Reflexiones sobre la no/autoría o co/autoría en el net art | MODESTA DI PAOLA

La renovación en el pensamiento artístico del novecientos ha sido producida por la separación de la idea de arte a la idea de belleza y, en particular, de belleza absoluta: ¿qué absoluto se puede dar en un universo laico y relativista? Las filosofías constructivistas, posestructuralistas y posmodernas han determinado un progresivo abandono de las ideas esencialistas en las que se fundaban los paradigmas absolutos del arte: verdad y belleza. Jacques Derrida afirma que la obra de arte, en su polisemia constitutiva, muestra evidencia de cuánto de caótico y fragmentario existe en el ser, concebido como el conjunto de diferencias no ordenadas y sin rasgos de teología. Jean-François Lyotard, por su parte, subraya el carácter fragmentario del ser y consecuentemente de la obra. El filósofo francés inaugura de forma notable, la afortunada y polémica definición de la estética posmoderna: una posición que, una vez terminada cualquier aspiración utópica y creencia dogmática, pide a la obra que interprete el desorden de las cosas en las que se mezclan estilos y concepciones diferentes de la vida misma. A la disolución de la idea de belleza se acompaña también la disolución de las categorías artísticas que se apoyaban en la idea de obra de arte como “original”, “única” e “innovadora”.

Cuando en 1968 Roland Barthes publica su emblemático artículo titulado “La muerte del autor” se da un vuelco trascendental a la cuestión del autor en poner énfasis al proceso de recepción. El estructuralismo francés llevó el debate sobre la contingencia de la autoría al ámbito más abstracto de las figuras discursivas del lenguaje. En aquel momento, el objeto central de las investigaciones de Barthes no era la obra, en cuanto propiedad del autor burgués y objeto de consumo, es decir mercancía, sino el texto en cuanto tejido de citas provenientes directamente del sustrato cultural. Con Barthes, por fin la figura mítica del autor como productor de significados inspirados por energías desconocidas, se vaciaba en favor del acto colectivo y cultural.

Un año después Michel Foucault publicaba su artículo “¿Qué es un autor?” en la que ponía énfasis al hecho de que la libertad potencial del “lector de textos” no suponía necesariamente una liberación de los procesos de explotación y alienación a los que se veían sometidos los consumidores de obras a los que se refiere Barthes. La función del autor según Foucault, quedaba cerrada dentro de las estructuras culturales de su época y al modo en que se organizaba el poder dentro de ellas, excepto para las figuras de grandes personajes, los autores fundamentales, que podían transformar críticamente el orden discursivo (como Marx o Freud). Si en Foucault el autor individual seguía siendo indispensable, para Gilles Deleuze y Felix Guattari, el capitalismo de los flujos y las redes informacionales desbordaron los límites de la subjetividad, producidas en la era moderna y entre ellas también la autoría tradicional. La producción, circulación y consumo de los nuevos bienes informacionales en el capitalismo neoliberal ha sido objeto de estudio por parte de Antonio Negri y Michael Hardt. En su célebre texto “Imperio”, los autores contraponen a una forma de dominio global, imperante e incontrolable, nuevos poderes alternativos, nuevas fuerzas de resistencia, la multitud. La reivindicación de una creatividad anónima y colectiva que anima a gran parte del arte en la red, sobre todo el net art, se fundamenta justamente en esta nueva confianza en el papel de la multitud interconectada, como motor de trasformaciones sociales.

Por lo pronto, se produce una democratización de la autoría, ya que poco importa el prestigio del nombre propio del autor a la hora de poder publicar en Internet. Muchas almas solitarias, sumidas en el anonimato (si lo prefieren) o en los estrechos márgenes de una dirección de correo electrónico, exhiben sin pudor sus obras; una multitud de exiliados expone ante el mundo entero su aburrimiento, su pesar, su imaginación y sus fantasías. Poco importan entonces los nombres. El lector se convierte en el verdadero artífice de la obra y muestra definitivamente su gran poder, hasta ahora sólo sugerido como promesa de futuro por Barthes, Foucault y Derrida.

