha valido la pena. Esté el arte o no en un segundo plano, sin duda el festival es una perfecta vía de reflexión personal sobre las relaciones entre arte, ciencia y tecnología y su objetivo de ser , como explicaba José Luis de Vicente, un gran foro de ideas y escaparate para proyectos sofisticados e innovadores está más que cumplido, aunque el festival resulta cada vez menos importante como generador de discursos nuevos, en especial en lo que respecta al campo de las prácticas artísticas.

A destacar…

Como he dicho, en un evento de estas características, por supuesto, más allá de la impresión general, se podrían señalar muchísimas elementos a destacar positivamente.
En mi opinión, uno de los espacios más atractivos del festival -parte integrante del nuevo edificio y centro de acción del FutureLab– fue el DeepSpace, una sala dotada de la más avanzada tecnología de proyección tridimensional en la que se podían experimentar colectivamente proyectos de realidad virtual inmersiva de enorme interés y calidad.

Performace con el Sintetizador de Max Brand

Por otro lado, en el programa de actividades paralelas -conciertos, performances, etc.- a las exposiciones y conferencias, se podían encontrar propuestas de lo más atractivas. Entre ellas destacaría, además de los grandes conciertos de la noche del domingo, en los que la Brucknerhaus acogió la música sinfónica de Arvo Pärt y Alan Hovhaness acompañada de proyecciones digitales, la interpretación de E. Schimana de una composición para el sintetizador de Max Brand. Un concierto que consistió en dar vida a un sintetizador de 1957, un mecanismo histórico de nuestra cultura digital cuyo sonido envolvente basado en frecuencias sub-armónicas era descrito como “un descenso a los infiernos sin ticket de regreso”.

Por otra parte, señalaría otros conciertos y performances vinculados a la música electrónica -otro de los grandes pilares del festival-, como las celebradas en el histórico hotel Rother Krebs. A continuación, dejo una muestra de un vídeo de la actuación en directo del Dj y performer Ronnieism.