Latencias del Sublime Tecnológico: ¿Hacia una Net Age Postromántica? | RAFAEL PINILLA

Como es sabido, en determinados grupúsculos de los 60 se produjo una peculiar amalgama ideológica de filosofía a la carta y una pasión cuasi patológica por las nuevas tecnologías. Era este un terreno propicio para que se consolidara una especie de sincretismo contracultural -la new age- que más tarde se convertiría en una etiqueta de éxito; como por entonces proclamaba el horrendo musical de moda, la era de Acuario estaba al caer.

Estaba y quizás continúa estando al caer. Se puede decir que el espíritu de la new age sigue amenazando con sus imprevisibles mutaciones; tanto en los numerosos productos que se difunden con esa denominación de manera explícita, como en las múltiples estrategias proclives al reciclaje filosófico y su optimista alianza con las nuevas tecnologías y con eso que se ha definido comoWeb 2.0.

De hecho, los apocalípticos harían bien de no quejarse demasiado; cualquiera puede intuir que los cambios que se avecinan son de tal calado que cuestionarlos sin más, además de ser sospechoso ideológicamente, no resulta demasiado sensato antropológicamente hablando. Lo único que se puede hacer es pasar revista crítica a una serie de ideas que a menudo proliferan en entornos que trabajan con las nuevas tecnologías o en la red: las conclusiones deliberadamente parciales servirán para plantear una de las facetas que condicionan al artista/activista digital.
Para ello, tres breves ejemplos de distintos contextos filotecnológicos que servirán para ilustrar algunas inercias.

Uno. Adiós al cuerpo obsoleto

Incluir en estos ejemplos a un mcluhaniano más mcluhaniano que McLuhan puede parecer tendencioso -sobretodo porque los experimentos de Sterlac están vinculados a un contexto que algunos consideran superado-; sin embargo, a pesar de esa posibilidad, la actitud del viejo ciberpunk australiano en relación a las nuevas tecnologías puede valer como punto de partida significativo. Sterlac es conocido sobretodo por su pionera militancia en el body-art cibernético, con su consiguiente obsesión por la modificación del cuerpo a través de todo tipo de engendros y artefactos tecnológicos.

Al margen de conocidos proyectos que nos sitúan ante un artista que aúna con solvencia estética la robótica de implantes a lo William Gibson y la performance (véase por ejemplo Amplified Body, Structure/Substance, Elapsed Horizon/Enhanced Assumption), lo que nos sitúa mejor a la hora de valorar el trabajo de Sterlac es su propio discurso:

La evolución acaba cuando la tecnología invade el cuerpo. Una vez que la tecnología da a cada individuo la posibilidad de progresar individualmente en su desarrollo como cosa, la cohesión de la especie ya no tiene importancia[1].

Sterlac se alía con La Mettrie y nos habla de un cuerpo que parece igualarse al objeto tecnológico que lo modifica; o planteado en otros términos: para el sufrido artista del “tercer brazo” cuerpo humano y tecnología estarían determinados por un mismo estatuto ontológico. Sin embargo, si hurgamos con más atención en las libidinosas ideas del artista, vemos que éstas no se quedan simplemente ahí; a partir de esta supuesta igualdad, el discurso del Sterlac acaba por devaluar el cuerpo y se posiciona a favor de una tecnología todopoderosa que hará del hombre una especie de Übermenshmachine postnietzscheano: esto es, la conversión del devaluado cuerpo en una suerte de “proyectil amplificado y acelerado”:

El cuerpo no como sujeto sino como objeto. No como objeto de deseo sino como objeto de diseño[2]

No hay que ir demasiado lejos; las ideas de Sterlac se estrellan estrepitosamente con un determinismo tecnológico de corte neodarwiniano que rehabilita la utópica relación hombre-tecnología como el mejor de los mundos posibles. Sterlac vendría a ser uno de los representantes de unos cuantos individuos y colectivos que se dejan oír en entornos tecnológicos -y por supuesto más allá de estos-que se dedican a pensar por los demás para especular con un mundo a la medida del propio entorno tecnológico; un mundo donde esa misma tecnología se integra felizmente en la vida de los hombres al margen de cualquier conflicto. A partir de este punto, lo único que nos queda es que una máquina arquetipo acabe sustituyendo nuestras miserias y limitaciones corporales. Habrá que ver si es ese el posthumanismo que se avecina.