Los artistas de net y web art a menudo trabajan en régimen de cooperación ad hoc o de colaboración a largo plazo. Muchos proyectos artísticos en la red son muy complejos y ambiciosos, así que necesitan de una amplia gama de aptitudes tecnológicas y artísticas para sus realizaciones y mantenimiento. En muchas ocasiones el motivo de la colaboración es también ideológica: al trabajar en colectivos, los artistas del net art desafían el obsoleto criterio romántico según el cual el artista tenía que asumir un determinado perfil, el del genio solitario. De hecho, algunos sitos de net art nacen con una vocación de autoría colectiva. En muchos casos esto significa que el autor se limita a iniciar el proyecto fijando unas reglas de funcionamiento, y pasa a un segundo plano ocupándose de administrar los contenidos que el resto de usuarios envían.

Un ejemplo de creación colectiva son las obras net art Icon Town y Open Studio. La primera es un proyecto internacional para la creación de una ciudad virtual formada por un conjunto de iconos que cumplen unas determinadas reglas. Siguiendo estas reglas, el usuario puede enviar sus propios iconos para que la ciudad crezca y convertirse así en uno de sus ciudadanos. Open Studio es un proyecto realizado por el artista Andy Deck, donde los visitantes conectados a la red tienen la posibilidad de participar en la realización de un proyecto gráfico continuo y colaborativo. Los usurarios colaboran de forma simultánea en la creación de gráficos definidos “collages de impulsos creativos”, es decir, “una mezcla de garabatos, dibujos y color, completamente creada por los visitantes de la web”. La palabra clave de esta obra es interactuar: los participantes interactúan entre ellos y con el sitio dibujando o pintando y eligiendo entre una gran variedad de herramientas de dibujos y de colores. El contraste de estéticas de la web se define por los dibujos realizados por los visitantes, así como “las improvisadas creaciones de Jazz en directo, Open Studio, sintetiza las contribuciones de muchas personas, en un diseño evolucionado y fluído. Es un espacio en la red donde todos pueden añadir sus impulsos creativos a la composición”.

Entre los colectivos del net art encontramos el grupo RSG (Radical Software Group) fundado por Alex Galloway en el año 2000 y RTM ark, un grupo de artistas que usan nombre ficticios y una identidad corporativa, como parte de una compleja crítica de las ventajas que reciben las grandes empresas estadounidenses. Muchos colectivos trabajan con alias como Bureau of Inverse Technology, Fakeshop, Institute for Applied Autonomy, Mongrel y VNS Matrix. La red proporciona múltiples modos de enmascarar u ocultar la propia autoría. En Internet encontramos avatares y agentes que intentan convencernos de que detrás se esconde un personaje real o bien, todo lo contrario. Como dice el chiste “lo mejor de Internet es que nadie sabe que eres un perro”. La facilidad para ocultar la propia personalidad o para construir una personalidad ficticia, relativiza la importancia del autor y establece un juego de complicidades con el usuario, puesto que él o ella también pueden jugar a la simulación.

En los siglos pasados el entorno que rodeaba al artista era la inspiración más directa para su producción artística. La imitación entre artistas no era bien tolerada, tanto que una obra cercana a un estilo específico de otro artista, era etiquetada de manierista (en una acepción muchas veces no positiva). La disolución de los valores de juicio sobre el quehacer artístico tradicional perpetrada a lo largo del siglo pasado ha llevado, en cambio, a considerar la apropiación como algo no necesariamente ajeno a la obra de arte.

El sistema de referencias y acceso a contenidos que predomina en Internet facilita la llamada “referencia profunda”, es decir, la posibilidad de incluir en una página infinitos enlaces. Gracias a las infinitas posibilidades de la referencia profunda, los artistas net art, así como los participantes en varias obras net, pueden construir auténticos “collages” con recursos de todo tipo. Estos recursos hallados en la red, facilitan la acción del “tomar prestado” (textos, gráficos, animaciones, sonidos…).

El proceso de substracción visual, que podemos definir simplemente apropiación, es una constante en la historia del arte. El uso de la apropiación sin permiso, solía ser el punto de fuerza de la vanguardia histórica en el “collage”.

Los “collages”, normalmente creados como declaraciones subversivas, son huellas de los elementos que permanecen en los híbridos que se están realizando hoy en día gracias al gigante de los medios de comunicación que nos rodea. En el net art no existe diferencia entre copia y original y los artistas pueden mostrar contenidos ajenos como si fuesen suyos sin por ellos haber realizado copia alguna, puesto que simplemente los han referenciado.

