A propósito de La Piel Quemada | RAFAEL PINILLA

Se puede decir que en todo reestreno se entretejen dos coartadas estrechamente relacionadas entre sí; por un lado se reivindica un producto susceptible de interesar de nuevo al público -como ocurre en la mayoría de casos- y por el otro se pretende resituar o revalorizar dicho producto -cosa que también ocurre a menudo-. En el reestreno veraniego de La Piel Quemada resulta más pertinente que nunca reivindicar las dos coartadas; y es que aunque suene a tópico periodístico, nos encontramos aquí ante una de esas obras de sorprendente actualidad y de necesaria revalorización crítica.

Dirgida en el año 1967 por Josep Maria Forn, este peculiarísimo largometraje está emparentado con una serie de realizaciones que por entonces empezaban a tratar uno de los fenómenos sociales más relevantes de la España del momento y que pronto eclosionará en una suerte de subgénero autóctono: lo que se podría denominar “cine de turismo”. Sin embargo, al margen de la visión amable de la España del Desarrollismo que mostraban muchas de aquellas películas -recuérdese el “landismo” con sus lamentables estereotipos-, La Piel Quemada plantea una mirada casi neorrealista al tema de la inmigración andaluza y su llegada a la costa mediterránea para trabajar en la construcción y en la incipiente industria del turismo.

El protagonista (Antonio Iranzo) ha dejado en su Andalucía natal a su esposa e hijos para trabajar en la construcción en la localidad costera de Lloret de Mar junto a otros inmigrantes llegados del sur de España. Después de llevar un tiempo trabajando en la obra, José ha podido hacerse con algo de dinero y una destartalada casucha, por eso su esposa (Marta May) con sus dos hijos y su hermano se disponen a unirse a él para emprender una nueva vida en la Costa Brava. Durante el periplo viajero de su familia el protagonista conocerá una noche a una turista belga que propiciará que éste entre en contacto con un mundo hasta entonces desconocido. Precisamente en este encuentro fugaz se contrastarán las vidas de una inmigración pobre y casi analfabeta con una clase social adinerada dispuesta a disfrutar del consumo turístico y el estilo de vida asociado a éste.

Forn no sólo se centra en las desigualdades económicas -de clase- de la inmigración andaluza y un turismo de mayor nivel adquisitivo, sino también en los conflictos sociales y culturales con una población autóctona que en algunos casos no acabó de asimilar con normalidad la llegada masiva de trabajadores del sur de España. En efecto, por La Piel Quemada desfila el empresario catalán sin escrúpulos y algún que otro nativo que despreciará con el calificativo de “murcianos” a unos recién llegados de acento y costumbres supuestamente diferentes. Pero lejos de quedarse en esta mirada parcial -e históricamente falsa- el director también nos muestra la otra cara de esa misma realidad; la de una población nativa que lejos de marginar al “murciano” lo trata como a un catalán más.

Con un argumento que trata esta realidad y unos protagonistas que “ejercen” de esforzados inmigrantes resultaría relativamente fácil caer en un maniqueísmo reduccionista y presentar a la inmigración como a un colectivo con valores antropólogicos positivos (apego a la tradición, lealtad grupal, honestidad intrínseca) y a los turistas y a la población autóctona con rasgos negativos (decadencia cultural, consumistas compulsivos, explotadores interesados). Nada de ello ocurre en La Piel Quemada; el escarceo sexual de José y su atropellada inmersión en los placeres de los excesos nocturnos no lo redimen de ninguna de las maneras: todo se zanja con una apresurada huída del apartamento de la turista belga -en el que un compañero de juerga roba las pertenencias de su amante- para ir al encuentro de su sufrida familia en la estación de autobuses. Finalmente el reencuentro no supone para el protagonista conflicto moral alguno.

Resulta entonces evidente porque La Piel Quemada resulta un largometraje de actualidad en los inicios del siglo XXI. Aquella primera ola migratoria logró integrarse y tanto ellos como sus hijos son considerados catalanes con todo lo que eso supone; de hecho, nadie duda hoy día que el dinamismo económico de esa época es absolutamente indisociable de ese flujo migratorio. Como bien se sabe la segunda ola migratoria ya no la protagonizan andaluces ni extremeños; vienen de Sudamérica, África o Europa del Este: está por ver si los conflictos que generan y que llenan los periódicos y la televisión a diario se resolverán de la misma manera. En cualquier caso, se resuelvan de una manera o se resuelvan de otra, películas como La Piel Quemada son más indispensables que nunca para tener algo de perspectiva.