La Zona:Ficción, Metáfora y Realidad del Mundo Dividido | MARISA GÓMEZ

Este film mexicano, ópera prima del director uruguayo Rodrigo Plá estrenado en 2007, es, aparentemente, un thriller realista basado en la creciente paranoia de una comunidad de vecinos que ve perturbada su apacible vida en una urbanización de lujo y alta seguridad de la Ciudad de México, La Zona, a partir de la entrada de un grupo de delincuentes.

Sin embargo, considero que más allá de los conflictos morales más obvios encarnados en los personajes, podemos leer este film en clave de ficción metafórica para situarnos en una realidad social que no sólo es la mexicana, sino que expresa las problemáticas sociales más enraizadas en nuestro mundo global. A través de esta interpretación, el film se convierte en sí mismo en una metáfora intemporal de nuestra época, que se re-actualiza cada vez que leemos los periódicos, vemos las noticias o nos aproximamos a los diversos discursos ideológicos producidos en este contexto.

Aunque esta interpretación puede verse como una lectura personal de la significación del film, considero que las propias formas narrativas bajo las que se nos presenta el conflicto contienen una cierta intencionalidad en este sentido.

Un primer recorrido por La Zona nos describe este universo cerrado de la clase alta: cerrado por vallas, donde entre los jardines y casas unifamiliares, sus vecinos hacen footing y parecen vivir una vida despreocupada. Sin embargo, este carácter idílico de la urbanización hace inevitable, al contemplarla, captar su absoluta hiperrealidad. Parece que nos encontramos más ante un parque temático o una ciudad como Celebration, construida por Disney en Florida, que ante un vecindario real. Los planos de las cámaras de videovigilancia de la propia urbanización, que alternan con los planos “reales” del espacio contribuyen a crear este sentimiento de hiperrealidad: refuerzan la idea de que nos hallamos ante un espacio construido, ficticio, además de remitirnos a las ideas de control y vigilancia -convertidas en símbolo de seguridad- tan recurrentes en el mundo contemporáneo. La Zona adquiere desde este momento un cierto carácter siniestro.

Esta primera escena se contrapone a la segunda, el universo que hay tras los muros: el caos, la vorágine de la ciudad, la pobreza… Otra forma de un mundo siniestro que también aparece revestido, gracias a la luz de una noche tormentosa, de una cierta teatralidad, de un carácter ficticio. Son mundos diferentes, pero quizás no opuestos.

Así, desde las primeras escenas del film, a pesar de su aparente realismo, nos situamos ya en el territorio de la ficción, que sienta las bases de la metáfora sobre la que se desarrollará la acción.

Los Unos contra los Otros

El conflicto comienza, pues, cuando tres asaltantes cruzan los muros de La Zona. En un intento de robo, matan a una de las vecinas. Durante su huída, dos de los delincuentes son asesinados por los vecinos, mientras que el otro consigue escapar, pero queda atrapado en la urbanización.

Como en una especie de Fuenteovejuna moderna, los vecinos deciden protegerse entre sí e intentan mantener al margen a la policía para conservar la autonomía de La Zona.

Renace entonces con fuerza la dicotomía entre Nosotros y Ellos -elemento clave en las definiciones de cultura e ideología y de los conflictos que se derivan de ellas, tal como lo plantea Teun A. Van Dijk en su Ideología y Discurso; una dicotomía representada en todo momento por el perímetro de seguridad de La Zona, pero que parece olvidada por la cotidianeidad. Tratando de mantener su estatus de Nosotros, con todo lo que esto representa, los vecinos comienzan a buscar soluciones, dando forma a diversos conflictos morales en los que se ponen en juego la pertenencia, la identidad, los valores, y otros elementos que definen a cualquier grupo. Defender ese estatus requerirá enfrentarse a Ellos, que no son sólo “el asesino”, sino todos los otros que no pertenecen a la mayoría dominante del grupo: la policía y los vecinos que se han opuesto a esta mayoría.

Es este estatus de Nosotros el que sirve al grupo para autorrepresentarse y legitimar ideológicamente cualquier acción en defensa de aquello que, por derecho, siempre les ha correspondido: su seguridad -deciden dar caza al asesino, al otro que ha atentado contra este derecho-, su autonomía -están dispuestos a sobornar a la policía y terminan haciéndolo- y su unidad como grupo -coaccionan a todos aquellos vecinos que no aceptan las anteriores premisas, hasta que algunos deciden marcharse.