Dos. Hacktivismos

De la reificación de la tecnología como el mejor de los mundos posibles a la utilización de la tecnología para mejorar un mundo que ha de mejorarse, se da un leve desplazamiento de sentido que vendría a situarnos de lleno en la larga tradición utópica y revolucionaria. Un ejemplo de ello puede ser el trabajo de McKenzie Wark y su Manifiesto Hacker, un trabajo que retoma el manifiesto comunista de Marx y Engels para adaptarlo convenientemente a la realidad postrevolucionaria de hoy día.
Wark reactualiza hábilmente el manifiesto enfatizando el perfil del nuevo sujeto de vanguardia que se alzará contra el dominio y la tiranía de la “clase vectorial” o clase dominante-acaparadora. Como no podía ser de otra manera, este sujeto de vanguardia ha dejado de ser el proletariado de manos grasientas hacinado en entornos fabriles; ahora es la figura del hacker que se mueve con habilidad zorruna en la red de redes el portador del cambio[3].

Está claro que Wark se toma en serio el papel del contexto económico posfordista; entiende -como realmente ocurre- que el modelo fordista-taylorista está en crisis y que de ahí no surgirá la clase que se convierta en la avanzadilla de un mundo mejor. En cambio delante de las pantallas de los ordenadores sí: porque la clase hacker tiene un potencial que no sólo integra a piratas con ansia de desestabilizar el sitema, sino también a una heterogénea multitud de espíritu rizómatico que estaría en condiciones de manejar las nuevas tecnologías para construir una sociedad mejor. Mientras tanto, como dicen otros ilustres teóricos de éxito académico, solo habría que esparar el momento de Kairós[4] .

El problema de repetir a Marx no es caer en los mismos errores, sino hacerlo de tal manera que se acaben por cometer más errores. Quizás lo más razonable en relación a la musculosa metafísica de Marx sea no reinventarla demasiado; porque al margen de los flirteos del Manifiesto Hacker con el postestructuralismo de Deleuze (como no), donde acaban por resquebrajarse definitivamente este tipo de hacktivismos con intención de teorizar supuestas clases es precisamente en las mismas categorías que se elaboran alegremente.

La pregunta que hay que hacerse es muy simple ¿realmente esta multitud potencialmente revolucionaria tiene conciencia de clase? O planteado de otra manera ¿Realmente la red es un espacio de interacción susceptible de generar subjetividades-x con intención de cambiar las cosas? La respuesta para algunos es obvia. Daniel Cohen va incluso más lejos cuando valora el espacio de la fábrica como lugar de encuentro interclasista que hoy tiende a desaparecer; de hecho, a pesar de los tópicos, la fábrica fordista era un espacio de interacción más heterogéneo que nuestros actuales entornos laborales y extralaborales[5]. Se podría concluir que quizás la inmaterialidad de la red no ayuda a articular una conciencia de clase -conciencia de clase tangible- que algunos se esfuerzan en definir de manera cerrada. Aunque a lo mejor se nos escapa que Facebook es el perfil de esa nueva clase.

Y tres. Avance y Futuro

Después del artista y del activista dos acontecimientos, ambos vinculados a la escena de una ciudad como Barcelona, pero que ilustra la idiosincrasia que define a algunos de los agentes involucrados en el trabajo con nuevas tecnologías. Uno es el festival Sónar y otro Art Futura. Poco se puede decir de estos acontecimientos que no se sepa o se haya dicho ya: el primero implica principalmente a una escena musical -y en menor grado artística-, y el segundo muestra realizaciones en las que la producción infográfica y sus derivaciones copan la programación.
No se va a pasar revista al nutrido catálogo de músicos, artistas y realizadores que reiteran conceptos o discursos afines a lo que aquí se pretende cuestionar, resulta mucho más sencillo prestar atención hermenéutica al nombre de ambos festivales: ya se sabe que un nombre no sólo es un nombre. Sónar. Festival de Música Avanzada y Arte Multimedia. Art Futura. En el primero a destacar especialmente lo de Música Avanzada, y en el segundo lo de Futura/o.

