El ojo de Sexto Empírico | RAFAEL PINILLA

Existe una imagen del médico y filósofo Sexto Empírico en la que vemos su impecable perfil inscrito en una circunferencia a modo de esas efigies con voluntad de perduración numismática; su prominente nariz, sus desordenados rizos, o su aristocrática barba no llaman más la atención que otros tantos perfiles de línea clásica que se encuentran en grabados o ilustraciones de viejos libros. Sin embargo, si se presta la debida atención a ese rostro tan pulcramente perfilado, parece haber algo que destaca más que otras cosas; algo que es como si reanimara un rostro imaginado de otro tiempo: ese algo es su ojo.

Es un ojo que dirige su mirada al frente, pero la ligerísima -casi imperceptible- caída del párpado impregna la expresión de una ensoñadora autosuficiencia que parece sugerirnos un determinado estado mental; quizás la conciencia de que finalmente se ha alcanzado aquella ataraxia que epicúreos y escépticos consideraban como estado ideal del hombre. Precisamente una de las obras filosóficas más extrañas de la antigüedad clásica -o quizás de toda la filosofía occidental- fue redactada bajo el influjo de esa autosuficiente imperturbabilidad: nos referimos, como no, a las Hipotiposis Pirrónicas de Sexto Empírico.

¿Qué decir de una obra que conforme se lee no afirma absolutamente nada? O siendo más precisos; ¿qué decir de una obra que se propone socavar absolutamente todas las certidumbres consideradas como verdaderas? Poco desde luego, como no sea la negación radical -seguir aferrado a la certidumbre- o esa epoché -suspensión del juicio- que el propio Sexto no deja de reiterar en su Hipotiposis. Una epoché que de una manera u otra harán suya algunos siglos más tarde autores de libros también extraños como Montaigne (Ensayos), Wittgenstein (Tractatus) y seguramente otros autores que nunca osaron definirse como escépticos.

Resulta curioso cómo no se suele valorar positivamente la militancia escéptica (y no hay contradicción en ello), teniendo en cuenta que precisamente el escepticismo es uno de los fundamentos de cualquier discurso considerado crítico[1]. El ojo del escéptico no sólo ve la realidad como algo inabarcable desde un punto de vista objetivo, si no que también trata de poner en evidencia cualquier actitud dogmática que se oponga a una valoración diferente de la situación dada: y es ahí, en la voluntad de evidenciar las limitaciones de cualquier discurso donde la escepsis adquiere toda su potencialidad crítica.

En cualquier caso, la filosofía no sólo ha dado ilustres seguidores del escepticismo, se podría decir que también en el arte se encuentran innumerables ejemplos de artistas dados a lo escéptico; es más, seguramente lo que se considera innovación artística -en un sentido amplio del término- tenga una base escéptica ineludible[2]. ¿O acaso no es ese enfant terrible de Duchamp el gran escéptico del arte retiniano? Al margen de que a partir de uno de sus más famosos gestos escépticos (un urinario titulado fontaine), sus avispados epígonos acabaran convirtiendo en dogma lo que quizás debería haber sido negado desde el principio.

En la misma línea, gran parte de la obra musical de Cage plantea una experiencia al margen de cualquier juicio de valor -¿una epoché teñida de orientalismo?-, una experiencia en la que la abolición de los métodos de composición musical propios de la tradición occidental estaría más próxima al escepticismo que a la actitud combativa o beligerante -a diferencia de la vanguardia militante. En su también famoso 4’33”, además de recurrir al silencio y toda su potencialidad parasonora, se puede intuir una suerte de desconfianza en el lenguaje (dogma) musical al uso; y es que en ese silencio de voluntad anecoica se encontraría uno de los cuestionamientos más radicales de las supuestas verdades musicales.

Por otro lado también se podría especular con que la archicitada crisis del arte contemporáneo tenga que ver con la escasez de gestos radicalmente escépticos; posiblemente un último intento sea la propuesta de Ivo Mesquita en un acontecimiento de nulo potencial crítico como la Bienal de Sao Paulo, un evento donde el espacio vacío que nos propone su comisario puede interpretarse como actitud escéptica ante la excesiva producción artística: un no-discurso-discurso que cortocircuita cualquier ofensiva material del arte (aunque siendo ahora nosotros los escépticos, se podría pensar que no proponer nada es una manera de decir que ya está bien con lo que hay)

Y claro está, una mirada escéptica al arte -ese ojo escéptico que pocos cultivan- de una manera u otra ha de comprometerse con un actitud que para ser verdaderamente escéptica integre felizmente cualquier cuestionamiento o contingencia (p.e el accidente del Gran Vidrio, los murmullos del público en la ejecución, la intervención espontánea de grafiteros en el espacio vacío) Porque en definitiva el escéptico no duda si tiene que asumir cualquier rectificación; es más, su concepción de la vida podría reducirse a una moral: la de desconfiar de cualquier arrogancia discursiva o autosatisfacción solipsista.

Y como no podía ser de otra manera una interpretación como la nuestra puede ser pertinente o puede no ser pertinente; de lo que se sigue -si alguien nos lleva la contraria- la suspensión del juicio de todo lo dicho…

[1]Observación que algunos autores han destacado; para ello véase la excelente introducción de Rafael Sartorio Maulini en su edición de las Hipotiposis Pirrónicas, Madrid, Akal, 1996.

[2]Boris Groys lo definiría como “sospecha”. Para ello véase del mismo autor Bajo sospecha, Valencia, Pre-Textos, 2008.

Una bibliografía (más que) escéptica :

Luciano de Samósata, Obras, Madrid, Gredos, 2002.
Montaigne M. de, Ensayos completos, Madrid, Cátedra, 2000.
Nietzsche F., Sobre verdad y mentira en sentido extramoral, Valencia, Diálogo, 2000.
Pascal, Pensamientos, Madrid, Alianza, 2004.
Sexto Empírico, Hipotiposis Pirrónicas, Madrid, Akal, 1996.
Wittgenstein L., Tractatus logico-philosophicus, Madrid, Tecnos, 2007.