Pero además de este respaldo ideológico, los vecinos de la comunidad logran materializar sus acciones a través de un poder que les proporciona su condición social: poder económico y posesión de un muro tras el que sólo ellos, y nunca los otros, dictan las normas.

Nosotros

Varios personajes del film son muestra de esta posición. Sin embargo, la acción se polariza sobre Alejandro, el hijo de uno de los vecinos defensores de La Zona como institución. Alejandro quiere unirse, con la mayoría, a la caza del asesino que está suelto en la urbanización para defenderla.

Todo el simbolismo de esta cacería está representado en la escena que Alejandro y otros adolescentes del grupo recorren armados el campo de golf dispuestos a encontrar a su víctima, mientras disfrutan de esta guerra como un juego al que, por supuesto, han elegido jugar.

Todo cambia cuando el chico se topa con el asesino, que resulta ser otro joven de su edad, cansado y asustado. Cuando el asesino se convierte en Miguel -efectivamente autor del asesinato, pero fortuitamente y movido por unas circunstancias muy diferentes a las que se viven en La Zona– la tensión moral no deja de aumentar, mientras el espectador tiende a juzgar cada vez más terribles las acciones de los vecinos. Y sin embargo, Miguel es un asesino. Alejandro pasa a representar la única esperanza de que Miguel sobreviva a los vecinos.

Ellos

Este lado humano de Miguel -muy ligado a toda una tradición de un “cine de pobres” mexicano que se ha movido entorno a esta especie de imaginario del “pobre bueno”, aunque con un profundo trasfondo ideológico- se ve reforzado por la imagen de su madre esperando día y noche a las puertas de La Zona, sin poder cruzar nunca esa barrera.

El policía que trata de esclarecer el caso, movido por una incorruptible moral, acaba cediendo al soborno. Por voluntad de sus superiores, sí, pero lo acepta. Su posición de poder es, por tanto, relativa, y no puede ser una solución al conflicto desde el punto de vista de los otros. Este ambiente de corrupción y soborno se enmarca dentro de un contexto político e histórico muy mexicano, sin embargo, por supuesto, puede ser llevado más allá.

Aunque a través de Alejandro o el policía podemos atisbar una solución al conflicto, finalmente los vecinos hacen justicia de modo brutal. Alejandro se convierte en el responsable moral de redimir al asesino asesinado. La Zona vuelve a la normalidad, pero todo parece haber cambiado para los vecinos. Sus conciencias se han removido, también son asesinos -lo han sido desde la noche del asalto- pero a pesar del precio, el objetivo del grupo se ha cumplido.

El Mundo Dividido

Aunque presento aquí una revisión muy simplista de todos los conflictos que se plantean en el film, lo que puede verse claramente es que no hay bueno sin malos. Cada uno actúa en relación a sus convicciones, justificaciones y circunstancias, asumiendo las consecuencias. Aquí se concentra una gran parte del realismo del film, a pesar de ser una historia ficticia, y aquí está su parte real.

Sin embargo, para retomar la idea del principio y presentar este film como metáfora del mundo contemporáneo, el punto sobre el que quiero centrarme es el muro, la valla que separa La Zona, a Nosotros, de los otros.

Sí, el muro actúa como una afirmación de la identidad. Es la materialización de esa diferencia irreconciliable tras la que se ocultan, sin embargo, seres humanos, que toman la posición de Nosotros o de Ellos según las circunstancias. El Muro de Berlín quizás haya sido uno de los más famosos, pero cabe recordar que en el mundo global contemporáneo hemos levantado, unos y otros, muchos muros que siguen en pie. Y cabe recordarlo porque, al igual que en La Zona, la cotidianeidad nos hace olvidarlos. Quienes los levantan detentan el poder y defienden su derecho a que no sean cruzados, mientras que Ellos defienden su derecho a no aceptarlos y, en muchos casos, su derecho a la supervivencia.

Sirva como última reflexión una frase del film, pronunciada por uno de los vecinos que se opone a la mayoría. Mirando cómo su hijo pequeño juega en el jardín y pensando en cuando crezca se pregunta:

¿Qué voy a decirle cuando me pregunte por qué vivimos detrás de un muro?