Desde la explosión del net art, combinar, mezclar y reciclar el trabajo de otras personas se ha convertido en una práctica común. Compartir una de las creaciones no autorizados a través de la Red es aún más fácil. Los híbridos que se crean gracias a estas prácticas son técnicamente ilegales, pero desde la perspectiva de los artistas digitales, las leyes de derecho de autor no parecen otra cosa que el medio por el que un grupo de artistas limite el trabajo de otro. Por otro lado, la ilegalidad puede ser en realidad una gran parte del encanto de las obras net híbridas. Tanto es así que la recombinación puede convertirse en un acto tan frecuente que será casi imposible incluso identificar la fuente original. Muchas obras de net art han nacido a partir de los valores de la apropiación, colaboración e interactividad. La obra de Evru titulada Tecura es por ejemplo una aplicación interactiva para la creación audiovisual en la red, generada a partir de herramientas creadas por el artista, que pone al alcance de los usuarios un banco de imágenes y sonidos para realizar sus propias creaciones artísticas. Algo así como un “taller de pintura digital” compuesto por una CPU, una pantalla, una impresora y el programa Tecura -provisto de pinceles, fondos, plantillas, etc.- que conectado a una cámara digital vía USB, permite importar archivos existentes en el disco local de una red interna o red WAN. De esta forma, Evru plantea la descentralización del autor en pro de una nueva democratización del arte.

Al poner énfasis en la apropiación, la colaboración y el uso compartido de recursos, muchas obras de net art siguen el ejemplo propuesto por el desarrollo de software de código abierto, en el que éste está a disposición de los programadores y son éstos quienes, en régimen de colaboración, crean de modo altruista el programa. Este enfoque cultural ha ganado en popularidad desde comienzo del siglo XX, motivado en parte por la proliferación tecnológica de reproducción y distribución mecánica y digital. Desde el dadaísmo hasta el pop, pasando por el uso de metraje encontrado y el hip hop, la apropiación se ha convertido en una estrategia de creciente importancia.

La posibilidad de que un inmenso número de usuarios puedan visitar una página de una forma activa (usando enlaces, introduciendo datos, etc.) atribuyen al usuario un gran potencial creativo. Este potencial condiciona de forma importante las decisiones a la hora de crear contenidos para un sitio de net art, puesto que las posibilidades de modificación por parte del usuario pueden llegar a ser desproporcionadamente altas comparadas con las posibilidades de creación del autor del site. No hay modo de conocer con detalle de antemano cómo será utilizada.

En palabras de Jesús Carrillo, la estructura hipertextual de la red proporciona un modo de concebir el espacio comunicacional como una “tela de araña de sitios y páginas intercomunicados que uno puede o bien producir o visitar”. Puesto que la mayoría de contenidos en la red son de tipo hipertextual y comparten el mismo espacio de accesibilidad con muchos otros, cualquier publicación está expuesta y ser leída en un orden y en un contexto no previstos por el creador. Necesariamente resulta imprescindible abandonar formas de lectura lineales y/o cerradas en beneficio de estructuras de navegación abiertas. Los creadores se valen de los recursos del hipertexto y el hipermedia para concebir obras con otras riquezas de matices y de lecturas infinitas. El concepto de discurso se substituye por el de experiencia o entorno. El creador, más que ofrecer situaciones resueltas, proporciona circunstancias abiertas o sistemas de reglas que definan en términos generales el tono de la experiencia que se desea conseguir, pero el usuario es siempre quien tiene la última palabra y quien construye la forma final mediante su navegación. Es un hecho que la utilización de formas hipertextuales y las infinitas posibilidades de las imágenes en continuo movimiento, proporcionan otras formas de narrar y compartir experiencias. El público puede realizar nuevas lecturas, reconstruir sus propias historias y apropiarse de datos navegando por el universo de la Red.


Barthes, Roland, [1968], “La muerte del autor”, en El susurro del lenguaje, Barcelona, Paidós, 1987, págs. 65-71.

Foucault, Michel, Qué es un autor, México, Universidad Autónoma de Tlaxcala, 1985.

Hardt, M., Negri, A., Imperio. (Traducción: Alcira Visio) Ediciones Paidós, Barcelona 2002.

http://www.icontown.net/

http://www.artcontext.com/lang/spanish/OpenStudio.html

Ibíd.

www.evru.org

Carrillo, Jesús, Arte en la red, Ediciones Cátedra, Madrid, 2004, pág. 207.