La idea de “música avanzada” presupone que existe otra música que no es avanzada; para los amigos del Sónar principalmente la que no ha integrado felizmente las nuevas tecnologías y lo relacionado con su influencia -estética en un sentido popular del término, no hay que engañarse-. Se plantea así una diferenciación tajante entre un tipo de música (la electrónica, principalmente), que es avanzada, y las demás, que por supuesto no son avanzadas por utilizar medios o lenguajes “tradicionales”. Esta diferenciación reelabora la idea moderna de avanzadilla artística para volver a poner sobre la mesa la vieja conceptualización de vanguardia en oposición a una retaguardia retrógada o reaccionaria. Se puede decir que la postmodernidad va según convenga.

Lo de Art Futura es más evidente si cabe. Arte del futuro -la idea de futuro como lugar utópico, nada de distopías-: un tipo de arte que utiliza unos medios y un lenguaje que es “el futuro” -y que además es posible experimentar a tiempo real gracias al acontecimiento en cuestión. También aquí la cesura entre un pasado-presente obsoleto y supereble y lo positivo-futuro que está por venir se evidencia en toda su simplicidad. Dicotomías que parecen reabilitar mitos de salvación futura y que de paso dan la razón a Mircea Eliade cuando decía que la estructura de lo religioso supera lo religioso[6].

Avance y futuro, conceptualizaciones que a pesar de lo ideológicamente embrutecidas que parecían estar, vuelven a tener vigencia en contextos donde se entiende que las nuevas tecnologías acabarán propiciando eso mismo. Es evidente que las utopías no han muerto, parece que gracias a las nuevas tecnologías hay que prever un mundo en el que los músicos realmente avanzados utilizarán el sampler, y en el que el cine del futuro se basará en el uso masivo de la infografía y los medios digitales. Puede que realmente esto sea así, pero independientemente de ello siempre se podrá considerar que una sinfonía de Part o una película de Haneke tampoco desmerecen lo de avanzado y lo de futuro. Y sin necesidad de apelar a que una cosa es así y la otra no.

Sublime tecnológico y Net Age.

Es evidente que estos tres ejemplos que se han descrito brevemente no representan a la compleja totalidad de individuos que trabajan con las nuevas tecnologías -¿quién no está exento de ello hoy día?-, la intención (no hay que cansarse de repetirlo) ha sido más bien detectar determinadas inercias que definen algunos discursos de cierto protagonismo teórico. Como aquí se ha querido ejemplificar, algunos de estos discursos han rehabilitado actitudes y conceptos que algunos consideraban superados; de hecho, se podría decir que de una forma u otra estos tres casos ponen de relieve una especie de retórica del “sublime tecnológico” en la que la tecnología y lo relacionado con su radio de influencia adquiere un carácter redentor o purificador.

Peter Sloterdijk se refiere irónicamente a todo ello como la “Net Age”[7], una Net Age que muchas veces acaba prisionera de una idiosincrasia que, al margen de sus diferencias objetivas, es heredera de los límites de ese espíritu romántico que aún perdura -y que sin duda perdurará- en tantos constructos de hoy día y en tantas ideologías que a lo mejor habría que repensar de manera algo más crítica. No se trata de ser apocalíptico, si no de ser consciente de que si de lo que se trata es de construir un mundo mejor y de especular con algo tan lábil como el futuro quizás habría que tener presente lo que Félix Guattari nos decía: “una contestación semitolerada, semiestimulada y recuperada podría formar intrínsecamente parte del sistema”[8]. Afortunadamente existen las contestaciones; y también en ese territorio que seguramente definirá el siglo XXI. La crónica de ello será competencia de los expertos.

NOTAS DE PIE

[1] Cit. por Dery, M., en Velocidad de Escape, p. 184, Madrid, Siruela, 1998.

[2] Ibid.

[3] Wark, M., Un manifiesto hacker, Barcelona, Alpha Decay, 2006.

[4] Hardt, M. y Negri, A., Multitud, Barcelona, Debate, 2004.

[5] Cohen, D., Tres lecciones sobre la sociedad postindustrial, Buenos Aires, Katz, 2006.

[6] Eliade, M., El mito del eterno retorno, Madrid, Alianza, 1999.

[7] Sloterdijk, P., En el mundo interior del capital. Para una teoría filosófica de la globalización, Madrid, Siruela, 2007.

[8] Guattari, F., Plan sobre el planeta. Capitalismo mundial integrado y revoluciones moleculares, Madrid, Traficantes de Sueños, 2004, p. 52.