“Terra cognita”: El epígono de un olvido | RAFAEL PINILLA

¿Tierra y cielo han renunciado a sus hechicerías
de la temporada, a su verborrea sutil?

René Char

En el pasado los elementum -tierra, aire, agua, fuego- intervinieron activamente en cosmogonías, escatologías, y especulaciones filosóficas de toda índole; tradiciones tan alejadas entre sí como la escuela jónica, el platonismo, o la stoá concibieron un universo regido por la acción vivificadora o aniquiladora de unos elementos que parecían querer establecer un constante diálogo con el hombre antiguo. Con el tiempo, la filosofía dejó en manos de la física –las ciencias se desvincularán de un saber filosófico totalizador- un productivo diálogo de siglos y siglos de duración; se puede decir que el pensamiento filosófico terminó por abandonar el contacto con las viejas fuerzas universales.

Al margen de esta cesura epistemológica más o menos localizable, hay que tener en cuenta la presencia efectiva de esta suerte de tradición elemental en la filosofía medieval, en la Edad Moderna, e incluso en el siglo XX; en efecto, algunos pensadores contemporáneos retomarán este legado -¿debido a las convulsiones terrestres de entonces?- para llevar a cabo una especie de actualización: un ejemplo de ello serán las aportaciones de Schmitt, Heidegger, Jünger o Bachelard cuatro autores que volverán a tomarse en serio los elementos y su potencialidad configuradora. Después de esta generación parece haber concluido definitivamente cualquier intento de abarcar las relaciones del hombre con los elementos.

En una época donde se ha acabado por consagrar académicamente un pensamiento de carácter discreto[1], apelar a tomarse en serio el tema de los elementos puede parecer un ejercicio de nostalgia literario-filosófica poco riguroso. Sin embargo, una mirada atenta a determinadas líneas de pensamiento actuales puede detectar una especie de “revitalización” de los viejos intereses de aquella filosofía, o lo que es lo mismo, una nueva valoración de los elementos, y de manera muy especial del elemento terrestre, y es que a pasar del dominio de los demás elementos, el hombre continúa siendo un animal terrestre.

Con esto no se quiere plantear la posible vuelta a intereses premodernos, sino más bien constatar la absoluta vigencia de una manera de pensar más allá de categorías consagradas o modas intelectuales. Se puede decir que el espacio -en un sentido amplio del término- vuelve a ser motivo de interés; se trata de un renovado interés que parece querer retomar el papel central de lo terrestre; algunos autores se refieren a ello como un spacial turn[2] que estaría condicionando positivamente la forma de pensar de todo un conjunto de disciplinas demasiado encorsetadas en unas coordenadas metodológicas superadas por las inercias que determinan hoy día a las sociedades contemporáneas.

Este giro espacial tiene que ver en este caso con cuestiones exclusivamente “terrenales”, esto es, al margen del potencial metafórico y simbólico de una tierra que quizás ya no sea capaz de sugerir gran cosa a los hombres de hoy -¿las fuerzas ctónicas emergerán de su largo letargo?-. Al margen de ello, esta tendencia terrenal se puede reseguir sin forzar demasiado su vínculo incluso en ideas de artistas que poco a poco estarían adquiriendo cierta visibilidad; un ejemplo reciente pueden ser las aportaciones de Ursula Biemann, que ha centrado su trabajo en la importancia de las mutaciones geográficas, colectivos como Stalker que repiensan la territorialidad desde un punto de vista crítico, o incluso las inclasificables performances o acciones de Francis Alys. También lo terrestre parece querer entrar en los museos.

Se puede decir entonces que la tierra -o el espacio- vuelve a ocupar un lugar destacado en este inicio del siglo XXI, una tierra que se encuentra sometida a valoraciones al margen de la mera hiperracionalización que cualquier ámbito susceptible de generar conocimiento produce. Aunque quizás esta cuestión planteada sólo superficialmente responde a algo que se nos escapa y está vinculada a fenómenos no tan evidentes para el observador lego; ¿porqué el espacio terrestre vuelve a reivindicarse ahora? O dicho de otra manera ¿no hay detrás de toda reivindicación significativa un olvido significativo?

Es sintomático que todo ello se manifieste en un momento en que determinados procesos son más evidentes que nunca; el planeta tierra ha alcanzado una plenitud crítica -véase globalización- que entre otras cosas implica una mutación de la geofísica terrestre. Además de los inevitables cambios morfológicos en la superficie planetaria, las inercias globales llevan propiciando desde hace tiempo una homogeneización espacial, que independientemente de las características territoriales que definen cualquier área, parece obstinarse en desmentir aquella complejidad (inabarcabilidad) del viejo sistema-mundo. Todo ello, al margen de cualquier multiculturalidad ficticia o de procesos supuestamente híbridos.

A partir de esta constatación se entiende el interés por un espacio mundial que está deviniendo desértico -en el desierto todo aparece ante nuestra mirada; también se producen espejismos-. La tierra ya no es generadora de fuerzas misteriosas u ocultas, no nos escatima lugares; la tierra como la contemplaban los viejos filósofos está en crisis y como dice Paul Virilio, el drama es que no es más que eso: tierra[3]. La tierra-global ya no parece permitir su ontologización, no quiere que excavemos en ella; todo sucede en una superficie plana en la que el desplazamiento histérico o la deriva de la miseria se revelan como la apoteosis de una movilidad donde se han invertido los valores: el afuera es ahora el aquí. ¿O es al revés?

Posiblemente el spacial turn al que nos referimos también pretende tomarse lo suficientemente en serio la tierra y su potencialidad, una tierra que al margen de las multitudinarias simpatías ecológicas que genera se encuentra sumida en un olvido radical -heideggerianamente hablando-. La avanzadilla de esa tarea parece estar dando sus primeros pasos, queda por ver como se materializa este interés en un mundo que se esfuerza en abolir cualquier densidad tanto material como inmaterial; aunque quizás esta negación radical sea portadora de su posibilidad contraria, o como decía el poeta: donde está el peligro se encuentra lo que ha de salvarnos. Y eso que habría que salvar es la tierra; por ello se impone una tarea de titanes.

[1] Sloterdijk, P. En el mundo interior del capital. Para una teoría filosófica de la globalización, Madrid, Siruela, 2007.

[2] Schlögel, K., En el espacio leemos el tiempo. Sobre historia de la civilización y geopolítica, Madrid, Siruela, 2007.

[3] Virilio, P., Ciudad pánico, Buenos Aires, Libros del Zorzal, 2007.